Inicio > Testimonios > Arnoldo Martínez Verdugo: testimonios de un compromiso

Arnoldo Martínez Verdugo: testimonios de un compromiso

Esta sección recoge testimonios diversos sobre la vida, obra y legado de Arnoldo Martínez Verdugo que complementan otros textos recopilados en esta web conmemorativa, creada por la BUAP, en colaboración con la Secretaría de Educación Pública, el Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista, así como con la coordinación de Memoria Histórica y Cultural de México.

 

Cartel PCM 4Cartel PCM 4Otro cartel del PCM en 1979

Carteles del PCM en su primera camapaña legal durante las elecciones intermedias de 1979 / Imagen; cortesía de CEMOS

 

Testimonios que sirven para ubicar el papel del líder comunista en la historia contemporánea de México y se complementan con la recopilación de textos del propio líder comunista que sustentan esta página de homenaje y memoria.

 

 

Arnoldo Martínez Verdugo y el poder / Enrique Semo (SIEP, 28 octubre del 2013)

 

 

Pero, ¿cómo era Arnoldo? El personaje debe ser objeto de un libro que haga honor a la complejidad de su personalidad intelectual; a la modestia bordeando en la timidez de su carácter (por ejemplo: en el libro de Historia del Comunismo en México, dirigido por él, es uno de los pocos dirigentes que no aparecen en el índice onomástico); a la honestidad existencial, común a muchos otros comunistas, pero difícil de entender desde el mirador de la clase política de nuestro tiempo, donde la ley que reina es “el que no transa, no avanza”.

 

Portada de la Revista Memoria sobre Arnoldo Martínez Verdugo

Portada de la revista Memoria, editada por el Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista, cuyos textos están disponibles en este enlace.

 

La honestidad política de Arnoldo Martínez Verdugo daba por entendido que la causa está por encima del individuo, que las negociaciones con organizaciones de orientación diferente no podían ser materia de intereses personales, sino pura y exclusivamente los intereses del partido. Su honestidad personal y política hoy prácticamente ha desaparecido en nuestro país. Yo pondría a los defectos de simulación, codicia material, afán de poder a toda costa y ambición de notoriedad y fama, como ajenos, extraños, opuestos a la personalidad de Arnoldo Martínez Verdugo. No era un serafín, ni estoy dejando correr mi imaginación, y no acostumbro la adulación de los vivos ni de los muertos. Arnoldo era un hombre complejo, modesto y profundamente honesto. También era ligeramente tartamudo, falto de humor y demasiado sensible a las majaderías.

Lo conocí a principios de 1962 en el local del Partido Comunista, en la calle de Tabasco. Yo tenía 31 años y él entre 37 y 38. Andaba yo gestionando mi ingreso al partido junto con mi amigo Iván García Solís y estaba muy preocupado porque la respuesta tardaba. Después del encuentro con Arnoldo se desvanecieron las dudas y reticencias y entré de lleno a la organización. Muy rápidamente se trabó, a iniciativa suya, una amistad que al principio me honraba y me costaba entender. Pero al poco tiempo la razón de su dedicación al trato conmigo quedó aclarada. En un viaje en mi automóvil a la imprenta de nuestro Partido, a cargo del inefable Prócoro, para revisar pruebas de la revista Nueva Época, a cuya redacción fui integrado en 1962, desde su primer número.

–Lo principal en la reconstrucción del partido –me dijo– es formar un grupo dirigente que sea a la vez fiel (al partido, no al dirigente), capaz, experimentado y sobre todo inteligente –mientras aspiraba profundamente, como lo acostumbraba, su cigarrillo– ¡y a veces pienso que sería más fácil comenzar la tarea totalmente de nuevo, desde cero!

Durante una década o más Arnoldo se abocó a la construcción del grupo dirigente. Y esto exigía el trato personal con un grupo más o menos selecto, a quienes iba formando en la práctica y en la teoría para las tareas de dirección. Las atenciones, la constante preocupación por el individuo, su situación y la de sus familias, especialmente los que estaban presos, retratan al hombre que nunca esperó ni quiso ser un mandarín arbitrario.

