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Clase y partido en Marx

Al estudiar el punto de vista de Marx y Engels sobre el partido proletario, conviene dejar de lado dos enfoques que estorban la investigación y contradicen el propio método de Marx. El primero tiene relación con la tendencia, muchas veces, inconsciente, a trasladar las nociones actuales de partido al periodo de la actuación de los fundadores del socialismo científico. El segundo se expresa en la aspiración de encontrar en las obras de Marx y Engels una definición general, una teoría del partido político, más restringidamente, del partido obrero revolucionario. Tanto Marx como Engels abordan los problemas de la clase, sus formas de actuación y sus expresiones ideológicas de un modo histórico, tratando de captar el contenido de su movimiento real para luego exponerlo teóricamente.

 

El PSUM de Arnoldo Martínez Verdugo

Arnoldo Martínez Verdugo en un acto del Partido Socialista Unificado de México / Imagen: Facebook de David Flores Guerrero

 

El partido obrero no es una creación de Marx ni del marxismo, sino un producto tardío de la actividad de los obreros, que comienzan a luchar contra la burguesía, según palabras del manifiesto…, desde el momento de su surgimiento. Al estudiar las formas de actuación del proletariado, Marx y Engels se remiten a tiempos muy remotos, anteriores al siglo XIV, y registran en distintos momentos sublevaciones, rebeliones, una… continua guerra que, desde 1770 en Inglaterra y desde la revolución en Francia, mantienen los obreros contra los burgueses, con las armas de la violencia y de la astucia… hasta llegar a los intentos, de los que registran 50 sólo desde 1830, para agrupar a todos los obreros de Inglaterra en una sola asociación, “que razones altamente empíricas han hecho fracasar”.[1]

“A través de la contraposición entre burguesía y proletariado –esto lo sabe hasta Stirner- se llega al comunismo”[2] Éste es el punto de partida del que Marx y Engels no se apartarán en todo el curso de su actividad política y teórica. Alguien podría encontrar en esta fórmula sintética una desconsideración de los elementos de conciencia, de los factores teóricos e ideológicos. Marx está lejos de ignorarlos, y de ello dan prueba sus propias obras. Pero su aportación consiste precisamente en colocarlos en el lugar que les corresponde: como resultado de la actividad práctica y de la abierta contraposición de intereses materiales. Las teorías, las elaboraciones ideológicas, los sistemas y los proyectos de nueva sociedad tienen un sustento directamente material. Y por eso lo primero es comprender el movimiento real. La exposición teórica de esa realidad, siempre y cuando se capte en todos sus aspectos, se convertirá a su vez en una fuerza material.

Cuando Marx y Engels ingresan al movimiento político, se encuentran con que después de siglos de una lucha incesante entre los obreros predomina una forma determinada de organización: las agrupaciones secretas, conspirativas e ilegales, que se habían empezado a formar a partir de las revoluciones burguesas de Inglaterra y Francia.

Esta forma de organización se correspondía en cierto modo con las primeras expresiones ideológicas derivadas de las condiciones de existencia de esta nueva clase: las distintas variables de socialismo y comunismo utópicos, que dominaban el movimiento obrero a la hora en que Marx y Engels realizaron sus descubrimientos históricos e iniciaron su actividad crítica y su acción política.

Pero frente a ellas se habían levantado ya nuevas formas de organización y de acción que abrirían otro horizonte. Éstas las encontraron Marx y Engels en el movimiento cartista de Inglaterra. En él los obreros se involucraban el movimiento político general, enarbolaban reivindicaciones que correspondían a los intereses de la clase como tal y actuaban con independencia de otras clases, no sólo de la burguesía, sino también de la pequeña burguesía.

>La inserción de Marx y Engels en el movimiento político de su tiempo estuvo precedida por un descubrimiento que hizo época y que ellos mismos llamaron  el papel histórico universal del proletariado. Se habían encontrado, tras largas búsquedas, la fuerza social que disponía de la capacidad para encabezar y dirigir el derrocamiento de la burguesía y la construcción de una nueva sociedad.

