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Comprometidos con el movimiento: entrevista a Arnoldo Martínez Verdugo

Insistente en recurrir a sus notas para dar precisión a los recuerdos, intenso, analítico, jovial y sereno como siempre, Arnoldo Martínez Verdugo, quien fuera secretario general de Partido Comunista Mexicano, accede a platicar con Memoria –su casa, su revista y su proyecto- acerca de la actuación de los comunistas en el 68.

 

Arnoldo Martínez Verdugo en sus años de juventud

Arnoldo reparte propaganda. Ciudad de México, 1947.  Imagen: Fototeca CEMOS, autor no identificado.

 

La charla se alarga, y tanto, que nos queda pendiente una segunda parte…

¿Cuál fue en su momento, la actitud que adoptó el Partido Comunista frente al movimiento del 68?

Desde el primer momento, el partido apoyó el movimiento estudiantil íntegramente. Hubo algunas discrepancias en el “activo” vamos a decir, pero no en aquellas que negaran la validez de las acciones que se estaban tomando. Tengo más bien la idea de que se trataba de puntos de vista acerca de algunos de los dirigentes que actuaban en su momento, relacionados con la actitud de ellos hacia el partido. Cuando el movimiento apareció como tal, lo defendimos como un gran movimiento democrático insertado en las necesidades del país, efectivamente, y dijimos que no era de ninguna manera extraño que fuera estudiantil, sobre todo porque en el periodo anterior había habido la gran intervención de los obreros, de los sindicatos, que habían sido enfrentados con bastante agresividad por parte del gobierno. Lo interesante aquí sería  ver cómo estaba la relación de fuerzas interna, cómo era el debate. Si se ven los textos, las declaraciones del partido, yo creo que eran, en general, coherentes con la idea de que se trataba de un movimiento democrático que estaba enmarcado en la necesidad fundamental que el país tenía de abrirse espacios a la democracia.

 

Arnoldo, ya que hablas de la democracia, en mayo, o sea un poco antes del inicio del movimiento, el Partido Comunista se entrevista con Díaz Ordaz, ¿era la primera vez, no?

Era la primera vez.

 

¿Y qué impresión sacó el Partido Comunista de esa entrevista? ¿Cuál era el momento político? ¿Ustedes lo consideraron un gesto de apertura?, de deseo de otra relación política con la oposición?

Creo que nosotros vimos en ese momento que el gobierno se encontró ante la necesidad de entrar en una relación directa, y que eso fue lo que principalmente propició ese encuentro. Me acuerdo muy bien que de repente Díaz Ordaz hizo así (Arnoldo abre las piernas y se asoma debajo de su silla) y dijo: “Cuando se hablaba aquí de ustedes, del Partido Comunista, verdad, pues entonces había que empezar a buscar a ver si no estaban por ahí los espías”.

 

La KGB…

Sí. Esa era la imagen que ellos tenía de que se trataba de…

 

De un grupo conspirador…

Sí, completamente. Y lo demostró gráficamente, viendo para abajo a ver dónde estaban los espías que nosotros metíamos en todas partes del gobierno. Pero indudablemente que ya había en Díaz Ordaz la convicción de que, cuando menos, tenía que entrar en una discusión con nosotros de manera directa.

 

Sin embargo, siempre dominó la idea de que el movimiento estudiantil era en realidad una gran conjura comunista.

Sí. En el momento de la entrevista con Díaz Ordaz, había muchos presos políticos del Partido Comunista y de otros movimientos: fundamentalmente estaban los ferrocarrileros y también otros de diversos sindicatos de los que comenzaron a actuar primero.

 

Incluso las primeras demandas que plantea el movimiento se refieren a la libertad de presos políticos y justamente de esos presos que de una u otra manera están vinculados al Partido Comunista. ¿Hubo mucha influencia del Partido Comunista en el movimiento estudiantil?