 

Porfirio Muñoz Ledo / Arnoldo el sabio (El Universal, 31 de mayo del 2013)

 

Martínez Verdugo fue ajeno al dogmatismo y al culto a la personalidad, enfermedades congénitas del estalinismo. Las respuestas del comunismo mexicano a la invasión soviética en la antigua Checoslovaquia y en Afganistán son prueba de ello. No buscaba el resplandor de los reflectores ni su erección en monumento vivo e inapelable. Suscitó el debate en el seno del partido y buscó relacionarse con los movimientos civiles. Se deslindó sistemáticamente de la violencia y creyó en una vía democrática, de carácter pacífico, para la transformación del país. Recuerdo que de él surgió la iniciativa de designar al partido que juntos formamos como el de la Revolución Democrática.

Según su propio testimonio “el proyecto político de la izquierda tiene que ir más allá de la política. Debemos confirmar nuestro liderazgo ideológico y promover una profunda transformación de la sociedad”. Apostó a la formación de una fuerza nacional de la izquierda “capaz de hacer frente con independencia y creatividad a los requerimientos de la lucha política como manera de superar el burocratismo estalinista o cualquier otra deformación presente”. Afirmó que para él, sumar la inteligencia y la experiencia de sectores cada vez más amplios de la sociedad en la conformación de esa fuerza, era una necesidad imprescindible para avanzar.

 

Marta Lamas / Recuerdos de Arnoldo (Memoria, revista de crítica militante, 1 de junio 2020,)

 

De esta forma, a pesar de que en la URSS y su zona de influencia el aborto era un servicio de salud, en las agendas políticas que los comunistas exportaban a sus camaradas de México el tema no estaba presente. El resultado fue que en esos años nos resultó especialmente arduo conseguir el reconocimiento de que esa demanda era parte de la agenda de la izquierda. Y esa situación fue más difícil de sobrellevar para las feministas que militaban dentro del PCM. No obstante era común escuchar la queja acerca del “machismo-leninismo” de los camaradas, algunos dirigentes tuvieron la claridad política de ver el potencial político del feminismo y aceptarnos como aliadas. Uno de ellos fue, sin duda, Arnoldo Martínez Verdugo.

Una virtud de Arnoldo es que sabía escuchar. Y escuchó a varias feministas, algunas del PCM, y otras del movimiento. Mientras protestábamos por la inacción del gobierno y los legisladores que favorecía los riesgos de los abortos clandestinos, las feministas que militaban dentro del PCM impulsaron una discusión interna con sus dirigentes y compañeros para que entendieran la protesta feminista y asumieran la demanda de despenalización. Estas militantes, además de lidiar con las burlas y descalificaciones de sus camaradas, lograron convencer a algunos de sus dirigentes para unir esfuerzos con los grupos feministas y fortalecer acciones en torno a objetivos comunes. Esta labor produjo una alianza innovadora y estratégica que derivó en la decisión, a finales de 1978, de construir un frente común con las feministas, y con otros grupos, en especial, los sindicatos universitarios. El compromiso de la dirección del PCM, en especial de Arnoldo y de Rincón Gallardo, fue decisivo para echar a andar el proyecto.

 

Arnoldo Martínez Verdugo: la democracia en la izquierda (Memoria, revista de crítica militante, 1 de junio del 2020)

 

El PCM, con Arnoldo a la cabeza, se mantuvo en la línea en la que se había ubicado desde años atrás y, a pesar de las resistencias, le dio más énfasis a su planteamiento de unidad de las izquierdas en un mismo partido.

Arnoldo se ligó al eurocomunismo, especialmente al italiano. La realidad mexicana y latinoamericana no permitía que en México hubiera un partido de esa tendencia, pero existía, entre otras muchas cosas, algo especialmente en común con el Partido Comunista Italiano: el programa de socialismo democrático y la independencia política de ambos. Ya desde 1968, el PCM condenó la ocupación soviética de Checoslovaquia y Arnoldo envió al partido y gobierno de la URSS un telegrama exigiendo el retiro inmediato de todas las tropas extranjeras de aquel país, publicado en la primera plana de El Día. Esto dio paso a unas discusiones fuertes dentro del PCM y de éste con otros partidos, sin excluir al Partido Comunista de Cuba. Arnoldo no admitió presiones para modificar el rumbo de independencia al que él mismo llevó a su partido, pero jamás evadió la discusión. Lo mismo ocurrió con su condena a la invasión soviética de Afganistán.

