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Razones de la Marcha por la Democracia

Hace unos cuantos días Alejandro Gómez Arias, hombre de larga experiencia política, escribió que “es mucho más penetrante y útil la reunión de un centenar de ciudadanos preocupados por sus problemas y los de México que la de miles de transportados indiferentes”.

 

Arnoldo Martínez Verdugo en la Marcha por la Democracia

Inicio de La Marcha por la democracia en la campaña electoral de 1982. De izquierda a derecha: Eliezer Morales, Adela Salazar, Rolando Cordera, Alejandro Gascón Mercado, Arnoldo Martínez Verdugo, Pablo Gómez, Carlos Sánchez Cárdenas, Miguel Ángel Velasco, Manuel Stephens y Enrique Semo. Imagen: Fototeca CEMOS, 4 de diciembre de 1981 (Marco Antonio Cruz).

 

El ilustre mexicano marcaba así la distancia entre una actividad política fincada en la autenticidad de las convicciones y en la participación libremente elegida, y la grotesca mascarada de un juego intrascendente, oneroso y envilecedor, donde la prepotencia y el cinismo se dan la mano en el intento de aparentar un apoyo popular que hace ya mucho tiempo perdieron el sistema priista y los burócratas que lo usufructúan.

Los mexicanos ya están cansados de campañas políticas en las que tras el confeti y las matracas, tras las multitudes apáticas de acarreados, lo que se trata es de ocultar Ia realidad que vive el país, une realidad que acusa al grupo gobernante y lo inhabilita moral y políticamente para continuar ejerciendo el poder.

No es un secreto para nadie que el país se hunde hasta el cuello en el cieno de la corrupción, que anida por igual en los palacios de gobierno que en las matrices de los bancos privados; que la riqueza petrolera, convertida en patrimonio nacional en 1938, se despilfarra mientras los ingresos por exportación contribuyen a polarizar más la sociedad, enriqueciendo vertiginosamente a un puñado de grandes industriales y financieros, al mismo tiempo que se hace más extensa la pobreza de millones de mexicanos; que se ha pretendido dar un golpe de muerte a una de las conquistas principales del movimiento revolucionario mexicano: el ejido, entregado a la voracidad de los financieros mediante la Ley de Fomento Agropecuario; que se hipoteca el país con una deuda externa sin precedentes; que la crisis alimentaria hace a México más vulnerable frente a las presiones imperialistas.

Y esta situación no es producto de catástrofes naturales o de eventualidades imprevisibles, sino de una orientación política, de una posición de clase, del predominio de los intereses del gran capital en la política económica y social del gobierno. Es producto de la sexagenaria dictadura priista.

Como en otros momentos decisivos de su historia, el país se ahoga ante la persistencia de los métodos antidemocráticos de gobernar y ante un sistema electoral planeado para legitimar el monopolio político priista, que no cambió con la reforma política de 1977. No hay ahora garantía alguna de que el voto será respetado. Los propios militantes del PRI en el Estado de México —y eso es solo un botón de muestra— atestiguan con su ejemplo de cárceles y persecuciones que, desde el municipio hasta la presidencia de la república, la voluntad popular no se toma en cuenta.

Si el tecnócrata por el que nadie votó nunca en ninguna parte actúa ya como presidente es porque tiene a su alrededor todo un aparato de falsificación, engaño y demagogia; porque dispone del erario público para asegurar su elección y tiene a su servicio el aparato del gobierno, desde el más triste director de oficina hasta el más jactancioso gobernador o secretario de Estado.

Para expresar nuestra voluntad de lucha contra esta situación hemos recorrido hoy las calles de la capital de la república miles de ciudadanos convencidos de la urgente necesidad de modificar el rumbo económico y político por el que se conduce al país. Con esta Marcha por la Democracia emprendemos una jornada nacional que aspira a conquistar el voto de los mexicanos dispuestos a participar en el cambio que México requiere, pero que no se detendrá en las elecciones de julio de 1982, sino que continuará sin descanso hasta convertir en realidad el ideal de un México democrático, independiente, en el que imperen la igualdad y la solidaridad humanas.