Había ya en ese momento un cierto núcleo de activistas del movimiento estudiantil que eran miembros del partido y de la Juventud Comunista y que se habían destacado en el proceso. Participaban también de manera dirigente, algunos representantes del movimiento que no estaban en el partido pero que habían estado de alguna manera, que habían salido y que tenían una cierta actitud de conflicto.

 

El 26 de julio de 1968, al mismo tiempo que las autoridades reprimen la manifestación estudiantil de solidaridad con la revolución cubana, allanan el local del Partido Comunista, ¿por qué Arnoldo?

Bueno, esa era una de las cosas con las que había esa identificación con la visión anticomunista. Desde el principio, el gobierno pensó que en el fondo el movimiento era generado o preparado por el Partido Comunista, y no tenía la visión –que yo creo que en un momento dado sí llegó a formular-, de que el estudiantil era un movimiento que en realidad rebasaba al Partido Comunista y a cualquier otro grupo; que era un movimiento con un arraigo grande. Pero en el primer momento, ellos postularon la idea de la conjura y de la actividad siniestra de los comunistas en distintas partes.

Al mismo tiempo, nosotros habíamos estado en la lucha por los derechos del partido, sobre todo por el registro, pero aún antes que por el registro luchamos por el respeto a la actividad de un partido como el comunista, que tenía una trayectoria larga de actuación y había adelantado principalmente el problema de la democracia en el país, el problema de la democratización como el elemento central que obstaculizaba el desarrollo. Nosotros no teníamos derechos electorales. El espectro electoral estaba reducido a las fuerzas que el gobierno consideraba aceptables, admisibles, y realmente no era un reflejo fiel de la sociedad, y la principal expresión de ello era que el Partido Comunista no tenía garantías ni derechos políticos. El problema principal estaba situado ahí y yo creo que nosotros lo ubicamos bien al señalar que el problema que tenía el país era un problema de democracia, y que la situación que enfrentaba el Partido Comunista, en cuanto a sus derechos, era precisamente una parte de esa situación de restricción de libertades políticas. Y realmente sí había la pretensión y la línea de aislar y de impedir el desarrollo de la actividad del Partido Comunista. Ya habíamos hecho distintos tipos de gestiones en el sentido del reconocimiento de una fuerza como el Partido Comunista, que tenía una tradición larga de actuación y que estaba, por su programa y todo eso, dentro de la legalidad constitucional. El partido merecía que se reconociera su existencia y se le otorgaran todos los derechos inherentes a ese reconocimiento. A esa cuestión creo que no se respondió claramente sino en alguna de las intervenciones anticomunistas de Díaz Ordaz, donde habló de “fuerzas extrañas”, de “misiones”, como si fuéramos una fuerza completamente separada del movimiento y aparte, con fines de tipo siniestro.

 

El gobierno utilizaba el fantasma del partido comunista como la sombra de una conjura, pero también en el movimiento se hablaba, y todavía hoy eso es una leyenda, de que el Partido Comunista mangoneaba el movimiento, lo manipulaba, trataba de usarlo, lo radicalizaba. ¿Qué hizo realmente el partido en el movimiento? ¿Lo usó, influyó, determinó algo, impuso línea?

Desde el primer momento el partido, o los miembros del partido, intervinieron en el movimiento. Nosotros habíamos formulado muy claramente que la gran demanda que debería unir a toda la oposición era la democracia, porque era evidente que carecíamos de derechos políticos, no solamente el Partido Comunista, sino también aquellos que sostenían otras posiciones y que también habían sido reprimidos y coartados en cuanto a la difusión de sus ideas. El gobierno no quería que desplegara realmente la cuestión de los derechos para que se organizaran libremente las fuerzas políticas.