El PCM fue también uno de los primeros partidos comunistas que modificaron su posición respecto de China. Arnoldo mismo fue a Pekín dentro de una delegación latinoamericana encabezada por el cubano Carlos Rafael Rodríguez, la cual planteó a Mao Tse Tung un inicio de discusiones y posibles entendimientos.

El programa democrático estaba vinculado a la propuesta de Arnoldo de nuevo poder en México. La vía revolucionaria ya no se advertía como el necesario uso de las armas, aunque nada permitía suponer que todo tendría que ser pacífico. Dejar de confundir formas de lucha con la estrategia y sus objetivos era un primer paso. Un poder democrático con un contenido social, de carácter obrero, fue la conclusión a que llegó el PCM. Regresarle al socialismo su carácter democrático era ya entonces un planteamiento que se escuchaba en varios lugares del mundo.

El papel jugado por Arnoldo Martínez Verdugo en el proceso de la unidad de las izquierdas mexicanas fue decisivo en sus primeros pasos. El líder del PCM planteó por primera vez que las izquierdas podían unirse en un mismo partido orgánico para luchar por el poder, lo que iba más lejos que el esquema de frente político aplicado muchas veces en América Latina, incluido el frente antimperialista formado el 5 de agosto de 1961 por parte de casi toda la izquierda mexicana.

La unidad de la izquierda abarcaba todo su espectro y todos sus agrupamientos, formales e informales, incluyendo a quienes se mantenían dentro del partido oficial. No había límites. Eso quizá era lo más perturbador para no pocos militantes del PCM.

Arnoldo sabía lo que era el sectarismo y el doctrinarismo porque ingresó y llegó a ser el dirigente principal de un partido sectario y doctrinario. Era una proeza salir de ahí para ir, como casi siempre que hay grandes cambios, hacia complicaciones impredecibles. Él nunca titubeó.

 

Arnoldo Martínez Verdugo / Jaime Ornelas (La Jornada de Oriente, 30 de mayo del 2013)

 

La alianza del Partido Comunista Mexicano (PCM) con las fuerzas progresista del cardenismo se basó en la consigna impuesta por la Tercera Internacional de la “unidad a toda costa”, que si bien permitió el avance del nacionalismo revolucionario dejó al proletariado mexicano sin proyecto político, y sin partido, diría José Revueltas. En esa situación, dice Martínez Verdugo, “el contenido principal de la estrategia del Partido se reducía a la idea de ‘impulsar’ la Revolución Mexicana hasta sus última consecuencias” (Arnoldo Martínez Verdugo, PCM. Trayectoria y perspectivas, Fondo de Cultura Popular, México, 1971, p. 48).

Sería hasta 1960 con la realización del XIII Congreso Nacional del PCM, que emergió un grupo de dirigentes medios, entre los que se encontraba Martínez Verdugo, que elabora el Programa y las líneas fundamentales de una táctica y estrategia proletaria, y se plantea un nuevo tipo de relación con las masas. Al respecto, escribió Arnoldo “En el curso de su historia, nuestro Partido aprendió que una de sus tareas esenciales, que lo definen como la organización revolucionaria de la clase obrera, consiste en la lucha por conquistar, mantener y desarrollar la autonomía teórica, política y organizativa de la clase obrera”.

La Revolución Mexicana no era pues la vía al socialismo. La ruptura fue total y la clase trabajadora se reencontraba con su partido. Los comunistas, por fin, con el impulso decidido de Arnoldo, habían comprendido “que el Partido necesita formular su propia teoría de la Revolución en México, del desarrollo revolucionario del país.” (Arnoldo Martínez Verdugo, ibidem, p. 69).