Pero Marx no tergiversa este concepto, no hace del proletariado un nuevo dios, a pesar de todas las afirmaciones de sus enemigos ideológicos. Son las condiciones de existencia de esta nueva clase, su lugar en la sociedad, sus vínculos con la forma más avanzada de producción, lo la convierten en fuerza potencialmente capaz de colocarse en el centro de la lucha contra la nueva clase explotadora y de ir más allá de las clases revolucionarias del pasado, hasta la eliminación de todas las condiciones que hacen posible el surgimiento de nuevas formas de explotación.

Marx y Engels no se proponen en ningún momento imponerle al movimiento de los obreros una u otra forma de organización, una u otra particularidad a sus acciones. Éste era el vicio fundamental de los dirigentes y grupos que más influían entre los obreros. Su tarea la sitúan en estudiar el movimiento de los obreros, extraer las regularidades de su lucha y contribuir por todos los medios a su acción revolucionaria, al contrario de los métodos seguidos por todos los elaboradores de sistemas y soluciones inventados.

Durante un periodo largo de su actividad teórica y política, que puede situarse entre los años 1845 y el final de la década los setenta, Marx y Engels dedican su esfuerzo principal a superar la tradición y práctica de las sectas obreras y socialistas que dominaban en los principales países de Europa. Pero ésta no era una tarea mesiánica, ni una conclusión deducida al margen del movimiento real, sino algo que se había madurado cuando aparecían formas capaces de expresar más adecuadamente las necesidades de lucha de los obreros, pero hacia los años cuarenta del siglo XIX se habían convertido en obstáculo para el desarrollo de la lucha.

Marx y Engels describieron así este fenómeno a principios de 1872:

 

La primera etapa de la lucha del proletariado contra la burguesía se caracteriza por los movimientos de sectas. Éstas tienen su razón de ser en un periodo en que el proletariado no posee todavía el grado suficiente de desarrollo para actuar como clase… Las sectas que crean estos iniciadores son, por naturaleza, abstencionistas: extrañas a toda actuación efectiva, política, huelguística y sindical; en una palabra, a todo movimiento colectivo. La masa del proletariado se mantiene siempre indiferente, e incluso hostil, ante su propaganda. Los obreros de París y de Lyon no querían saber nada se los saintsimonianos, fourieristas e icaristas, de la misma manera que los cartistas y los tradeunionistas ingleses no reconocían a los owenistas, Las sectas, palancas del movimiento en sus comienzos, se convierten en un obstáculo en cuanto este movimiento las sobrepasa; entonces se hacen reaccionarias… En resumen, las sectas son la infancia del movimiento del proletariado…[3]

 

La nueva etapa del movimiento obrero, que habían abierto principalmente los cartistas en Inglaterra y las revoluciones de 1848 en el continente europeo, demandaban la superación de todo el pasado sectario, por cuanto la clase había dado muestras ya de su capacidad para intervenir en la acción política como tal clase, es decir, como una potencia frente a otra, en combates que abarcaban mayores espacios que en el pasado, hasta disputar el mismo poder a la burguesía.

La conclusión de Marx y Engels fue plasmada de un modo más completo que en cualquier otro momento en el Manifiesto del Partido Comunista. En sus páginas se describe el proceso de conversión de las luchas locales en una lucha nacional, o sea, en una lucha de clases. “Más toda lucha de clases es una lucha política”. A continuación se proclama la “organización del proletariado en clase y, por lo tanto en partido político”. Pero esta organización en partido, así entendida, no se concibe como dada una vez y para siempre o en forma irreversible, sino que se aclara que “es sin cesar socavada por la competencia de los mismos obreros. Pero surge de nuevo, y siempre más fuerte, más firme, más potente”.

La idea de partido que contienen el Manifiesto… y otros numerosos textos de Marx y Engels no es, y probablemente no podía ser, la que hoy tenemos del partido obrero. “Constitución de la clase en partido político” no hace referencia a un tipo especial de organización, si más bien a la actitud y a la conducta de la misma clase, a su disputa con la burguesía en el plano de la política, lo que quiere decir, el poder.