Se tomó al Partido Comunista como la fuerza que estaba detrás de los movimientos que se desarrollaban. La concepción de la conjura era no solamente parte del ambiente internacional que se bosquejaba entonces, sino que era un síntoma de que el gobierno tenía realmente temor de que el Partido Comunista gozara plenamente de todos sus derechos. Desde el aplastamiento de las huelgas ferrocarrileras había ya un fondo anticomunista en la conducción del gobierno. Y aunque en realidad la fuerza del partido, su influencia, era relativamente débil, de todas maneras fuimos nosotros quienes supimos ver, en el momento, el significado de esos grandes movimientos y lo tratamos de ubicar dentro de la política general, como era lo correcto, como movimientos que eran una necesidad en la vida del país.

 

El movimiento estudiantil se dio rápidamente una dirección, constituyó un cuerpo representativo. ¿El Partido Comunista tuvo una relación directa con esa dirección del movimiento estudiantil?

Bueno, nosotros teníamos desde el principio una relación directa a través de nuestra fracción, o sea de los miembros del partido que actuaban en distintos lugares y con los cuales sí tratamos muy pronto de formular una posición común, general.

 

¿Tuvo el Partido Comunista algún contacto con el gobierno durante el movimiento, desde el 26 de julio de 1968 en adelante?

No, no, no. Después no hubo, que yo recuerde, ninguna reunión.

 

¿Crees que el gobierno identificó al PCM como el dirigente del movimiento, como la instancia que lo controlaba? ¿O que logró distinguir entre un movimiento que tenía su propia dirección, su propia dinámica, y el Partido Comunista?

Yo creo que el gobierno consideraba –y me parece también que lo consideró siempre- que independientemente de que hubiera un espectro muy diverso muy diverso de participantes, algunos que no tenían relación directa con el Partido Comunista, no existían, aparte de éste, otras fuerzas capaces de lograr una cierta integración, una cierta unificación, un trabajo más global, por eso creyeron que los comunistas dirigían el movimiento. Puede haber habido la idea de desprestigiar al propio movimiento, diciendo que estaba dirigido por una mano siniestra, los comunistas. También hay que ver que eso jugaba su papel. Pero en realidad lo que sucede es que no había otra fuerza política. El lombardismo, por ejemplo, desde el primer momento se colocó en otra posición y dejó de jugar cualquier papel aunque hubiera tenido algunos vínculos con sectores del movimiento; fue la propia actitud de los lombardistas la que los desligó del movimiento.

 

¿Te refieres a la declaración de que era un movimiento dirigido por la CIA?

Sí, sí. Lo real es que desde el primer momento nosotros éramos la única fuerza que tenía organización y participación.

 

¿Y dentro del movimiento, Arnoldo, cómo veían al Partido Comunista?, ¿Cómo una amenaza, como un colaborador?

Yo creo que en ese momento el Partido Comunista tenía, digamos, buen ambiente en el movimiento, a pesar de que participaban ahí algunos que habían tenido conflictos.

 

Bueno, Raúl Álvarez Garín, Gilberto Guevara Niebla, habían sido miembros del Partido Comunista.

Sí, claro. Sobre todo Raúl había desarrollado una actividad importante en la Juventud Comunista. Tengo la impresión de que ya en el curso del movimiento las discrepancias por el pasado fueron en general desapareciendo. Nosotros desde el principio nos negamos completamente a que hubiera una campaña interna contra gente que había tenido conflictos con el Partido Comunista, y yo creo que en general impulsamos la unificación del Consejo Nacional Huelga, del movimiento, en función de la posición política frente al momento concreto, y creo que en el curso del movimiento no hicimos diferenciaciones ni señalamientos por viejas rupturas, por las conductas ante el partido que habían tenido determinados dirigentes; por el contrario, nuestra política fue de unificación en torno a las demandas del movimiento, los puntos del pliego petitorio; y, antes, los aspectos fundamentales de la actividad. Hay que ver los documentos para ver como calificamos nosotros desde el primer momento esas acciones, pero nos ayudó el hecho de que estábamos claros de que el país padecía de falta de democracia y que todos estos movimientos eran democráticos; o sea, la caravana minera, las acciones del movimiento campesino, todas para nosotros tenían un signo común, la necesidad de democracia y la participación en función de la democracia, de la democracia sindical, de la libertad de los campesinos para actuar y de las libertades políticas en general.