El rescate de la identidad del PCM como partido proletario y socialista fue en ese momento el mayor triunfo político de Arnoldo Martínez Verdugo, pues el partido bajo su conducción se convirtió en el factor fundamental de la posterior unidad de las izquierdas que ha hecho viable su triunfo electoral. Por supuesto, la vuelta de antiguos militantes a las posiciones del colaboracionismo de fuerte tufo lombardista y al viejo nacionalismo revolucionario, no son responsabilidad de Arnoldo ejemplo de fortaleza comunista e indeclinable vocación revolucionaria.

 

Arnoldo Martínez Verdugo, sus logros / Humberto Musacchio (Excélsior, 30 de mayo del 2013)

 

Otro aporte nada despreciable fue, sobre todo en los años setenta, la búsqueda de una relación constructiva con los intelectuales. El PCM contó siempre con intelectuales de primer orden, desde 1924, cuando se incorporó en bloque al partido del Sindicato de Obreros Técnicos Pintores y Escultores, el mismo donde militaban Diego Rivera, Siqueiros, Orozco, Xavier Guerrero y otras figuras. Al PCM pertenecieron Juanito de la Cabada y los hermanos Revueltas y los grabadores del Taller de Gráfica Popular.

Pero en los años cuarenta se produjo un rompimiento con los intelectuales, que se hicieron poco confiables a los ojos de quienes entonces dirigían el PCM. Cuando, como tantos otros, el poeta Efraín Huerta fue expulsado, irónico, declaró, palabras más palabras menos, que ya no quedaba en el partido alguien que supiera leer.

En los años setenta Arnoldo se dedicó a recomponer esa relación y al PCM se incorporó una buena cantidad de escritores, cineastas, investigadores, pintores, cantantes y otros intelectuales. Los festivales del periódico Oposición, órgano del partido, fueron un buen escaparate para esa nueva relación con la inteligencia nacional.

Pero el logro mayor de Martínez Verdugo fue su propósito de avanzar hacia la unidad de la izquierda. Primero logró la fusión de varias organizaciones en el PSUM, después se incorporó el PMT de Heberto Castillo y se formó al PMS y finalmente, con la escisión del PRI encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, se llegó a la constitución del PRD, el primer partido de masas de la izquierda mexicana. En cada uno de esos pasos, pese a las dificultades siempre presentes, Arnolfo fue un impulsor irreprochable.

 

El estratega / Jaime Ortega Reyna (Memoria, revista de crítica militante, 1 de junio del 2020)

 

La trayectoria de Arnoldo Martínez Verdugo (AMV en adelante) no sólo puede recuperarse desde la memoria o recuerdo de aquellos que le conocieron de cerca, en su calidad de colaboradores, camaradas o adversarios. AMV es parte de una generación que buscó nacionalizar, en el mejor sentido del término, la lucha por el socialismo y en ese transcurso dejó importantes testimonios escritos. Ese caudal de experiencias que llevaron a valorar la democracia como una necesidad de la lucha socialista se encuentra a espera de que la izquierda mexicana actual la pueda redescubrir, problematizar y en su caso, valorar. Aquí lo explicitaremos a partir de un conjunto de intervenciones que el dirigente comunista realizó en la década de 1960. Los textos de AMV acompañan su obra más importante: la modernización de la izquierda mexicana. Modernización que significó la autocrítica de una historia partidaria en crisis, la adopción de la democracia como el problema principal de la sociedad mexicana y vehículo predilecto para el impulso de la lucha socialista, la unidad de las fuerzas de izquierda como camino a la superación del sectarismo y la sensibilidad de entender los momentos nacional-populares que se mantenían latentes en la memoria y movilización del pueblo mexicano.

Todas estas señas de identidad de su obra no se encuentran localizadas en un solo momento, ni en un solo escrito, son, por el contrario, el desarrollo de alrededor de tres décadas como constructor organizativo, ideólogo y político. Se trata de leer en AMV las transformaciones de la izquierda, su comprensión de la realidad social, su compromiso con ideas-brújula clave que rompieron con una estrategia añeja, desgastada e inoperante. Por tanto, es preciso entenderlo no como un autor, sino como una voluntad que acompañó, junto a otras de su generación, las distintas coyunturas de una izquierda que se encontraba empeñada en dejar su lugar subordinado, periférico y testimonial. Una historia, que, como sabemos, no fue fácil ni lineal, que estuvo llena de complicaciones, ensayos, no pocos retrocesos y errores. Trayecto que sólo con los acontecimientos del 2018 podemos dimensionar en toda su amplitud, importancia y conflictividad.