Participamos en la campaña electoral sin ilusiones y sin espejismos, pero con la seguridad de que estamos forjando una fuerza para hoy y para el futuro de México; con la certeza de que nunca se pierde el esfuerzo que tiende a unir, organizar y levantar al pueblo contra sus enemigos.

Porque llamaremos al pueblo a votar, vamos a decirle con toda claridad cuáles son nuestros objetivos y propósitos. Pero no solo eso: los mexicanos están cansados de la simulación y la mentira, y lo mínimo que reclaman de los partidos políticos y de sus líderes as autenticidad, veracidad y claridad. Por eso proclamamos que nuestro objetivo central es el de construir un México democrático y socialista. Todas las carencias, las desigualdades y las injusticias que padecen los trabajadores de la ciudad y del campo tienen su origen en el sistema capitalista. Y sólo se podrán eliminar mediante una profunda transformación revolucionaria, que rompa el poderío de les capitalistas, instaure un régimen basado en la propiedad colectiva de los medios de producción y socialice también el poder político, para que deje de ser monopolio de unos cuantos.

Toda la historia del pueblo mexicano está determinada por la aspiración y la lucha por constituirse en nación independiente. Esa lucha no ha terminado, y mantendrá su vigencia mientras existan las relaciones de opresión y de dominio entre las naciones, relaciones que han sido creadas por el sistema imperialista. Hoy, cuando la gran burguesía mexicana se asocia con el capital extranjero y se transnacionaliza, la defensa de la independencia nacional la toma en sus manos el pueblo trabajador de nuestro país.

Y por eso se unen en un todo la batalla por la democracia y la lucha por defender y afirmar la independencia nacional con la lucha revolucionaria por el socialismo.

El Partido Socialista Unificado de México es el resultado de una paciente y firme política de unidad de la izquierda revolucionaria y socialista de México. Surgió a la vida política con la firme convicción de que la izquierda es una corriente histórica de profundo arraigo entre la población trabajadora, pero cuya fuerza sólo puede revelarse a plenitud en la medida en que logre unificarse.

La fuerza combinada del capital, la burocracia política y el imperialismo, que son los pilares del régimen político y del sistema económico imperantes, sólo puede ser derrotada por una fuerza superior, que surja de la unidad del pueblo, es decir, de la unidad de los obreros, los campesinos, los intelectuales, la juventud y las mujeres, los pequeños industriales, comerciantes y agricultores. Y esta unidad sólo puede forjarse a partir de que los núcleos más conscientes y visionarios de la izquierda y de la democracia se unifiquen en torno al programa y la política que corresponden hoy a las necesidades del movimiento obrero, campesino y popular.

Tenemos cabal conciencia de que el PSUM reúne hoy a una parte de la izquierda socialista. Pero su formación muestra a todos que la unidad orgánica no es sólo necesaria, sino posible. Seguiremos empeñándonos en hacer cada día más grande e influyente el partido unificado de los marxistas revolucionarios. Y, al mismo tiempo, empeñaremos nuevos esfuerzos por la unidad de acción y el frente electoral más amplio de la izquierda y de las fuerzas democráticas.

Nos alegra informar a ustedes que entre el PSUM y la Corriente Socialista se acaba de firmar un pacto político y una plataforma electoral conjunta, y que se ha concertado también una alianza con la Unidad Izquierda-Comunista. Saludamos a los representantes de la Corriente y de la UIC que participan en Ia Marcha por la Democracia, y les aseguramos que el PSUM será fiel a los compromisos establecidos y consecuente con el deber de hacer de esta alianza una relación fraternal y duradera.

Esta Marcha por la Democracia, iniciada hoy bajo el monumento que sepultó una revolución por la que dio su sangre el pueblo trabajador y fue aprovechada por sus enemigos, es una acción que ya no se detendrá.

Porque es un movimiento contra el despotismo de los gobernantes; contra el autoritarismo de los que cuentan sus ganancias en miles de millones de pesos, y hasta de dólares; porque es una marcha para que quienes trabajan y producen no vean disminuir todos los días el tamaño de su pan; para que no haya jóvenes sin trabajo, niños sin techo o escuela, mujeres discriminadas y ofendidas.