En ese sentido, es conveniente el enfoque de Fernando Claudín a esta posición de Marx y Engels: “El problema del partido está en Marx indisolublemente ligado a la clase”. Y más adelante afirma.

Es plausible suponer, por tanto, que el concepto del partido-clase, del partido proletario, en el gran sentido histórico del término, significa el conjunto de formas de organización y de acción, ideológicas, políticas, sindicales, culturales, en que se manifiesta la iniciativa histórica del proletariado, su lucha contra la burguesía y por un nuevo tipo de sociedad.[4]

No creo que exista base alguna para suponer, como planteó en esta discusión la compañera Elvira Concheiro, que cuando Marx habla del “partido en el gran sentido histórico” se esté refiriendo al “partido de la filosofía de la praxis” o al “partido del socialismo científico”. Esta conclusión contradice el punto de vista de Marx y Engels sobre su teoría (así como sobre todos “los sistemas, las críticas y los escritos polémicos comunistas”, que ellos consideraron siempre como simples expresiones del movimiento obrero real)[5] y sobre la forma en que se va integrando la posición de los obreros frente a la burguesía, que toma en cuenta sus distintos afluentes teóricos, organizativos y políticos.

Partido “en el gran sentido histórico” es para Marx la clase actuando en defensa de los intereses que le son propios. No se trata de prefiguración de un partido ideal, con unos u otros atributos, sino del partido obrero en su acepción más amplia, más allá de las organizaciones que surgen en una u otra etapa del movimiento proletario.

Marx y Engels estaban convencidos de que las condiciones de vida de los obreros, su situación material, eran los que generaban tanto las aspiraciones como las reivindicaciones que en determinados momentos unían a la clase o a sus destacamentos más activos en lucha directa contra sus enemigos.

Cuando Marx y Engels se referían al movimiento cartista como “el primer partido obrero de la historia” no ignoraban que este movimiento había surgido y librado sus principales batallas aun antes de que ellos sentaran los fundamentos de su teoría. En El dieciocho brumario Marx califica “a Blanqui y sus camaradas… (como) los verdaderos jefes del partido proletario”[6] (durante la revolución de 1848 en Francia), a sabiendas de que éstos eran los exponentes principales del sectarismo socialista. Lo mismo puede decirse de la actitud de Marx frente a la Comuna de París y sus dirigentes. El partido obrero en la comuna era el conjunto de sus protagonistas, en primer lugar los partidarios

De Blanqui, que disponían de la mayoría, así como los proudhonianos, que ocupaban el segundo lugar, en tanto que los marxistas eran entonces una insignificante minoría.

En su carta a Paul Lafargue del 18 de abril de 1870, Marx dijo textualmente:

 

Las aspiraciones y tendencias generales de la clase obrera se derivan de las condiciones reales en que se halla. Precisamente por eso son comunes a toda la clase, aunque en la conciencia de los obreros el movimiento se refleje en las formas más diversas, más o menos fantásticas, o más o menos correspondientes a estas condiciones reales. Los que más llamados estarían a interpretar el sentido secreto de la lucha de clases que se desarrolla ante nuestros ojos, los comunistas, son los últimos que deben caer en el error de practicar o fomentar el sectarismo.[7]

 

En esta acción de los obreros en defensa de sus intereses de clase colectivos, tomada históricamente, es decir, frente a coyunturas específicas y no con base en un esquema de programa preestablecido –que unas veces podía ser el movimiento en torno a la conquista de los derechos políticos, como en el caso de los cartistas en los años treinta y cuarenta del siglo XIX, o la lucha directa por el poder, como en la Comuna de París-, es lo que Marx entendía como la constitución de la clase en partido político. Pero, reitero, tal logro no tenía un sentido lineal, sino que se concebía en forma contradictoria, o sea, que se desarrollaba a través de avances y retrocesos en uno u otro lugar, en uno u otro momento.

