Edificio Carolino: cuatro siglos de educación en Puebla

Edificio Carolino: cuatro siglos de educación en Puebla

Cuatro siglos de educación nos contemplan: Edificio Carolino
Vida Universitaria

El Edificio Carolino, sede de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, es un complejo arquitectónico que desde su fundación, a finales del siglo XVI, ha mantenido, con breves interrupciones, la misión original para el cual fue concebido: la educación en todas sus formas.

 

 

De hecho, el Colegio del Espíritu Santo, sede fundacional del Carolino, se ocupó, en un principio, de la educación básica, que incluía la gramática ínfima (rudimentos de latín), la media (conocimientos generales de latín) y la suprema (redacción epistolar en latín), además de humanidades y retórica, todo lo cual aprendían los pupilos de la Compañía de Jesús entre los 12 y los 16 años de edad mientras los alumnos más listos, o más ricos, ingresaban, luego, al cercano Colegio de San Ildefonso, ubicado en la actual avenida de Reforma número 711, donde cursaban los estudios mayores, es decir, filosofía, teología y derecho canónico.

Los jesuitas que anhelaban la fundación de un nuevo colegio que descongestionase el del Espíritu Santo, que era a más de colegio una especie de casa profesa en donde se administraban los sacramentos, se predicaba la doctrina y se misionaba, se daban cuenta que un colegio mayor urgía, puesto que los estudiantes que habían seguido los cursos de gramática y retórica, para poder cursar artes y teología tenían que trasladarse a la ciudad  de México, hallándose muchos padres, escribe Pérez Rivas, ‘imposibilitado  para hacer ese gasto con sus hijos". (de la Torre Villar, 1988, pág. 27)

Fue la expulsión de los jesuitas en 1767 la que precipitó la conversión del antiguo colegio menor del Espíritu Santo en matriz la educación superior angelopolitana. Y es, bajo el nombre borbónico de Carolino, homenaje al rey Carlos IV, que aquel centro del jesuitismo poblano –escuela, fortaleza y comandancia de la orden de Loyola- adquiere el nombre con el que hoy todos lo conocemos. El venerado y emblemático Edificio Carolino.

Este inmueble de gran valor histórico y artístico se ubica entre la avenida don Juan de Palafox y Mendoza y la calle 4 Sur, en el centro histórico de Puebla, a una cuadra del zócalo, sede de los poderes civiles y eclesiásticos de la ciudad, y se inserta en la memoria cívica de la ciudad cual representación y símbolo de la arquitectura del saber (Montero Pantoja, 2013), es decir, como la materialización en edificios concretos de las propuestas educativas que se desplegaron en un tiempo histórico y articularon una forma determinada de ver el mundo.

 

Edificio Carolino en una toma con dron

El Edificio Carolino desde el aire / Imagen: BUAP

 

Asiento, en sus principios, del poder espiritual de la Compañía de Jesús, el colosal Edificio Carolino merece, pues, un detallado recuento de su historia, contexto y arquitectura. Son cuatro siglos de educación en un espacio que vio pasar a “personajes como el sabio Carlos de Sigüenza y Góngora, los insignes historiadores Francisco Javier Clavijero y Francisco Xavier Alegre; el abogado, filósofo, científico y poeta Diego José Abad, el abogado Rafael Aspiroz –fiscal en el juicio a Maximiliano de Habsburgo–,el gran político y literato José María Lafragua, el eminente doctor Rafael Serrano el reconocido fisiólogo José Joaquín Izquierdo y el jurisconsulto Francisco Béiztegui, entre otros (Córdova Durana, 2009, pág. 82).