 

Adiós a Martínez Verdugo / Roger Bartra (Letras Libres, 5 de julio del 2013)

 

El gran impulso para romper los viejos esquemas provino inusitadamente del lugar menos pensado. En la historia de la izquierda mexicana Arnoldo es un personaje olvidado por muchos y que sin embargo constituye una pieza clave para entender la transición a la democracia. Fue el dirigente comunista que, en agudo contraste con la tradición estalinista, renunció a ser objeto de cualquier clase de culto a la personalidad y se escondió detrás de la máscara gris y opaca de su posición como secretario general del partido. Acaso por su carácter, y porque muchos quieren olvidar que la democracia en la izquierda creció en el contexto inhóspito del dogmatismo leninista, este político ha sido injustamente borrado de la memoria colectiva. Yo quiero repetir que, durante mi larga época de militante, pude sobrevivir a las inclemencias de la política gracias al apoyo y a la amistad de este singular personaje. Arnoldo Martínez Verdugo escapó de las viejas cavernas dogmáticas para convertirse en el candidato a la presidencia que en 1982 logró convocar a cientos de miles de personas en un gran mitin en el Zócalo. Durante aquella campaña electoral una parte de la izquierda comprendió la importancia cardinal de alcanzar esa democracia que solía despreciarse como “formal” o “burguesa”. No puedo menos que sentir cierta añoranza por aquel “Zócalo rojo”, como se le llamó con entusiasmo, después de ver los lamentables simulacros de democracia que otros han oficiado en el mismo lugar. A Arnoldo, candidato del PSUM, le reconocieron poco más de 820 mil votos (el 3.48%). Aunque en aquellas elecciones el fraude fue descomunal –como lo había sido hasta entonces y seguiría siéndolo durante varios lustros– quedó claro que se había abierto un nuevo camino para la izquierda y para el país.

 

El camarada / Marcelino Perelló (Excélsior,29 de mayo del 2013)

 

Conocí a Arnoldo Martínez Verdugo pocas semanas después de mi ingreso al Partido Comunista Mexicano en 1965, y me cautivó enseguida. En plena clandestinidad asistió a sostener una larga y jugosa plática con los jóvenes militantes de la Facultad de Ciencias. Su personalidad, ecuánime pero enérgica, resultaba imbatible. A pesar de que yo formaba parte del sector crítico de la Juventud Comunista y como tal tuvimos varios enfrentamientos ríspidos. Sin embargo, con los años, tanto en los de mi participación activa en México, como después en las varias ocasiones en las que nos encontramos durante mi exilio en Europa, esa primera impresión nunca cambió ni menguó.

Martínez Verdugo supo combinar con habilidad inusual su papel de aparatchik, es decir, de miembro de la burocracia comunista, nacional e internacional, con su activismo irrenunciable, siempre cercano a las bases y con su talante conciliador y respetuoso. En particular, supo vencer resistencias y resquemores, y durante su gestión, el sector universitario de la militancia conoció un crecimiento y un auge inusitados. Puedo decir, sin titubeos, que fue gracias a ese fortalecimiento del comunismo estudiantil que el movimiento de 1968 tuvo la magnitud y el brillo que lo caracterizaron. Arnoldo dio gran prioridad a ese sector del partido y se ocupó personalmente de estimularlo y de ir resolviendo los problemas que a cada rato se atravesaban.

Para obtener resultados formuló iniciativas novedosas, logró avances notables organizando células habilitadas entre jóvenes universitarios novatos truncando oposiciones sectarias. Visitó incansable cada asamblea a menudo incluso logrando acuerdos difícilmente objetables. Nunca intentó reprimir voces adversas ni animadversiones.

 

Arnoldo Martínez Verdugo, un comunista democrático / José Ángel Leyva (4 Vientos, 6 de enero del 2019)

 

Estaba también fresco el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el anuncio de la recesión en Estado Unidos y la entronización del neoliberalismo, el inicio de una cadena de crímenes políticos en el PRI y la clara evidencia de la relación entre el crimen organizado y el gobierno. En ese contexto apareció la figura de AMLO, primero como líder político en su natal Tabasco y más tarde, en 1996, como dirigente del PRD nacional.