La otra forma en que Marx y Engels utilizan el concepto de partido en el Manifiesto… es para designar la tendencia comunista naciente, pero no sólo a la que había surgido en torno a su propia concepción, sino refiriéndola también a otras teorías comunistas anteriores. Así, por ejemplo, ya en La ideología alemana hablan del “partido comunista francés”,[8] y en la carta de Marx a Annénkov el 28 de diciembre de 1846 se refiere textualmente a “nuestro propio partido…el partido comunista alemán”.[9] En más de una ocasión Engels habló también “del partido de Marx”, pero en estos casos es claro que se refiere al grupo de sus partidarios, a sus camaradas más cercanos.

En el Manifiesto… donde por vez primera Marx y Engels exponen de modo detallado su concepción sobre el Partido Comunista, de cuyo testo y de la posterior actitud de los autores sobre la Liga de los Comunistas no puede desprenderse otra cosa sino que se trataba de la organización del núcleo ideológicamente consciente, cuyo papel consistía en vincularse del modo más estrecho “con el movimiento real de los obreros”.

Además del Partido Comunista, el Manifiesto… define como partidos obreros a organizaciones  políticas específicas, por el estilo de los cartistas, y hace las conocidas e importantes revelaciones en el sentido de que los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por (las) que pasa la lucha del proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto. Prácticamente, los comunistas son, pues, el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre impulsa adelante a los demás; teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones, de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario.[10]

En este punto son esclarecedores los comentarios de Fernando Claudín en el trabajo ya citado.

 

… lo que hemos visto de su actuación práctica y del papel que en su análisis de la lucha de clases desempeñan las nociones de partido obrero y de proletariado como partido permite formarse una idea más aproximada del sentido de aquellas fórmulas. A nuestro parecer significan que la función de los comunistas no es sustituir las formas políticas y organizacionales que históricamente va tomando “la organización del proletariado en clase y, por tanto, en partido político”, “el partido que nace espontáneamente, por doquier, del suelo de la sociedad moderna”; no es reemplazar la iniciativa del proletariado, su creación e inventiva, nacidas de las exigencias directas de la lucha de clases, por formas de acción y organización dictadas por principios especiales. Significan que la función de los comunistas es poner la ventaja teórica de que disponen al servicio del movimiento proletario, actuando en él para ayudarle a tomar conciencia de sus intereses históricos, conciencia crítica de su propia acción, y a comprender el proceso de la lucha de clases, todo lo cual exige una relación mutuamente crítica, abierta y sincera entre comunistas (proletarios o no) y los proletarios en general, entre comunistas y partidos obreros. Significan, en resumen, que los comunistas no constituyen un partido que dirige al proletariado, sino un partido que le ayuda a autodirigirse.[11]

 

Estas consideraciones corresponden plenamente a la conducta que mantuvieron Marx y Engels durante los años de existencia de la primera internacional y después de su disolución.

Después de la muerte de Marx y de Engels, y en gran medida gracias a su portentosa contribución, el movimiento obrero adquirió proporciones que ellos sólo alcanzaron a vislumbrar.

Para que el partido obrero comenzara a adquirir las características con que lo conocemos actualmente (con sus virtudes y defectos) tuvieron que realizarse dos procesos de índole distinta, aunque coincidentes en el tiempo. El primero fue la división de funciones que comenzó a operarse en el movimiento de los obreros, y que adquirió su forma típica en Inglaterra, coincidiendo con el declive del movimiento cartista: surgió un nuevo tipo de organización, las tradeuniones, que comenzaron a destacar el aspecto gremial de la organización obrera. El lado negativo de esta práctica, que acabó generalizándose, no pasó inadvertida para Marx y Engels, los cuales señalaron oportunamente su significado y no dejaron de someter a crítica las tendencias oportunistas que predominaban en sus filas. Sin embargo, acabaron considerándola una tendencia objetiva.

El segundo proceso, que apareció años más tarde y significó el reconocimiento de los avances del movimiento proletario, fue la conquista paulatina de los derechos obreros, el establecimiento del sufragio universal, directo y secreto en algunos estados capitalistas, así como el desarrollo del parlamentarismo y en general de la democracia burguesa, todo lo cual hizo posible que se desplegaran como nunca antes la actividad y la influencia de los obreros en la sociedad. Éste era un cambio político de gran trascendencia para el movimiento proletario y resultado de su propia acción. Marx y Engels tuvieron la capacidad de advertir este viraje de importancia histórica, y ya en el periodo de existencia de la Primera Internacional comenzaron a estimular el surgimiento de los grandes partidos nacionales de masas y a abordar los grandes problemas que se planteaban a la lucha de los obreros.

