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Comunidad indígena y socialismo (enero 1982)

Los pueblos indígenas están hoy en pie de lucha, y los socialistas estamos con ellos. Nuestra Marcha por la Democracia ha dado ocasión a un encuentro estrecho y fraterno de los socialistas con los indígenas; ha hermanado sus tradiciones de resistencia y sus aspiraciones de cambio radical de lo existente.

 

Arnoldo Martínez Verdugo en un mitn del PSUM

Arnoldo Martínez Verdugo en un mitn del PSUM / Imagen: foto sin autor identificado (Facebook David Flores Guerrero)

 

Lo decimos aquí, en la capital de la resistencia maya; en la ciudad que lleva el nombre del que fuera un gran socialista del sureste: Felipe Carrillo Puerto. Los socialistas somos orgullosos y legítimos herederos de la vasta y rica historia de lucha popular que conforma lo mejor y s poderoso de la historia de México. También, por ello, de la lucha que han protagonizado sin cesar los indígenas, desde el momento mismo en que los españoles iniciaron la conquista de nuestro territorio, y el sojuzgamiento de casi todas las etnias que lo habitaban, hasta el presente.

Para los socialistas mexicanos es fundamental reivindicar el inmenso aporte hecho a la construcción de México por la cultura, las tradiciones y el trabajo indígenas. Ayer y hoy poco podría explicarse de la historia nacional sin tomar en cuenta el concurso activo de los pueblos indígenas. Su trabajo constituye en el presente, sobre todo en las regiones donde se concentra la población indígena, una fuerza productiva de gran valor económico y social. Por ello su reivindicación no puede ser para nosotros un acto ritual o simplemente recordatorio, sino un compromiso profundamente actual de solidaridad y marcha conjuntas. Porque frente a su aporte cotidiano al avance del país, también siguen siendo cotidianos en la vida de los indios de México el sojuzgamiento y la miseria. Nada de esto ha cesado. Ni a partir de todos los cambios revolucionarios habidos en nuestra historia, ni por obra de gobierno alguno.

La vigencia de esta situación, después y pese a la revolución mexicana de 1910-1917, pone en evidencia la incapacidad histórica del capitalismo como una solución auténticamente nacional. No tan sólo por las bases y la orientación propias del sistema económico que ha creado, sino también porque el capitalismo es excluyente de la diversidad —como no sea de las mercancías que produce—. Porque así como se ha resistido la pluralidad política y se ha atropellado la democracia, manteniendo durante cinco décadas el monopolio del PRI-gobierno, el capitalismo combate y niega la diversidad de los pueblos y etnias, la de sus formas de organización social y económica, la de su lengua y su cultura, y sume a las comunidades indígenas en el atraso, la pobreza y la carencia de derechos.

La vida diaria de los indígenas transcurre en México en medio del sometimiento al caciquismo y a las arbitrariedades de funcionarios gubernamentales de todo nivel y del ejército; es una vida en la que corren parejas la pelea cotidiana por el sustento en tierras escasas e improductivas —o en jornadas laborales extenuantes— con el endeudamiento, el despojo vil de las tierras y recursos, el hambre y las enfermedades, el alcoholismo y la violencia, las extorsiones y la corrupción de líderes oficialistas.

Para el Partido Socialista Unificado de México la mención y la denuncia de los problemas de los pueblos indígenas no tienen la finalidad de arrancar lágrimas de contrición. No buscan tampoco avergonzar o subestimar al indígena ante la puesta al día de sus problemas cotidianos, recursos de los que echa mano con frecuencia la demagogia del PRI y la reacción empresarial y latifundista.

La nuestra es una convocatoria a los pueblos indígenas a la búsqueda hermanada de una orientación política que nos conduzca juntos, por caminos firmes y ciertos, hacia la construcción de una sociedad nueva, de naturaleza democrática y socialista, libre de toda explotación, persecución y miseria.

Por convicción y por experiencia sostenemos que los pueblos indígenas llegan al socialismo mediante su propia reflexión, a través de su tradición y de su práctica, y no necesitan que le venga de fuera.

La Marcha por la Democracia, en su recorrido por los estados de Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco y ahora Quintana Roo, ha comprobado la desoladora situación que priva en las comunidades indígenas; la ha denunciado a su paso por ellas, y lo hace hoy en esta ciudad, baluarte tradicional de la resistencia del pueblo maya ante el avance depredador de la civilización capitalista y sus ejércitos armados desde el siglo pasado.