Por iniciativa de Arnoldo y tras una conversación con él sobre el carismático tabasqueño y su pasado priista, acudí a las oficinas del PRD a realizarle una entrevista. Tuve que esperar en su despacho a que atendiera a un grupo de cañeros de su tierra y a otros grupos. Luego de una hora o más, salimos a un patiecito donde lo esperaba su primera esposa y allí tuvo lugar la charla. Ya no era la comunicación con un político marxista, sino con un animal político proveniente de las mismas entrañas del enemigo, pero con un discurso transformador y reivindicador de los derechos de los más pobres, de los sectores más marginados. Arnoldo estaba muy satisfecho tanto con las preguntas como con las respuestas y veía en ese hombre un porvenir de cambios favorables a su propia perspectiva de lucha.

Arnoldo representaba el modelo antagonista de los personajes comunistas de John Reed en sus cuentos de Hija de la revolución, violentos y burdos, dogmáticos y sin visión humanitaria.

Arnoldo era un intelectual que anteponía las ideas a los juicios, la razón al resentimiento, al hombre antes que al sistema, el arte y la belleza ante la ideología. No obstante, era un comunista de hueso colorado. Un líder capaz de impulsar a los otros hacia la acción sin elevar la voz, sin chantajes, sin autoritarismos, sin siquiera mandar, sólo con la convicción de trabajar por una causa.

 

Arnoldo Martínez Verdugo: maestro del comunismo mexicano / Eduardo Vázquez Martín (Este País, 1 de julio del 2013)

 

Arnoldo condujo el PCM del dogmatismo marxista al socialismo democrático y de la clandestinidad a la vida pública. Con él, el PCM abandonó definitivamente la tutoría soviética y también la cubana y la china, rompió con la idea de la dictadura del proletariado y se convirtió en una fuerza política a favor de las libertades públicas, la democracia, los derechos de jóvenes, mujeres y trabajadores. Como dirigente de los comunistas mexicanos se opuso a la invasión de Checoslovaquia y a la guerra soviética en Afganistán. Mucho antes de la caída del muro de Berlín, Martínez Verdugo conduce al PCM a su disolución por el camino de la unidad de la izquierda: en el PSUM primero, en el PMS después —al unificarse con Heberto Castillo— y en el PRD al unirse con la corriente democrática que encabezaba Cuauhtémoc Cárdenas. Era un hombre de ideas claras y discursos inteligentes, ajeno por completo a los arrebatos histriónicos y a las maneras autoritarias de muchos dirigentes comunistas del mundo.

Yo pienso que los buenos líderes sociales deben ser también buenos pedagogos y Arnoldo fue un gran maestro que nos hizo ver que lo más valioso de la herencia comunista era su amor a la justicia, no su poco aprecio por la libertad, su crítica del capitalismo y sus formas bárbaras de opresión, y no la justificación de un socialismo que en la segunda mitad del siglo XX había convertido a la URSS, a la mitad de Europa y a parte del Oriente en dictaduras: sociedades profundamente conservadoras, oprimidas por sus gobiernos y absolutamente ineficientes. Gracias a Arnoldo, a Valentín Campa y a Gilberto Rincón Gallardo, entre otros, el PCM se convirtió en una fuerza democrática fundamental de México, abierta a la diversidad sexual y a la participación de los cristianos, incluyente y con vocación unitaria, sin cuya lucha no se habrían conquistado algunas de las libertades políticas que hoy tenemos, a pesar de la oscuridad de nuestros tiempos. Gracias a aquellos comunistas, el socialismo mexicano no quedó tampoco cubierto de la sangre de la intolerancia totalitaria, como ocurrió en otras partes del mundo, y pudo así incorporarse un espectro más amplio y rico de ideas e intereses —aunque desgraciadamente las organizaciones que Arnoldo y los comunistas ayudaron a fundar se convirtieran con el tiempo en aparatos burocráticos sin identidad ni proyecto.