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El camino de los comunistas mexicanos (diciembre 1973)

Convocados por el Comité Central del Partido Comunista, cientos de personas acudieron al Salón Riviera, el pasado 22 de noviembre, para conmemorar el LIV aniversario de la fundación de esta agrupación, y, para recibir el informe de los problemas abordados y las tareas acordadas por la máxima asamblea de los comunistas mexicanos: el XVI Congreso realizado recientemente.

La información del evento estuvo a cargo de los compañeros Arturo Martínez Nateras y Gerardo Unzueta, miembros de la Comisión Ejecutiva del Comité Central, y del C. Arnoldo Martínez Verdugo, Secretario General.

 

Arnoldo Martínez Verdugo de pie, sentados Valentín Campa y Gerardo Unzueta, en reunión del Comité Central del PCM

Arnoldo Martínez Verdugo de pie, sentados Valentín Campa y Gerardo Unzueta, en reunión del Comité Central del PCM. / Imagen: Fototeca CEMOS, sin fecha, autor no identificado.

 

El acto público se alternó con la participación del grupo teatral Gesto, la poetisa Margarita Paz Paredes, el dueto de canción folclórica y política Anthar y Margarita, y el pintor y cantante Mario Orozco Rivera.

Por su particular importancia, presentamos un resumen de la intervención del compañero Arnoldo Martínez Verdugo.

 

Discurso de Arnoldo Martínez Verdugo

 

Con la creación del PCM el 24 de noviembre de 1919 se abrió una etapa nueva en el movimiento obrero mexicano, a partir de la cual la ideología de la clase obrera, el marxismo-leninismo, comenzó a disputar a la ideología burguesa dominante y a la ideología pequeño-burguesa tradicional, el papel de guía de la acción de los trabajadores mexicanos.

Junto a su ascenso al poder la burguesía mexicana había estimulado el desarrollo de sus instrumentos de penetración en el movimiento obrero naciente, apoyando la organización de la CROM y del Partido Laborista, que dirigía el padre y maestro de los actuales líderes charros: Luis Napoleón Morones.

Pero en 1917 un acontecimiento de importancia histórica mundial sacudía la conciencia de los hombres del trabajo y les abría el camino de su liberación: era la revolución que triunfaba el 7 de noviembre en Rusia, llevando al poder al partido de los bolcheviques, al partido creado y dirigido bajo la guía directa de V. I. Lenin.

El ejemplo de los obreros rusos atraía profundamente a las masas trabajadoras de nuestro país e influía en la determinación de sus mejores hombres de constituirse en partido propio. Pero lo que fundamentalmente las impulsaba en esa dirección eran los resultados de la revolución de 1910-1917. Terminada la lucha armada y aprobada la Constitución de Querétaro, las masas continuaban en la miseria y bajo el imperio del despotismo presidencialista, Surgía desde entonces, entre los sectores más esclarecidos, la necesidad de una nueva revolución.

Ya desde el momento mismo de su constitución en partido, habían quedado definidos los enemigos principales que se levantaban ante el núcleo revolucionario que se apoyaba en la ideología y la política de la clase obrera: la ilusión reformista y el nacionalismo burgués. La lucha por la independencia ideológica de la clase obrera, por su autonomía política y organizativa, era la tarea con la que el Partido Comunista nacía en noviembre de 1919.

 

Los reformistas de hoy

 

La lucha contra el reformismo, esa lucha sin la cual no puede existir movimiento auténtico de la clase, la califican de sectarismo todos los que tienen por bandera el apoyo al gobierno burgués en turno, el de hoy, y los del pasado.

Hace apenas 2 días, uno de esos estólidos herederos del oportunismo lombardista, de esos a quienes el gobierno paga —literalmente hablando— para que adornen su política con un barniz izquierdista, se dolía de que el PCM hubiera perdido el carro de la “revolución mexicana”. “Se bajó, dice, y se aisló de las masas”. En cambio, aludiendo seguramente a su jefe inmediato, dice que “hubo fracciones que buscaron la asimilación con la dinámica del proceso mexicano”.

