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El PSUM y la emancipación de la mujer (junio 1982)

Es muy grato para mi realizar esta reunión con ustedes, porque nos permite impulsar un intercambio de puntos de vista sobre una cuestión de la mayor importancia teórica y política.

Hoy iniciamos la última etapa de nuestra Marcha por la Democracia, y después de haber recorrido todos los estados de la república puedo afirmar, sin exageración, que a lo largo y ancho del país, en todas las acciones que desarrollan los trabajadores, se observa de manera destacada la creciente participación de las mujeres.

 

Sara Lovera, Sara y María Antonieta Rascón entrevistan a Arnoldo Martínez Verdugo junio 1981

Dar clic en la imagen para leer la entrevista que AMV concedió a Sara Lovera, en la revista Fem Vol. 5, número 19 (junio-julio, 1981), páginas 10-12 / Imagen: captura de pantalla del artículo en PDFD (cortesía del repositorio digital M68 Ciudadanías en movimiento (CC)

Esto se manifiesta en las luchas sindicales y campesinas, en el movimiento de los colonos y pobladores, en las acciones de los pueblos por llevar a la dirección municipal a sus propios representantes, así como en las comunidades indígenas, baluarte de nuestra rica tradición pluriétnica, donde sus habitantes resisten con valor los embates de una política dirigida a hacer desaparecer su enorme riqueza cultural.

En el curso de todas estas acciones la mujer ha ido adquiriendo conciencia de que ella sufre de manera particular la opresión capitalista dominante en México, y ésto es lo que le va dando otra calidad a su participación.

Pero también hemos podido constatar de manera directa las expresiones más ofensivas de esta opresión.

La gran contradicción entre la necesidad del ingreso masivo de la mujer al trabajo productivo social y el papel que la sociedad le asigna en la familia como reproductora de la fuerza de trabajo pone de relieve los rasgos particulares de la explotación y la opresión que el actual sistema le ha impuesto.

El derecho al trabajo, que el gobierno priista estampó en la Constitución, se le niega de manera particular a la inmensa mayoría de las mujeres. Basta sólo con examinar algunos datos preliminares del último censo para comprobarlo. Del total de la población compuesta por mujeres de 12 años y más, sólo el 21,4 por ciento realiza alguna actividad remunerativa. Del 78,6 por ciento restante, 57,76 por ciento se dedica exclusivamente a las labores domésticas en su hogar y el 16,5 por ciento son estudiantes. Las demás realizan actividades no incluidas en los rubros de las encuestas, o bien son desempleadas o subempleadas.

A pesar de las imprecisiones de estos datos, reflejan por sí mismos uno de los aspectos más críticos de la situación de la mujer en México, más aún si partimos de que una de las premisas de su emancipación es precisamente su incorporación al proceso productivo social y la transformación del trabajo doméstico, de tal manera que se vea liberada de la esclavitud que éste representa.

Pero la discriminación de la mujer en el trabajo no se reduce sólo a esto, sino que se manifiesta de manera fundamental en formas particulares como son las prácticas ilegales de imponer requisitos especiales para su contratación, ascenso y permanencia en una empresa, así como también el incumplimiento casi sistemático de los derechos establecidos por la Ley Federal del Trabajo dirigidos a satisfacer las necesidades que se derivan de la maternidad. Todo esto se suma a las restricciones ya de por sí existentes en la legislación laboral y al práctico desconocimiento de los derechos más elementales de diversas categorías de trabajadoras, como las obreras agrícolas y las de las maquiladoras, las empleadas de los bancos y las del servicio doméstico.

Esto nos permite advertir que el sistema político antidemocrático, que restringe los derechos de los trabajadores y limita el ejercicio de los que están reconocidos, afecta de manera fundamental a las mujeres.

Por otra parte, la política urbana de los gobiernos priistas ha reducido a condiciones infrahumanas la vida del pueblo trabajador. Éste se enfrenta de manera sistemática a la falta de los servicios mínimamente necesarios para una vida digna. Resultaría interminable la enumeración de las carencias de las colonias populares de las zonas adonde han sido desplazados los trabajadores y sus familias por los especuladores de la tierra urbana, amparados en la política del grupo gobernante. Sólo quiero señalar aquí que las condiciones en que las mujeres de estas colonias tienen que desarrollar la jornada de trabajo doméstico que les ha sido impuesta por la sociedad de clases representan un esfuerzo y un desgaste humanos muy por arriba de cualquier estimación estadística.