Porque es una marcha que no se propone únicamente un buen recuento de los votos, aunque exige que no haya más fraudes electorales; que no nada más busca que terminen las crueles represiones que ha sufrido y sufre nuestro pueblo, aunque no dejará de exigir la libertad de todos los presos políticos y la presentación de quienes fueron desaparecidos; que no reclama sólo que haya representación proporcional en todos los órganos del gobierno, sino que mantendrá esa demanda en las cámaras y en los municipios; es una marcha que no comienza en la caza de votos, ni termina en las curules de la Cámara de Diputados.

No. No son esos los límites de la Marcha por la Democracia que iniciamos hoy. Iremos por todo el país luchando por un cambio decisivo en la vida nacional, hasta que se haga realidad el programa que surge de las reivindicaciones que levantan ya hoy el obrero, el campesino, el empleado, el estudiante, la mujer, el intelectual. Y pasaremos por las elecciones con triunfos o fracasos, pero siempre al lado del pueblo trabajador, siempre en lucha por sus demandas y exigencias. Marchamos y marcharemos para cambiar este gobierno antipopular y promonopólico por un gobierno democrático y popular, en el que estén representadas todas las capas del pueblo trabajador mexicano.

Al emprender la Marcha por la Democracia adquirimos un gran compromiso. Junto con miles y millones de mexicanos, en primer lugar con la clase obrera, forjaremos un país distinto al que nos ha impuesto la dictadura priista, en el cual rigen los intereses de los más poderosos grupos de capitalistas.

Nuestra campaña será un foro nacional de discusión de los grandes problemas de México. En él nuestro pueblo no irá bajo coacción, sino como el primer actor de la lucha por cambiar la situación existente, de la lucha por un nuevo gobierno y por un nuevo sistema de vida. Presentaremos propuestas para ser discutidas, opiniones para ser consideradas, programas para ser enriquecidos con la experiencia de los que directamente sufren la explotación, el atropello, la negación de sus derechos.

El tema principal de nuestra campaña será el de la lucha por la democracia. Hoy está planteada con toda fuerza la necesidad de un Estado que deje de ser absolutista, que no pretenda controlar la vida de los ciudadanos y sus organizaciones. Se trata de reclamar respeto a los derechos y garantías ya establecidos, pero también de alcanzar el derecho del pueblo a participar en la toma de decisiones en todos los niveles de la actividad económica, política, social y cultural. Se trata de que el Estado respete y haga respetar la democracia que debe existir en la fábrica, la escuela, la colonia, la empresa, la comunidad campesina e indígena, la que es imprescindible en el municipio y en todos los organismos de deliberación y ejecución del gobierno y el Estado.

Se trata de terminar para siempre con la violencia sobre los ciudadanos y sus conquistas, con actos de gobierno como los que realiza Toledo Corro contra la Universidad sinaloense y los campesinos que reclaman tierras; con el ahogo económico y administrativo con el que quieren desprestigiar a los municipios democráticos; con agresiones contra sus principales exponentes, como la que hace pocos días realizaron contra el presidente municipal de Juchitán, compañero Leopoldo de Gyves.

Ningún sindicato, ninguna organización campesina o popular, deben ser afiliados colectivamente al PRI, ni a ningún otro partido político, incluido el PSUM. Es necesario terminar con toda facultad del gobierno para registrar o no un sindicato, para registrar o no una directiva sindical, para calificar una huelga o para requisar una empresa en huelga. Es indispensable barrer para siempre con las camarillas que representan el poder del grupo gobernante en los sindicatos y acabar con el predominio del charrismo en las organizaciones obreras. Mientras en México no haya libertad sindical para los obreros y empleados, y libertad campesina, aquí no habrá democracia.

Cada día son más los trabajadores dispuestos a dar esta batalla por la democracia; y el gobierno y sus burócratas sindicales deberían aprender la lección que han dado, entre otros, los obreros de la Volkswagen de Puebla.