A este autor le entusiasman los grupos trotskistas que van al Zócalo a apoyar la Alianza Popular o que intervienen en el encuentro priista sobre la enseñanza. “¿Cambiaron los vientos del sectarismo?” se pregunta triunfalmente. Pues sectarismo, para estos izquierdistas subsidiados, para estos izquierdistas del sr. presidente, es todo aquéllo que rechace los mitos ideológicos de que la burguesía se sirve para someter a las masas. Y entre estos mitos, el lugar principal lo ocupa el del carácter eterno, permanente y por encima de las clases de la “revolución mexicana”.

 

Y los nacionalistas...

 

Junto al reformismo, se ha levantado también históricamente la autonomía de la clase obrera, el nacionalismo, que es la ideología de la burguesía.

La ideología burguesa del nacionalismo ha calado tan hondo en nuestra sociedad, que todavía hoy quedan por ahí pedantes que se dicen marxistas, que proclaman la vitalidad del nacionalismo de la burguesía mexicana, al que llaman. pomposamente “nacionalismo revolucionario”.

Es verdad que uno de los elementos constantes de la ideología burguesa es el nacionalismo, y que este nacionalismo adquiere su carácter según las tareas históricas que cumple la burguesía en cada uno de los estadios de su desarrollo. En un momento determinado, este nacionalismo puede ser y es, efectivamente, revolucionario. Esto es así cuando ante la nación se plantean las tareas de la independencia estatal y de la unificación nacional. Pero aún entoces, el nacionalismo reviste un aspecto negativo, que consiste en la aspiración de las clases dominantes a apartar a las masas de la lucha por la solución radical de los problemas sociales, y a estorbar el crecimiento de la conciencia de clase de los obreros.

Para determinar el carácter del nacionalismo burgués actual es preciso preguntarse qué tareas resuelve hoy la burguesía mexicana. Y no es ningún descubrimiento que la burguesía de nuestro país, como la de la inmensa mayoría de los países latinoamericanos, se ocupa ya desde hace muchos años de la tarea de conservar el sistema, introduciéndole las modificaciones que requiere su propio funcionamiento (…)

El presidente Echeverría representa el impulso a esas tareas: por eso es un representante de la burguesía. Pero estas tareas no son ya progresistas. Y menos aún revolucionarias. El capitalismo demostró en nuestro país y en toda Latinoamérica que no es la solución a los problemas del atraso económico-social y menos aún a los de las grandes masas oprimidas. Impulsar el desarrollo capitalista por la única vía que este sistema puede avanzar, por el de su evolución monopolista, no tiene nada en común con el “nacionalismo revolucionario”.

Por eso el nacionalismo de la burguesía mexicana, en especial el que expresa Echeverría, no sólo no es progresista, y menos aún revolucionario, sino que es directamente reaccionario. Sirve al objetivo de reforzar la dominación de la clase explotadora y su influencia sobre las masas: está orientado a combatir las ideas revolucionarias y las fuerzas de vanguardia en el mundo, especialmente al sistema socialista, es un instrumento de la colaboración de clases, del regreso a la “paz social” por la que tanto sueñan los ideólogos del régimen.

Todo el nacionalismo echeverriísta, incluido su “tercermundismo” es de naturaleza reaccionaria. Adornarlo con el calificativo de revolucionario es propio de servidores conscientes o inconscientes de la burguesía.

 

Una crisis profunda

 

Muchas cosas han cambiado entre el momento en que un puñado de revolucionarios emprendió la tarea de construir en México un partido de la clase obrera y la realización del XVI Congreso del Partido Comunista.

Y entre lo que ha cambiado, hay algo que es fundamental: el reformismo burgués y el conjunto de los instrumentos ideológicos y de las instituciones políticas que la burguesía puso en juego para establecer su hegemonía política, han entrado en una profunda crisis.

El XVI Congreso del partido definió la coyuntura política actual como el desarrollo de la crisis de los aparatos ideológico-políticos del régimen (los partidos integrados al sistema, el aparato sindical charrista, etc.), que se expresa en la pérdida de autoridad de las instituciones existentes, principalmente de las Cámaras y del sistema de representación electoral, en la elevación del descontento de las masas contra la política del gobierno y en el desarrollo de la lucha de los obreros, los campesinos y los estudiantes.