 

¿Y crees, Arnoldo, que eso se tradujo en una relación democrática del Partido Comunista con el Movimiento?

Hay que ver tanto hay aquí de subjetivismo, pero yo sí creo que nosotros impulsamos sobre todo, o contribuimos a la unificación. Por ejemplo, en el Consejo Nacional de Huelga siempre estuvimos alertando acerca de que no surgieran discrepancias de otro orden, que teníamos que ver que en el movimiento había un conjunto de fuerzas con una tarea común. Debe haber textos donde nosotros alertábamos sobre esta cuestión. Me parece que eso contribuyó a que no hubiera otros conflictos aparte de los que ya de suyo, de táctica, sí los tenía que haber en el movimiento, pero no por cuestiones ajenas, relativas a la militancia de cada uno de los actores principales.

 

¿Se reconoció como interlocutor al movimiento por sí solo, o se pensó que necesitaba otro interlocutor?

Nosotros fuimos categóricos –y creo que fue uno de los aciertos que se tuvieron- en el sentido de que era el movimiento el que tenía que resolver.

 

El movimiento esgrimía una serie de demandas y exigía el diálogo. Frente a eso, ¿qué pensaba el partido?, ¿qué era cuestión del movimiento?

Era cuestión del movimiento. Nosotros nunca nos excluimos de nuestro derecho a discutir, pero separando, no confundiendo la actuación del movimiento y la línea del movimiento con la del partido, a pesar de que en algún momento si llegamos a tener bastante influencia. No siempre, pero en un momento determinado, los miembros del partido comenzaron a jugar un papel muy importante ene. Consejo Nacional de Huelga.

 

El mexicano fue el único Partido Comunista a nivel mundial que adoptó posiciones favorables a las movilizaciones estudiantiles de 68; partidos comunistas como el francés o el italiano condenaron esas movilizaciones en sus respectivos países, o por lo menos se deslindaron de ellas, no las comprendieron, no las apoyaron. ¿A qué se debió esto?

Bueno, eso fue evidente para nosotros desde el primer momento. En nuestras discusiones de entonces no estábamos de acuerdo con la actitud que adoptaron por ejemplo los franceses, el Partido Comunista Francés, no nos pareció una actitud adecuada. Ellos también discrepaban de nosotros y en algún encuentro que tuvimos en Moscú apareció esa discrepancia, expresada naturalmente de manera fraternal y todo eso, pero todos los partidos comunistas, fundamentalmente aquellos que estaban en el conflicto, los checos, los franceses, los soviéticos –los italianos no me acuerdo bien, pero creo que no-, tenían una gran duda respecto a la posición del Partido Comunista Mexicano. Todos entendían que nosotros estábamos completamente comprometidos con este movimiento.

 

¿Y ellos por qué no, Arnoldo?

No, porque resulta que eran movimientos en cierto modo críticos del partido comunista en sus respectivos países. Era evidente en el caso de los franceses. En el caso de los checos era una batalla interna, me refiero en las propias filas. Y los soviéticos no se vieron ante esos problemas.

 

La Unión Soviética fue uno de los pocos países donde no hubo movimiento estudiantil.

Pero era porque estaba completamente sofocado. No era posible que estallara un movimiento estudiantil. Aunque para nosotros fue evidente que en el mismo aparato había maneras diferentes de abordar esta cuestión –y sostuvimos algunos debates, sobre todo porque a los soviéticos les interesaba “sacarnos del error” de estar apoyando un movimiento estudiantil.

 

¿Cómo calificaban los partidos comunistas, especialmente el soviético, a estos movimientos estudiantiles?