Pero a Marx y a Engels sólo les tocó vivir el periodo inicial de esta nueva forma de actuación de la clase. En torno al desarrollo del primer partido de este tipo. El Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, Marx y Engels tuvieron ocasión de realizar importantes aportes, tanto desde el punto de vista de la elaboración programática como en las cuestiones de táctica, con respecto a la relación entre partido y actuación parlamentaria, y especialmente alrededor de la coherencia ideológica del partido.

Pero muchos aspectos que posteriormente adquirieron relevancia respecto al papel del partido en las nuevas condiciones históricas no fueron abordados por Marx ni por Engels. Para abordarlos debemos acudir a su método, más no a las formas concretas en que éste se plasmaba en condiciones históricas radicalmente diferentes.

Los partidos de masas que se desarrollaron durante la existencia de la Segunda Internacional fracasaron como partidos revolucionarios, y con base en la superación de esa experiencia y de la conciencia de las nuevas tareas que se plantearon ante el movimiento obrero internacional, y no sólo de Rusia, Lenin elaboró nuevas bases para el partido revolucionario que impulsaron como nunca antes la influencia y el prestigio de la clase obrera, al grado de romper la hegemonía imperialista sobre el mundo. Después se extendió la sombra del stalinismo sobre el movimiento obrero y comunista mundial, y se produjo un repliegue de insospechadas consecuencias históricas. Así es la dialéctica de la lucha de clases y del partido obrero.

Para finalizar, quisiera dar mis puntos de vista sobre algunos aspectos de la intervención del compañero Carlos Pereyra. De la crítica necesaria a diversas simplificaciones del pensamiento marxista sobre la cuestión del partido y de la lucha política, Pereyra avanza hacia la negación de la naturaleza de clase de los partidos políticos y en particular del partido obrero. “¿En qué sentido puede, entonces, afirmarse el carácter de clase de un partido?”, pregunta. Y responde:

O bien se trata de un enunciado empírico descriptivo referente al hecho de que una proporción mayoritaria de los militantes del partido proviene de cierta clase social –o, mejor aún, de que porcentaje considerable de los miembros de una clase se identifican con el partido y reconoce en su programa un instrumento para la defensa de sus intereses-, o bien se trata de un enunciado teórico abstracto referente al hecho de que los objetivos generales del partido coinciden con los intereses históricos que la teoría atribuye a la clase.

El partido obrero, lo mismo que todos los demás, son de clase no por las tareas u objetivos que se atribuyen a sí mismos, y mucho menos por el origen de clase de sus militantes, sino porque en la sociedad dividida en clases lo que se dirime esencialmente en las luchas políticas (y en otras) son en el fondo intereses materiales, por más que éstos no aparezcan en la superficie o estén disfrazados de intereses humanos o nacionales, que indudablemente existen en la realidad, pero por lo general se utilizan para ennoblecer concretos intereses de clase.

Para Pereyra en cambio, “tanto la teoría socialista” como los partidos ligados a la lucha por el socialismo “son efecto teórico y político de las significaciones ideológicas producidas por la emergencia de un nuevo actor social: el movimiento obrero”. Es decir, que el partido político carece de un basamento social y sólo es efecto de significaciones ideológicas”.

Más que expresión política de una clase -continúa Pereyra-, el partido es la única forma susceptible de funcionar como lugar de síntesis de una pluralidad de movimientos sociales. Su papel en la construcción de una nueva hegemonía lo obliga, en todo caso, a ser expresión de diversas clases, o sea, de las que forman el bloque social dominado.

Pero el partido con posibilidades de desplegar esta capacidad hegemónica, si es portador del proyecto histórico de una u otra clase fundamental”, tendrá que responder a los intereses fundamentales del proletariado o de la burguesía, y sólo en tal medida podrá ser “lugar de síntesis de la pluralidad de síntesis de movimientos sociales”. En México esta capacidad hegemónica la mantuvo durante muchos años el PRI, mas ello no eliminó su condición de partido burgués, es decir, de partido mantenedor del régimen económico y social del capitalismo.