¿Qué nos dicen esta y otras luchas de los obreros? Que esta parte del pueblo trabajador adquiere cada vez más la conciencia de que necesita tomar en sus manos la dirección de sus organizaciones, por lo pronto para defender su salario y combatir la política salarial del gobierno; pero también —y esto es lo más importante— para formar la principal fuerza social del poder obrero democrático que construirá el socialismo en México.

Esta campaña electoral ha de servir para que no sea echada atrás la reforma política que impusieron las masas movilizadas en los años sesenta y setenta, y que el gobierno canceló. Ha de servir esta campaña para que la lucha por la democratización del sistema político alcance nuevos avances. Tenemos que luchar unidos para acabar con el control del gobierno sobre el proceso electoral y para que sean los partidos políticos los que tengan en sus manos la preparación, realización y calificación de las elecciones. Mientras el secretario de Gobernación sea el jefe electoral del país, el sistema de partidos, el padrón electoral, las elecciones mismas y la formación de los órganos representativos no pasarán de ser trágicas ficciones.

Tenemos que luchar unidos por el establecimiento del sistema de representación proporcional en la integración de los órganos de gobierno, desde el municipio hasta el Congreso de la Unión. Según el número de votos que cada partido obtenga, será el número de puestos que alcance entre regidores, diputados y senadores, y no como ahora, que el PRI se apropia del control de las cámaras de diputados, no abre ni una rendija en el Senado y deja migajas a los otros partidos en los demás órganos.

En cuanto al Distrito Federal, es esta entidad la más grande y brutal demostración de autoritarismo y presidencialismo absolutista. La sexta parte de la población del país, el centro económico, político y cultural de la nación, constituyen el feudo del presidente de la república, el lugar donde ningún gobernante tiene obligación de informar al pueblo, ni a órgano representativo alguno.

La Marcha por la Democracia tiene especial importancia para esta sexta parte de los mexicanos, que aporta más de un tercio de la riqueza nacional. Porque aquí libraremos la batalla más aguda por la democratización del sistema político: que el D.F. sea un estado soberano o una entidad especial, pero que aquí todas las autoridades y órganos de gobierno —incluida una cámara de diputados— sean formados por elección directa y popular. Gobernador o regente electos, delegados electos, diputados electos; autoridades que respondan ante el pueblo, y no sólo ante el presidente de la república.

Todas las medidas que proponemos y toda la orientación de nuestra lucha política actual tienen un sentido muy claro: luchar por un cambio profundo en la vida política, en la estructura económica y en la organización social de nuestra patria. Y cuando llamamos a la movilización y a la acción del pueblo trabajador por la conquista de derechos y reivindicaciones sabemos bien que estamos llamando a la lucha por un nuevo gobierno capaz de abrir la perspectiva de la revolución socialista, capaz de producir las transformaciones que conduzcan al poder a la clase obrera y a sus aliados.

Sostenemos la necesidad de poner en marcha una nueva política económica, cuyas prioridades sean la satisfacción creciente de las necesidades populares y un progresivo e integral fortalecimiento de la capacidad política nacional. Pero esto exige modificar las actuales relaciones de producción y elevar la acción de los obreros por sus reivindicaciones.

Llamamos a luchar unidos por el aumento inmediato de todos los salarios, sueldos y pensiones, para que los trabajadores recuperen el valor perdido de sus ingresos durante los últimos cinco años; por el establecimiento de la escala móvil de salarios, que obligue a su revisión trimestral y los eleve de acuerdo con la tasa de inflación; por la reducción de la jornada de trabajo a 40 horas con pago de 56, la eliminación de los topes salariales y el establecimiento de una enérgica política que controle los precios de los bienes de primera necesidad.

Llamamos a luchar unidos por un cambio completo de la política hacia el campo que conduzca a la derogación de la Ley de Fomento Agropecuario, la supresión del derecho de amparo a los terratenientes, la anulación de los índices de agostadero que permiten a los grandes ganaderos concentrar la tierra; por la eliminación de los certificados de inafectabilidad ganadera y la expropiación de todos los latifundios supuestamente fraccionados. Esta lucha debe conducir al reparto inmediato de las tierras rescatadas por esas medidas, al impulso de su explotación cooperativa y al apoyo financiero y técnico a la agricultura ejidal; debe conducir también a la nacionalización de todos los sistemas de riego, para su administración por los representantes directos de los ejidatarios. Sólo sobre esta base se podrá alcanzar la autosuficiencia en alimentos básicos y combatir la dependencia en este renglón. Lo demás es demagogia.