La parte digamos más civilizada, decía que se trataba de movimientos que llevaban a la dispersión y que enfrentaban a las fuerzas del movimiento obrero; es decir, que eran fuerzas ajenas, directamente pequeñoburguesas; que había en estos movimientos un ingrediente, sino de provocación por lo menos de confusión muy grande, sobre todo porque los hacían aparecer como contrarios al movimiento de la clase obrera, lo cual era falso, no tenía ninguna razón de ser. Nosotros habíamos adoptado –y aclaro que eso también era parte del problema- una posición diferenciada a los demás partidos comunistas con relación a Dubcek, con la situación de Checoslovaquia. Eso lo formulamos claramente. Quizá ahora lo formularíamos de otra manera, pero en ese momento nosotros saludamos el esfuerzo que estaba haciendo Checoeslovaquia y siempre nos negamos a considerar que había en Dubcek, y en el equipo de Dubcek, una actitud de debilidad y de confusión frente al movimiento.

 

En agosto, cuando entraron los tanques soviéticos o del Pacto de Varsovia a Checoeslovaquia, ¿cómo fue vista la actitud del Partido Comunista?

Me acuerdo muy bien de eso, porque nosotros ya estábamos siendo reprimidos aquí en México, ya estábamos viviendo en la clandestinidad. Me acuerdo muy bien de la reunión donde discutimos eso, porque yo salí de la casa donde estaba viviendo, con una familia, a una reunión que hicimos la noche siguiente a la entrada de las tropas a Checoslovaquia. Hicimos una declaración, que yo después consideré débil. Pero de todas maneras, en ese momento era una toma de posición que irritó completamente a los soviéticos y a otros partidos con los que teníamos relación constante. Y ahí empezaron, claro, las dificultades en las que luego nos vimos envueltos. La declaración de condena a la entrada de las tropas la hicimos en el mismo momento en que ésta se hizo pública. Ya desde el 67 adoptamos una posición particular sobre las cuestiones de la democracia, de cómo se enfocaba, de si la estabas proclamando en todos los aspectos o no, era un factor que ya te contraponía con los soviéticos, porque ellos comenzaron a identificar desde temprano, en Checoslovaquia, la consigna de la democracia con la acción contra la concepción soviética en general. Yo digo que el Partido Comunista Mexicano, por el momento ñeque estaba entonces, difícilmente podía haber adoptado otra posición, especialmente con una dirección como la que teníamos que era independiente de los soviéticos, y que, si bien era cuidadosa en el sentido de no provocar un conflicto mayor, sí pensaba claramente que estos procesos democráticos en Checoslovaquia y otros países, también en la URSS eran una necesidad.

Nosotros partíamos de México y esa era nuestra base: aquí el problema de la democracia era un problema central del país. Aunque desde luego hubo también la tendencia en otras fuerzas a considerar que la cuestión de la democracia no era el punto central, y esto lo encontramos en algunos grupos ultras que consideraban que debía plantearse la revolución, que eran otras cosas y no la democracia.

 

¿Y esos grupos actuaban en el movimiento estudiantil?

Bueno, algunos actuaban en el movimiento estudiantil y otros también en el movimiento sindical. Ahora, un obstáculo que nosotros teníamos era que de todas maneras estábamos actuando clandestinamente. Y clandestinamente desde un punto de vista tortuoso, o sea, no habíamos sido declarados ilegales ni nada de eso, pero había la percepción, había los presos, había una situación de inseguridad general para el movimiento, y entonces la consigna de la democracia tampoco era bien aceptada por todas las fuerzas. Muchas consideraban, como dije, que la revolución era la consigna necesaria, y había también otros que pensaban que no era real esa consigna de la democracia, es decir, que era un poco artificiosa. Podían ser grupos aislados, pero existentes. Nosotros discutimos mucho, pero nos unificamos en que el problema central de México era el problema de la democracia y que de eso dependía todo lo demás, sobre todo la condición del movimiento sindical y también del movimiento político.

 

Y a la distancia, ¿cómo evalúo el Partido Comunista –que siguió existiendo hasta 1980-1981, cuando se fusionó con otras fuerzas- el movimiento del 68? ¿Cómo lo ubicó en el proceso que se abrió después?