 

Contenido

EDIFICIO CAROLINO: CUATRO SIGLOS DE EDUCACIÓN EN PUEBLA.. 1

La manzana de los jesuitas: el principio de todo. 3

Puebla y el Carolino: un vínculo permanente. 5

El Edificio Carolino, o cómo borrar el origen jesuita. 6

El humanismo carolino. 9

El Colegio del Estado: la vía lenta a la modernidad. 10

La lucha por el Carolino. 12

Universidad de Puebla: dos proyectos contrapuestos. 14

Cuando el Edificio Carolino era una vecindad. 15

Edificio Carolino: esbozo de descripción. 16

El primer patio del Carolino. 17

El segundo patio del Carolino. 18

El tercer patio del Edificio Carolino. 18

Los accesos al complejo. 19

La escalera de los leones, rumbo a la rectoría. 19

El Paraninfo, corazón académico de la BUAP. 20

La exuberancia jesuita del Salón Barroco. 21

La imprescindible Biblioteca Lafragua. 22

Edificio Carolino; recapitulación y cierre. 23

 

 

La manzana de los jesuitas: el principio de todo

 

El Edificio Carolino emerge, en el cuadrilátero poblano, como un ambicioso proyecto de formación religiosa (seminaristas y futuros padres jesuitas), cultural (bachilleres, licenciados y doctores formados en los métodos y principios de la orden) y espiritual (hombres de poder leales a la Compañía de Jesús por mor de su pertenencia a las congregaciones marianas). Y esa es la razón de la ambición constructiva de los jesuitas en la ciudad de Puebla. Entre las 320 manzanas que definían el trazo urbano de Puebla, su manzana debía refrendar la conquista espiritual de la Angelópolis.

Así pues, “un plano delineado alrededor de 1586 muestra que las casas del Arcediano se habían demolido y se había dado comienzo a un gran conjunto con un colegio de cuatro claustros y un templo de disposición en cruz latina con ocho capillas colaterales” (Esparza Soriano, 2000).

 

 

Así fue que una manzana completa de 11.520 m², a escasos 140 metros de la plaza principal de Puebla, se convirtió “en casa profesa en donde se administraban los sacramentos, se predicaba la doctrina y se misionaba” (de la Torre Villar, 1988, pág. 27), mientras se construía una arquitectura del saber que, al decir de Carlos Montero Pantoja (2013), evolucionó al compás de la historia tal como reflejan los altos muros del Edificio Carolino, pensados como conventos que “miraban hacia dentro”.

Concepción arquitectónica de reclusión que fue cambiando con el tiempo: “En el siglo XVI fueron construcciones esquinadas, en el XVII en forma de L y en el siguiente, se completó el cuadro que contaba además con dos patios y un traspatio; primero su altura fue de un piso y luego dos, con revestimientos de petatillo, ladrillo y azulejo” (Carrizosa, 2013)

 

Azotea del Edificio Carolino
Azotea del primer patio del Edifico Carolino, con el templo de la Compañía al fondo / Imagen: VEDC

 

Pero no solo fue el Carolino. Ya que los jesuitas “adquirían lotes y casas contiguas a sus inmuebles, con el objeto de obtener rentas para ayudar al sostenimiento del colegio” (Loreto López, 2014, pág. 195), la Compañía de Jesús compró la mitad de otra manzana en la calle de 3 Oriente 403 frente al Colegio del Espíritu Santo. Con el nombre de Colegio Seminario de Estudios Menores de Latinidad del máximo doctor San Jerónimo, complementó, por años, la educación básica en Puebla, mientras otros espacios se rentaban a talleres, habitaciones, y accesorias (pág. 196).

 

 

Tras años de desidia, reciclado en vecindad, el combate emprendido por el grabador y defensor del patrimonio poblano Pablo Ramón Loreto consiguió “que este inmueble volviera a ser propiedad de la Universidad de Puebla para hacer una extensión de la misma” (pág. 195) refrendando la transmisión, patrimonial incluso, de los bienes jesuitas al espacio público de la BUAP. Convertida en Facultad de Psicología, se mantuvo cerrada por las afectaciones del sismo del 19 de septiembre de 2017.