Llamamos a luchar unidos por la nacionalización de la banca, y de todas las ramas de la producción de energéticos y sus derivados; por la nacionalización de la industria alimentaria y de bebidas, de sectores decisivos de la industria químico-farmacéutica y de la construcción; por la supresión del anonimato de las acciones, que oculta un escandaloso fraude al fisco; y por la aplicación de una profunda reforma fiscal que eleve los impuestos a las grandes ganancias; por la reorganización de la estructura del gasto público, para evitar el despilfarro y la corrupción, con el fin de permitir que la política económica se convierta en un verdadero instrumento de planificación.

Estamos conscientes de que estas medidas fortalecerán la intervención del Estado en la economía, lo cual abre nuevas posibilidades a la corrupción y al burocratismo. Por ello reclamamos que, junto con estas medidas, se impulse la participación obrera y popular en la fiscalización y el control de las empresas estatales. Que la participación de los trabajadores garantice la eficacia y el funcionamiento popular y democrático del sector estatal de la economía, y sea la forma de lograr que su actividad esté siempre ligada a los intereses populares.

Estos objetivos, nacionales determinan también la necesidad de desplegar una política exterior independiente, porque la causa de la democracia y el socialismo está eslabonada con la necesidad de defender la paz, los principios de autodeterminación de las naciones y la coexistencia pacífica, hoy amenazados por la demente política de Reagan, que ha colocado al mundo ante el riesgo de una catástrofe nuclear. Por la tradición del pueblo mexicano, y por nuestros principios internacionalistas, estamos y estaremos junto a los pueblos de Cuba, Nicaragua y Granada, que resisten las amenazas y agresiones del gobierno de Reagan. Elevaremos nuestra solidaridad con la batalla heroica de los revolucionarios salvadoreños, con nuestros hermanos guatemaltecos y con todos los pueblos de Centroamérica y el Caribe que defienden su independencia y luchan por darse un régimen democrático.

Nos solidarizamos con los pueblos de Europa, a quienes el imperialismo norteamericano pretende condenar a una guerra supuestamente regional, y con la resistencia de los países socialistas a la política de Reagan.

Proclamamos nuestra solidaridad con el pueblo de los Estados Unidos, que se enfrenta con creciente energía a la política aventurera de los monopolios y de su gobierno.

Esta Marcha por la Democracia no se detendrá en las elecciones del 4 de julio, ni siquiera en la conquista de nuevos avances. Tampoco en la formación de un gobierno distinto al que ejerce el PRI, ni al que promete el PAN. Nos proponemos conducir la lucha hasta la instauración de una nueva sociedad en la que la riqueza que producen los trabajadores sea propiedad social, patrimonio común: las industrias básicas, la banca, la tierra, los medios masivos de comunicación, los transportes y los servicios públicos.

Una sociedad en la que el sistema político no sea más la expresión del dominio de los capitalistas o de los especialistas que éstos han formado para garantizar la explotación. A la propiedad colectiva de los medios de producción debe corresponder el ejercicio colectivo del poder político, la participación de los trabajadores en la dirección del conjunto de la sociedad y en el Estado.

Estamos lejos de proponernos un sistema político que simplemente sustituya el actual centralismo capitalista por otro centralismo de signo socialista. No intentamos desplazar el presidencialismo absolutista, el unipartidismo que sustenta el PRI, por un sistema de partido único.

A lo que aspiramos y lo que proponemos es la sustitución, para siempre y en todas sus formas, del monopolio del poder por una minoría. Perseguimos una auténtica socialización de la vida económica y del poder político.

[1]    Discurso en la Plaza de Santo Domingo, Ciudad de México, 4 de diciembre de 1981, mitin de inicio de la Marcha por la Democracia.