Y cuando examinamos las condiciones de vida de la inmensa mayoría de las mujeres que viven en el campo o se dedican a las actividades agropecuarias, y que representan cerca de la cuarta parte de las mujeres de este país, parecería que los avances de la ciencia y la tecnología han sido excluidos del agro mexicano.

De acuerdo con lo expresado hace unos días por el presidente de la Asociación Mexicana de Ginecología, se calcula en 10 millones el número de mujeres que carecen de atención medica especializada. Es decir, cerca de la mitad de las mujeres mayores de 12 años no tienen acceso a esa atención y se ven obligadas a recurrir a tratamientos empíricos o a curanderos. Sobra decir que la gran mayoría de estas mujeres se encuentra en el campo o en las zonas rurales.

Si la mujer asalariada de las ciudades se enfrenta a una doble jornada de trabajo que en ocasiones llega a sumar más de 90 horas semanales, la mujer campesina está sometida a jornadas aún más extenuantes. La inexistencia de los elementos técnicos creados para aligerar algunos aspectos del trabajo doméstico, la ausencia de vías de comunicación y medios adecuados de transporte —que en algunos lugares llega a ser casi absoluta—, se suman a las precarias condiciones de subsistencia que caracterizan la vida de los campesinos y jornaleros agrícolas, y repercuten de manera fundamental sobre un sector de mujeres de nuestro pueblo que protagonizó momentos fundamentales de las luchas del movimiento campesino revolucionario.

Si desde que aparece la sociedad dividida en clases la mujer ha sido discriminada por la educación formal, porque se consideró que su función social no la requería, hoy, en los albores del siglo XXI, en los países capitalistas estos viejos prejuicios aún persisten. Y en México esto encuentra su expresión más aguda en el campo. A causa de estos prejuicios, pero fundamentalmente por la función que desarrolla en la economía familiar, la campesina mexicana está marginada de las insuficientes y limitadas posibilidades que ofrece nuestro sistema educativo.

Pese a la retórica de los gobiernos priistas y de su candidato presidencial, no existe la menor duda de que son incapaces, como lo han demostrado a lo largo de más de 50 años, de ofrecerle a la mujer otras condiciones de vida y de solucionar el problema de su desigualdad. Esto no se logrará por medio de declaraciones bienintencionadas, decretos o medidas administrativas. Prueba de ello es que a pesar de que la mujer mexicana conquistó hace ya tiempo la igualdad jurídica, ésto no se refleja en su situación real. La desigualdad de la mujer expresa la opresión agudizada de un sistema que se sustenta en la explotación de unos cuantos propietarios de los medios de producción sobre la mayoría, que son los productores de la riqueza. Ésta es la causa de toda desigualdad, y sólo atacándola de raíz, sólo eliminando éste sistema económico, social y político —lo que para nosotros significa la transformación socialista de México y la construcción de una nueva sociedad auténticamente igualitaria, libre- de toda forma de explotación y opresión, es decir, la sociedad comunista— podrá la mujer mexicana lograr su plena emancipación.

La aspiración de la mujer a la igualdad, su identificación como sujeto víctima de una misma opresión y su potencial para organizarse autónomamente en defensa de sus intereses particulares constituyen los principales elementos que hacen del movimiento de liberación de la mujer un componente fundamental de este proceso de transformación revolucionaria de la sociedad.

Hoy el movimiento por la liberación de la mujer en nuestro país, que tiene profundas raíces históricas, se ve enriquecido por el surgimiento de un nuevo movimiento feminista que, dentro de su heterogeneidad, ha hecho ya importantes aportes a la causa de la emancipación de la mujer, ha introducido nuevas reivindicaciones, impugna al sistema imperante y plantea la necesidad de subvertir las relaciones sociales existentes, introduciendo la visión de una nueva sociedad en donde la expresión de una cultura feminista se desarrolle plenamente.

La lucha por la emancipación de la mujer debe permear todas las esferas de la vida económica, social, cultural y política, porque es en ellas donde se expresan la opresión, la desigualdad y la marginación, no sólo en sus manifestaciones estructurales, sino también en su expresión ideológica, porque la opresión específica de la mujer se sustenta en una ideología que presupone y proclama su inferioridad, su utilización como objeto, y busca por todos los medios sujetarla al estrecho ámbito de un papel preestablecido. En esta ideología se sustenta la opresión sexual, que da lugar a numerosas expresiones de hostigamiento y agresión de las que se hace víctima a la mujer. Por esto cobran una importancia grande las reivindicaciones por la reapropiación de su cuerpo, por el ejercicio pleno de su sexualidad, contra toda forma de violencia sexual y por una educación veraz y científica que contribuya a erradicar de todos los ámbitos de la vida social la concepción de papeles sexuales específicos en la división social del trabajo. Los prejuicios y los mitos atraviesan todas las esferas de la sociedad, y a ello no escapan los partidos de la izquierda revolucionaria.