En otras palabras, todo lo que un día fue propiedad ignaciana en el primer cuadrante de Puebla pertenece hoy a la universidad pública del estado, sucesora inmobiliaria de aquel primer impulso educativo.

Más que un complejo arquitectónico, el Edificio Carolino es un espacio simbólico, un imaginario urbano compartido por los poblanos que consideran el Carolino como un patrimonio cultural clave, que la UNESCO definió de la siguiente manera: “grupos de construcciones, aisladas o reunidas, cuya arquitectura, unidad e integración en el paisaje les dé un valor universal excepcional desde el punto de vista de la historia, del arte o de la ciencia” (UNESCO, 2014, pág. 134)

El Edificio Carolino reúne estas condiciones, incluyendo la del bien cultural. Sus instalaciones son “importantes para la arqueología, la prehistoria, la historia, la literatura, el arte o la ciencia” (pág. 134), pero la rectoría de la BUAP es, desde su virreinal fundación, un lugar de conocimiento y poder pues la instrucción superior era el ritual de iniciación de las élites. Su “centralidad privilegiada” (Gutiérrez Hernández, 2018) surge de un hilo histórico que permea la vida poblana de la colonia a nuestros días 

Así sucedió en la sociedad virreinal, con el predominio jesuita, forjado en el Colegio del Espíritu Santo (1587-1767) que creó, junto a otros colegios para indios y castas, una sociedad civil de congregantes dispuesta a enfrentar a la monarquía y al episcopado en defensa de los privilegios y prebendas de la Compañía.

 

 

 

 

Aun así, el término colegio puede inducir a error. En la orden de Loyola se entendía como colegio cualquier convento o casa habitada en forma permanente (si eran temporales se llamaban residencias) que luego podían albergar seminarios para la formación de sus religiosos y se convertían en escuelas solo en caso de aparecer “un fundador que aportara los fondos necesarios para su funcionamiento” (Esparza Soriano, 2000, pág. 14). Se sabía que tenían fines educativos cuando a los colegios se les agregaba una denominación religiosa, tal cual sucedió con el benefactor de aquella universidad privada, el comerciante español Melchor de Covarrubias, que por devoción a la Santísima Trinidad encomendó su colegio al espíritu santo.

 

Puebla y el Carolino: un vínculo permanente

 

Entre los estudiantes, o convictores, que aprendían, en 1600, la Ratio Studiorum de la Sociedad de Jesús y los alumnos de traje y corbata que 350 años después acudían a las clases de derecho en el primer patio del Carolino se puede establecer, por tanto, una relación de continuidad única en México al darse, en el espacio histórico del Edificio Carolino, una matriz formativa permanente que vinculaba el viejo mundo colonial con el México moderno a través de la educación universitaria, aunque su expansión y democratización tuvo que esperar hasta la década de 1960.

 

El sentimiento novohispano nació en los colegios jesuitas.

 

En tiempos coloniales, los colegios jesuitas de Puebla, el Santo Espíritu y San Ildefonso, ejercieron de centro cultural no solamente de la ciudad de Puebla, “sino de toda la región sureste de la Nueva España” (Esparza Soriano, 2000, pág. 32) ya que en sus salones se enseñaba “la filosofía escolástica y la patrística” junto a “los nuevos conceptos de la física, la matemática, la medicina, la retórica y la poética” en una experiencia que otorgó sentido “a la cultura mexicana durante el virreinato” al formar “muchas generaciones” que “cultivaron, cada vez más, el nuevo sentimiento de considerarse no españoles, sino novohispanos(pág. 33).

Generaciones de letrados formados en su seno suministraron los cuadros del poder de Puebla, así como de regiones aledañas, unificados, todos ellos, por un mismo imaginario social: “Legitimidad, limpieza de sangre  y nobleza” (Hidalgo Pego, 2014, pág. 218), es decir, hijos de familia, sin expósitos a la vista, que comprobaran su acendrado catolicismo (certificando la inexistencia de moros o judíos entre sus ancestros) y su pertenencia a la alta sociedad, para lo cual o bien sus progenitores habían servido al rey en encomiendas públicas, o bien descendían de la nobleza indígena, o bien poseían cuantiosas rentas derivadas del comercio.