Pereyra no admite la concepción de Marx sobre la clase que se constituye en partido. Pero la noción de clase de Marx no está ligada sólo a la estructura económica, no es algo puramente objetivo. Clase, para él, es unión de lo económico y lo político, de lo objetivo y lo consciente. En un sistema económico bien definido los individuos aislados forman una masa amorfa; se constituyen en clase cuando actúan en defensa de intereses que les son comunes, y esto representa enfrentarse a la clase que los oprime.

Comentando el desarrollo de estos conceptos en el manifiesto…, Adolfo Sánchez Vázquez dice en su notable libro Filosofía de la Praxis:

Si como fruto de las luchas de los obreros, al principio, diseminados y disgregados, se produce la organización del proletariado en clase, ello quiere decir que para Marx y Engels el proletariado como clase no es un dato inmediato, pues su organización no seda mientras sus luchas locales no se centralizan a escala nacional. La clase no existe aisladamente, sino en una relación de lucha (de lucha política) contra otras clases. Finalmente, el proletariado sólo se constituye en clase cuando tiene conciencia de su interés propio frente a la burguesía, conciencia que adquiere en la lucha y que pasa históricamente por diferentes niveles, expuestos con claridad en el Manifiesto..., hasta llegar a su expresión más alta como conciencia de la necesidad de la revolución.[12]

Da la impresión de que para Pereyra lo determinante en las luchas políticas no son los intereses materiales, sino las ideas. Marx, en cambio, veía la relación que se establece entre los representantes políticos y literarios de una clase por ellos representada no en las ideas, sino en el hecho de que aquéllos que se ven teóricamente impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a que impulsan a la clase de que se trata el interés material y la situación social.[13]

 

[1]     Carlos Marx y Federico Engels, La ideología Alemana, Ediciones Pueblos Unidos, Montevideo, 1973, pp. 234-235.

[2]     Ibíd., p. 234.

[3]     Carlos Marx y Federico Engels, “Las pretendidas escisiones en la Internacional”, en Acerca del anarquismo y el anarcosindicalismo, Editorial Progreso, Moscú, pp. 54-55.

[4]     Fernando Claudín, Marx, Engels y la revolución de 1848, Siglo XXI, Madrid, 1975, pp. 49-50.

[5]     Carlos Marx y Federico Engels, La ideología alemana, p. 544.

[6]     Carlos Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, Grijalbo, México, p. 26.

[7]     Carlos Marx y Federico Engels, Obras en ruso (Sochinenia), Moscú, t. XXXII, p. 560.

[8]     Carlos Marx y Federico Engels, La ideología alemana, p. 559.

[9]     Carlos Marx, Miseria de la filosofía, Moscú, p. 185.

[10]   Carlos Marx y Federico Engels, Manifiesto del Partido Comunista, en Obras Escogidas, Editorial Progreso, Moscú, 1966, t. I, p.34.

[11]   Fernando Claudín, op. cit., p. 327.

[12]   Adolfo Sánchez Vázquez, Filosofía de la praxis, Grijalbo, México, 2ª. Ed., pp. 182-183.

[13]   Marx expone esta conclusión al abordar el contenido de la lucha que desarrollaban en la revolución francesa de 1848 los líderes del llamado Partido Socialdemócrata. Y escribe textualmente: “Tampoco debe creerse que los representantes democráticos son todos shopkeepers (tenderos) o gentes que se entusiasman con ellos. Pueden estar a un mundo de distancia de ellos, por su cultura y su situación individual. Lo que los hace representantes de la pequeña burguesía es que no van más allá, en cuanto a la mentalidad, de donde van los pequeños burgueses en modo de vida; que, por tanto, se ven teóricamente impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a que impulsan a aquéllos, prácticamente, el interés material y la situación social. Tal es, en general, la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase por ellos representada”. (Carlos Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, pp. 56.57.