Estoy seguro de que nosotros estimamos que el movimiento del 68 era el gran movimiento nacional por la democratización del país y que esa era su característica fundamental.

 

Cuando dices “el gran movimiento por la democracia en México”, ¿quieres decir que pese al 2 de octubre, la represión, el desmantelamiento, la derrota, todo lo que sucedió posteriormente, el propio registro del Partido Comunista en los años setenta, tendría influencia del movimiento?

Todo está bajo la influencia de ese gran movimiento porque ahí fue donde hizo explosión realmente, esa necesidad de la democracia, esa carencia que el país vivía.

 

Recientemente hubo una discusión acerca de si el movimiento fue derrotado. Alguien dijo que ya era tiempo de que nos dijéramos, que aceptáramos que había sido derrotado el movimiento porque si no asumíamos eso íbamos a seguir creando un mito. ¿Fue derrotado el movimiento?

Yo no me acuerdo en ese momento de cómo fue que afrontamos ese punto de vista, pero creo que no llegamos a esa conclusión. Porque nosotros sí vimos que el movimiento había sido transformador, y que fue a partir de ese movimiento que la situación comenzó a modificarse en un sentido democrático. Porque, en realidad, lo que estábamos superando con el movimiento era toda una fase, horrenda, de control del movimiento sindical, de control de las huelgas, de encarcelamiento, de persecuciones a las cuales el país no estaba acostumbrado.

 

De las filas del Partido Comunista o de la Juventud Comunista, salieron muchos grupos que creyeron que el movimiento había sido derrotado y se fueron a la lucha armada.

Ah, sí, claro. Nosotros estudiamos mucho esa situación, porque teníamos relativamente tiempo: cuando estás escondido tienes más tiempo para pensar, redactar y todo eso, ¿no? Hicimos muchas reflexiones sobre los problemas políticos que había que enfrentar y sobre todo de la tentación, que ya había surgido, dentro de la juventud y del partido, respecto al movimiento armado, respecto a la respuesta que había que dar. Al final acabamos definiendo que la respuesta era en el plano político y debía consistir en el desarrollo del movimiento de masas, para el cual había unas condiciones formidables en ese momento, porque las fuerzas se habían desatado: la represión había replegado a la gente pero no la había aplastado. Y nosotros teníamos esperanzas –quizá más de las que se justificaban- de que el movimiento se iba a mantener con mucha perspectiva y que, de ser golpeado en un lugar, podía surgir en otro. Y tratamos de hacer algo en ese sentido.

 

Pese al 2 de octubre.

Pese al 2 de octubre.

 

Fuiste de los pocos no presos, ¿cómo te salvaste de la cárcel?

Por tradición y esas cosas, nosotros siempre tuvimos cuidado; algunos lo consideraban exagerado, pero nosotros teníamos casas para llegar en cualquier momento y garantizar que ahí podías trabajar normalmente. A medida que estuvimos viendo el movimiento nos preparamos en ese sentido; trajimos gente no conocida, de afuera, que alquilaba una casita, teníamos ahí un lugar para reuniones o para que alguien viviera. Tomamos precauciones y por eso es por lo que algunos no fueron detenidos. No las tomamos con todos, pues no se podía.

No parece que hubiera mucha precaución. Cuando el 26 de julio varios dirigentes del partido reclamaron a la policía la devolución de las oficinas del PCM y los talleres de La voz de México, fueron tomados presos de inmediato; estuvieron tres años en la cárcel.

Todo eso nosotros lo consideramos , después, descuidos debidos a que no captábamos del todo la situación, no debimos arriesgarnos; además teníamos la idea –que después fue criticada- de que debíamos mantenernos hasta el final, es decir, de no dejarnos llevar: como que había la idea, la percepción de que con ese juego represivo, esa ambigüedad, nos podía llevar directamente a la represión lineal y a la clandestinidad; nosotros; -pero esas es una concepción que hay que revisar- por nuestra parte, pensábamos en resistir y arriesgarnos, porque lo que no queríamos era actuar como si fuéramos ilegales de hecho. Al contrario.