Entre nuestras tareas más inmediatas en el plano de la lucha política se encuentra la de abrirle paso al proyecto de ley sobre maternidad voluntaria, que implica la despenalización del aborto y la adopción por las instituciones de salud pública de su responsabilidad frente a la práctica de un aborto libre y gratuito.

El PSUM debe incorporar a su programa la experiencia, los aportes, las nuevas reivindicaciones del movimiento feminista, y necesita emprender un esfuerzo particular de impulso y apoyo a la organización autónoma de las mujeres. En este proceso debemos tener claridad en que la autonomía de estas organizaciones se refiere también a la autonomía frente a los partidos, cualesquiera que éstos sean, sin que ello signifique que no debamos defender el respeto a la militancia partidaria de las mujeres que intervienen en estás organizaciones y el derecho a defender sus posiciones políticas.

Nos manifestamos en contra de cualquier idea o intento de subordinar el programa o las actividades de estas organizaciones a las posiciones de cualquier partido, incluyendo al PSUM. La lucha por la defensa de los intereses propios de las mujeres contra la opresión y la discriminación especificas que sufren debe ser la base fundamental de sus acciones y de sus programas, y corresponde al movimiento obrero revolucionario incorporar a su política global las reivindicaciones de las mujeres.

A las militantes del PSUM se les plantea la responsabilidad de participar activamente en la creación de estas organizaciones porque, conscientes de que la lucha por la emancipación plena de la mujer es parte integrante de la lucha por el socialismo y el comunismo, aquella debe encontrar su expresión en su propia acción concreta por la defensa de sus intereses como mujeres. Su actitud consciente y destacada contribuirá a combatir el apartidismo o el antipartidismo y el desprecio por la acción política que todavía se manifiestan en algunas de estas agrupaciones.

La incorporación de la mujer a la lucha revolucionaria contra el capitalismo nos exige prestar una atención particular a los problemas de la militancia de las mujeres en el partido, su incorporación a todas las tareas sin excepción, su promoción a todas las posiciones dirigentes. En nuestro partido las mujeres representan ya un porcentaje considerable de la membresía total, pero ésto no se refleja en el grado de su participación en las responsabilidades de dirección, ni en las candidaturas a cargos de elección popular. Y ésto no se puede modificar por una acción meramente declarativa, sino que es necesario adoptar medidas concretas para lograrlo. En primer lugar, debemos combatir de manera sistemática los prejuicios que se expresan a veces veladamente, pero que sin duda existen, acerca del tipo de actividad que puede desempeñar la mujer militante. Y desde luego, todos, y no sólo las mujeres, debemos realizar una lucha sistemática contra las manifestaciones de machismo, subestimación y discriminación que todavía existen.

Pero además es preciso avanzar en la creación de formas de organización que faciliten la militancia de las mujeres: organizaciones de base de mujeres, adecuación de las organizaciones nuestras al tiempo y los problemas de la mujer.

Pero ésto requiere también actuar para que los sindicatos y otras organizaciones de masas desplieguen formas de impulso a la participación de la mujer: comisiones específicas en los comités, secretarías femeniles estables, asambleas periódicas de mujeres, etcétera.

No quisiera finalizar mi intervención sin antes expresar, ahora que estamos a pocos días de concluir nuestra Marcha por la Democracia, que en el curso de esta intensa jornada, en los encuentros y reuniones con mujeres que desarrollan una amplia gama de actividades, encontramos la mejor oportunidad para comprender la necesidad de enriquecer el programa y la visión del PSUM sobre un aspecto fundamental de nuestra lucha que comprende a la mitad de la población y de cuya solución adecuada depende en gran parte el resultado del movimiento por la democracia y el socialismo.

En la ciudad de Hermosillo, en un encuentro con trabajadoras del estado de Sonora, tuve la ocasión de plantear las reivindicaciones principales que están contenidas en nuestro programa con relación a la mujer y de recoger, asimismo, todo lo que las compañeras expusieron. Estas experiencias y la que hoy hemos tenido constituyen sin duda alguna un paso importante para avanzar en la conformación de un programa revolucionario que debe tomar en cuenta las necesidades de todos los explotados, oprimidos, marginados y ofendidos por el capital.

 

 

[1]          Discurso en un encuentro con mujeres, Ciudad de México, 14 de junio de 1982.