Entre el inicio oficial de actividades en 1587 y el cierre del Colegio del Espíritu Santo en 1767, la casa de estudios cumplió su función de proporcionar “a los jóvenes poblanos los estudios necesarios para poder graduarse en la Real y Pontificia Universidad o bien para ingresar a la orden ignaciana” (Herrera Feria & Torres Domínguez, 2017, pág. 21). La importancia de los colegios jesuitas en la ciudad de Puebla fue de tal envergadura que no solo moldearon la cultura de las clases altas, sino que permearon en los hábitos, la cultura y las formas de religiosidad popular del conjunto de la ciudad, incluidos los barrios de indios.

 

 

El Colegio del Espíritu Santo se convirtió, pues, en centro de reclutamiento, formación y doctrina en la ciudad virreinal. El vínculo emocional de sus ciudadanos con el Edificio Carolino arranca de aquellos tiempos, tanto como las convulsiones que acarreó, antes y después de la independencia, la posesión formal del edificio.

 

El Edificio Carolino, o cómo borrar el origen jesuita

 

Cuando se produjo, el 25 de julio de 1767, la expulsión de los jesuitas de todas las posesiones de la corona española, el efecto sobre la Compañía de Jesús en Puebla fue demoledor. De un total de 678 “sacerdotes y hermanos” (Herrera Feria & Torres Domínguez, 2017, pág. 23) de la orden, 117 vivían en las cinco casas  que tenía la Compañía de Jesús  en Angelópolis: Colegio del Espíritu Santo (61 miembros), Colegio de San Ildefonso (40 miembros) San Xavier (14 miembros), Seminario de San Jerónimo (2 miembros) y Seminario de San Ildefonso (2 miembros).

La clausura de todas las instituciones jesuitas fue un triunfo del regalismo, o “la afirmación de los derechos del soberano en asuntos eclesiásticos a expensas del papa” (Mörner, 1966, pág. 5), pero en el caso poblano supuso, además, el triunfo post mortem de su principal adversario, Juan de Palafox y Mendoza, quien hizo del obispado de Puebla el centro de una disputa, primero local, luego internacional, que concluyó en la debacle del poder jesuita.

Fue “el antagonismo entre la 'exención' de los jesuitas, directamente vinculados a Roma, y la ´jurisdicción de un obispo, dependiente y protegido por el Regio Patronato de Madrid” (Fernández-Arrillaga, 2002, pág. 605) el desencadenante de la disputa pública entre la diócesis y la orden de los jesuitas que, entre 1640 y 1648, dividió la ciudad en bandos irreconciliables. Estaba en juego “la total reestructuración del aparato eclesiástico en América” (Ibarra Herrerías, 2016, pág. 61) para limitar los poderes de las órdenes religiosas que, como la ignaciana, ejercían una feroz resistencia a todo control real -estatal, diríamos hoy en día- que llegaba a la justificación moral del regicidio .

 

 

Fue un visceral conflicto que afectó al Colegio del Espíritu Santo y al prestigioso Colegio de San Ildefonso con siete cátedras de renombre, entre las cuales derecho canónico y teología. En la cuaresma de 1647 “los maestros de la Compañía fueron excomulgados y los seminaristas se alejaron de las aulas jesuitas” (Ramírez Méndez, 2016, pág. 251) siguiendo instrucciones de Palafox que soñaba formar una plantel dedicado a las artes mayores (de la teología a la filosofía).