 

¿Cuál era el status? Porque el PCM no tenía registro pero tampoco era ilegal…

Nosotros considerábamos que nuestro status era el de un partido nacional, legal, etcétera; y carecer de registro era carecer de una de las condiciones de la actuación política legal y de los derechos inherentes a tal registro. Teníamos limitados nuestros derechos. Pero como partido no habíamos sido declarados ilegales. No estábamos bajo ninguna ley que nos proscribiera, entonces teníamos que hacer esfuerzos. Pero ahí el límite siempre era muy discutible. Nuestro interés era mantenernos nosotros como una fuerza que deberían de ilegalizar (…)

 

Pero no, digamos, “autoilegalizarse”.

No autoilegalizarnos, aunque sí tomar medidas de precaución. Que las tomamos muy pocas, esa es la realidad, pero algunas si comenzamos a tomar. Pero hubo costos en esa contradicción entre la precaución y el no querer autoilegalizarnos, en esa voluntad de no arrinconarnos ante la represión, sino de mantener la situación, porque de todas maneras esa política propició que hubiera gente en la cárcel.

 

El Partido Comunista siguió sacando sus publicaciones, sacando declaraciones públicas. ¿Cómo era eso?

Eso no se detuvo porque nosotros seguimos usando nuestro taller, que era un taller comercial –o sea que estaba registrado como una empresa- y seguimos sacando nuestras publicaciones ahí. Después ya no se pudo, pero teníamos prensistas. Había una muy famosa, creo que era regalo de un partido, del partido checo o una cosa así. Era una rotativa en pequeño, para hacer periódicos chicos. La conservamos yo ya no sé hasta qué momento, después ya no me acuerdo como se perdió y debíamos haberla mantenido, era parte de la historia. El problema es que eso era costoso porque teníamos que tener una casa especial y equipo, o sea familia que viviera ahí, cosas que tienes que pagar. Pero como no estábamos en una ilegalización total, proscritos, entonces eso no ayudaba a que fuéramos plenamente clandestinos. Nosotros decíamos: “Bueno, pues no somos perseguidos, entonces hay que aprovechar”, pero eso te ponía en riesgo y así agarraron a mucha gente.

Yo fui uno de los que se mantuvieron así durante más tiempo, aunque después ya no tuve más remedio que meterme a un refugio. Sobre todo después de que me siguió la policía. Sucedió así: un compañero fue a mi casa a buscarme, pero en la calle había un coche de la policía esperando. El compañero tocó a la puerta, lo agarraron y lo lanzaron al coche. Yo dudé entre permanecer en la casa o huir. Decidí arriesgarme y salí, tenía un coche en otra calle, listo para lo que fuera. Me siguieron durante horas y horas y me di cuenta de que sólo me seguían, de que no tenían órdenes de aprehenderme; de todas maneras no podía ir a mi refugio, porque me estaban siguiendo. Hasta que después de horas y horas, mi acompañante y yo empezamos a pasarnos altos, a hacer barbaridades hasta que los dejamos en un cruce donde ya no pudieron seguirnos. Tras un montón de vueltas, fui a mi refugio, con una familia que vivía ahí normalmente; ahí permanecí unos años.

 

Cuando vino la represión, el partido debe haber puesto su infraestructura a favor del movimiento, debe haber escondido dirigentes.

Apoyamos a la mayor parte. El dos de octubre estuve oyendo la balacera por teléfono; los compañeros se habían apoderado de un teléfono público en la plaza para garantizar la comunicación… ya teníamos mucha desconfianza sobre lo que iba a pasar el 2 de octubre… y estaba yo comunicándome con ese compañero, de un teléfono público, cuando empieza la balacera. Una cosa horrible.

 

(Entrevista por Elvira Concheiro y Gerardo de la Fuente)

 

[1]     Publicado en: Revista Memoria, número 115, septiembre de 1998.