En estos lugares, como en toda la nación, el capital —con su séquito de instituciones, leyes, caciques, negociantes y banqueros— invade ferozmente el campo mexicano y envuelve a todos sus pobladores progresivamente bajo la ley del salario y la ganancia, cuando no bajo la sangre, el terror, la prisión o el asesinato, como lo hemos comprobado en La Montaña, Guerrero; en Oaxaca y en Chiapas.

Somos testigos de una creciente extinción de las comunidades indígenas, y nos pronunciamos contra esta salvaje expresión del capitalismo mexicano. Constatamos el despojo masivo de los pobladores y su expulsión a la inseguridad y la opresión del mercado de trabajo capitalista. Mas no aceptamos tales hechos pasivamente y resignados ante el paso de la historia. Muchos de nuestros correligionarios han caído luchando al lado de sus hermanos de clase. Y hoy, con más firmeza que antes, rechazamos que la construcción de la nación deba descansar en la eliminación violenta de las culturas y formas de organización social que le dan al país una diversidad tan rica y llena de potencialidades.

Sostenemos que existen rutas positivas y amplias para dar solución a los problemas indígenas. Lo que hay que entender es que la comunidad más firme del México contemporáneo no es la que se centra en la conservación aislada de lo prehispánico, ni tampoco la asfixiada por la sociedad de la prepotencia y el dinero de hoy día, sino la colectividad socialista del mañana, que estará más cercana en tanto abordemos más pronto su construcción.

Como los propios indígenas lo han denunciado reiteradamente, los problemas más acuciantes que enfrentan se relacionan con la defensa de su patrimonio territorial, que es la base de su reproducción económica y social como comunidad y como etnia. En todos los estados que hemos recorrido el problema agrario sigue sin resolverse, y quienes más lo sufren son precisamente los pueblos indígenas.

Dar una solución en principio a este problema central no puede sino comenzar minando la férrea alianza de los caciques locales con las autoridades municipales y con los delegados de las organizaciones campesinas oficiales, alianza que cuenta con la propia complacencia y legitimación de los gobiernos estatales y de muchas agencias de la federación.

El caciquismo político y económico no es una contradicción del sistema social y del poder. Es el instrumento indispensable de la clase dominante para mantener el control y la estabilidad de las comunidades indígenas y de las zonas conflictivas del campo mexicano. Por eso tiene que ser liquidado, para frenar el proceso de destrucción de los grupos étnicos de nuestra nación.

Ya que es precisamente el capitalismo el que preserva el caciquismo y la miseria de las comunidades indígenas, no resulta casual —y es más bien alentador de nuestra lucha— que hoy el socialismo se hable en lenguas indígenas: en tlapaneco y náhuatl; en mixteco y zapoteco; en tzotzil, tojolabal y maya. Esto es así porque el programa del socialismo incorpora la cuestión nacional en todos sus aspectos, y exige por eso respeto absoluto a la organización social, económica y cultural, y a los derechos políticos, de los indígenas como primer paso para resolver sus antiguos problemas.

De ahí que el PSUM demande para los indígenas:

 

  • a) No a la castellanización forzosa.
  • b) Que todos los trámites administrativos, jurídicos, legales y militares se hagan en las lenguas de las etnias que conforman la población indígena.
  • c) Restitución y legalización correspondiente de las tierras expropiadas a los indígenas por caciques, ganaderos o latifundistas, e indemnización justa y oportuna cuando el gobierno sea el que expropie por causas de utilidad pública.
  • d) Apoyo crediticio y de recursos materiales a la producción agropecuaria de los campesinos indígenas.
  • e) Precios justos a sus productos agrícolas y artesanías.
  • f) No al colectivismo forzoso, vertical y burocrático, y a todos los planes y programas oficiales que no tomen en cuenta las decisiones de las comunidades indígenas o sus organizaciones sociales.
  • g) No a la manipulación por parte de las organizaciones oficialistas, como la CNC.
  • h) No al bloqueo impuesto a los indígenas para su ingreso a las distintas organizaciones de masas.
  • i) Acceso sin cortapisas a los órganos de representación popular y de gobierno.
  • j) Respeto a la libre militancia en cualquier partido político o a la decisión de no pertenecer a ninguno.
  • k) Respeto a las tradiciones y festividades religiosas autóctonas.
  • l) Cese a todas las prácticas de etnocidio y represión a los indígenas.

 

Estas demandas inmediatas y su expresión concreta en las luchas de diversas comunidades serán siempre apoyadas por el PSUM. Pero su cumplimiento cabal sólo será posible con la transformación socialista de México.

A esta lucha convocamos a todos nuestros hermanos de las distintas etnias que existen en México.

¡Viva la causa histórica de los pueblos indígenas!

 

[1]          Discurso en Carrillo Puerto, Quintana Roo, 17 de enero de 1982