En los últimos meses, la crisis política se ha complicado con un nuevo elemento: el despliegue de las contradicciones en el seno del bloque dominante, especialmente en torno al problema de los métodos de gobernar. Alentados por el golpe de estado en Chile, los grupos más reaccionarios de la oligarquía vieron la ocasión para salir a la palestra exigiendo en primer lugar una represión más intensa sobre la oposición revolucionaria (…)

Se trataba fundamentalmente de ejercer una presión política sobre el gobierno, presión que ha dado ya sus primeros resultados. Fue para contentarlos que altos funcionarios lanzaron la finta de la probable venta de las empresas estatales, y para lo que se dictó el decreto presidencial que reglamenta el otorgamiento de certificados de inafectabilidad ganadera.

El gobierno, y los representantes más conscientes del régimen, buscan una salida a la crisis política para defender la estabilidad del sistema. Para eso acuden al llamado “diálogo” y al “aperturismo”, sin abandonar la represión.

El “aperturismo”, tenía como objetivo recuperar a los descontentos, atraerlos de nuevo al redil de la “familia revolucionaria”... Y aunque algunos camarones han fingido dormir para que se los lleve la corriente, el aperturismo ha fracasado como alternativa a los grupos revolucionarios.

La burguesía busca y seguirá buscando soluciones inmediatas a la crisis en que ha entrado su dominación. Y no puede descartarse que recupere el equilibrio temporal en algunos aspectos. Pero la crisis política y los conflictos sociales que sacuden al país, tienen una base objetiva profunda, que explica su persistencia a pesar de los esfuerzos del grupo dominante por resolverla.

Esta base, según las conclusiones del XVI Congreso, es la crisis de la estructura económico-social existentes, que se produce como resultado del tránsito del capitalismo a una nueva fase de su desarrollo: la fase del predominio de los monopolios.

Esta crisis, produce el rompimiento del equilibrio de las fuerzas socio-políticas que han participado hasta hoy en la dirección del país; la defensa y conservación de los intereses de la burguesía media, se convierte en un estorbo para la gran burguesía, especialmente para la oligarquía, lo que genera la crisis del bloque dominante, que tenderá a agudizarse en el período inmediato.

 

La salida democrática y socialista

 

Frente a esta salida, que es la salida de los monopolios, la salida por la que presionan los grupos principales de la gran burguesía, y que estimula el gobierno actual, el XVI Congreso ha planteado la necesidad y la posibilidad de impulsar una salida diferente, que frustre los intentos de la reducida capa de grandes oligarcas por colocar a su servicio exclusivo el trabajo de todos los mexicanos y por someter a sus intereses todo el aparato del Estado. Esta salida, que nosotros llamamos democrática y socialista, es la única capaz de impedir que el imperio de los monopolios se establezca a lo largo y a lo ancho del país, conduciendo aceleradamente a la ruina no sólo a los obreros y a los campesinos, que ya sufren las consecuencias de este sistema, sino a los mismos pequeños y medianos productores.

Abrirle paso a esta salida exige concentrar las fuerzas en lo que es hoy lo principal: desplegar una táctica política que fortalezca a los núcleos revolucionarios y debilite a los de la reacción y crear y consolidar las organizaciones de las masas que pueden unir a su alrededor a todas las fuerzas portadoras del cambio social.

Por eso el XVI Congreso ha reiterado como definición táctica del partido ante el gobierno, la consigna de ¡Ningún apoyo, ninguna confianza, ninguna ilusión en el gobierno de Echeverría!

En cambio, el Congreso ha planteado la necesidad de aplicar la más amplia táctica de unidad de la clase obrera con las clases y capas sociales que sufren la opresión del régimen: los campesinos pobres y medios, en primer lugar, las capas medias de la ciudades, que ya son víctimas de la voracidad de los monopolios, la intelectualidad democrática y particularmente las masas del estudiantado.

La unidad de estas fuerzas a través de sus representantes políticos, que son los agrupamientos democrático-revolucionarios entre los cuales contamos a los sectores avanzados de la iglesia, y los comunistas, es lo que constituirá la fuerza revolucionaria de alternativa al régimen actual.

El embrión de esta fuerza, son las Coaliciones, Frentes y Consejos que se crean en distintas regiones del país.

Toda estrategia revolucionaria verdadera, exige la existencia del partido capaz de organizar las fuerzas, de mantener el rumbo establecido y de llevar la lucha a su única conclusión victoriosa: la conquista del socialismo.

El partido, en resumen, ha salido de su XVI Congreso, más unido y más capacitado para cumplir con las grandes tareas que se levantan hoy ante la clase obrera mexicana Y todo el pueblo.