 

Biblioteca Palafoxiana en el centro de Puebla

Biblioteca Palafoxiana, legado humanista / Imagen: wikipedia.org
 

Secuela de aquel conflicto fue la erección, en 1644, del Seminario Tridentino de San Pedro, San Juan y San Pablo (1644) , en la 5 Oriente 5, a un lado de la catedral, conocido hoy como Biblioteca Palafoxiana, que formó al clero secular en Puebla y a letrados afines, convirtiéndose, de facto, en alternativa al monopolio jesuita en los estudios universitarios, gracias “a un amplio programa de renovación de los estudios, planeado por el clero ilustrado europeo, como medio de renovar y modernizar sus filas” (de la Torre Villar, 2006, pág. 239).

El humanismo católico, impregnado de ideas ilustradas, llegó a la fortaleza jesuita en 1790 cuando nace, bajo patronato real y control diocesano, el Colegio Carolino, victoriosa conclusión de la ciudad episcopal forjada por Juan de Palafox y Mendoza que convirtió a su diócesis en “vanguardia artística de su época”  (Galí-Boadella, 2000, pág. 379) al punto que el carácter monumental y ordenado de Puebla se debe a sus directrices.

 

Segundo patio del Edificio Carolino

Segundo patio del Edifcio Carolino: un remanso de paz / Imagen: VEDC

 

Paradojas de la expulsión, el Edificio Carolino fue beneficiario máximo del nuevo orden eclesiástico al convertirse, desde 1690, en la sede única de todos los viejos colegios jesuitas de Puebla, al determinarse:

...que es el patio de las escuelas, a las públicas de primeras letras, bajo la dirección de maestros seculares, previniendo que los colegiales del de San Jerónimo, que recibían en él la enseñanza, vayan a los Colegios de San Pedro y San Juan. [...] El segundo patio del mismo colegio, con pared divisoria del resto de él, se destinó a pupilaje de indios hijos de caciques, que habían de pasar a ser enseñados en las escuelas del primer parque, y el terreno alto donde se alojaban los regulares dementes, capilla interior, librería y ambulatorio inmediato, se dejó para casa de amiga de niñas y pupilaje... El resto del Colegio en lo alto, para casa o Colegio correccional de clérigos y ejercicio y ordenados y otros, con los directores necesarios y el título de Colegio Carolino. (Rico González, 1949, citado en Villalba Pérez, 2003, págs. 37-38)

 

El humanismo carolino

 

No por ello decayó la formación de las élites dirigentes. Los espacios vacíos del Colegio del Espíritu Santo no tardaron en recuperarse tras la traumática expulsión de los jesuitas. Pronto nacería el Colegio Carolino, del cual se desprende el nombre que permanece en el imaginario colectivo de Puebla, el Edificio Carolino:

En las juntas celebradas el 2 y 9 de enero de 1790, se dispuso reunir a los dos colegios con estudios en el edificio del Espíritu Santo, en un solo colegio con el nombre de Colegio Carolino, en memoria del monarca y para borrar todo recuerdo de los jesuitas. Al parecer, esta última decisión no solo fue la más acertada sino renovadora; los estudios se modernizaron y actualizaron, respondiendo a las necesidades de la juventud poblana; se crearon estudios de jurisprudencia con cátedras de derecho civil y canónico que antes no existían en los colegios de la Compañía; y que, ante el inminente proceso de secularización, ampliaron las posibilidades de empleo de los estudiantes. Al nuevo centro de estudios se le dieron constituciones que organizaron mejor su funcionamiento y en donde catedráticos y colegiales compartían el gobierno del Colegio. El patronato de la institución se otorgó a los reyes de España, cuya fidelidad y agradecimiento del Colegio quedó grabada en pinturas, poemas y fastuosas ceremonias en su honor.

 

El borbón Carlos IV y su familia en una pintura de Goya

La familia de Carlos IV: cuando Goya pintó la decadencia imperial / Imagen: wikipedia.org

 

Hubo intentos por regresar los colegios a la Compañía de Jesús, pero las transformaciones de modernidad política que se vivían en España y la Nueva España, no lo permitieron. Los cambios que se operaron en los colegios de Puebla y los usos que se dieron a sus edificios, como ya se dijo, respondieron a los intereses de la política real y de la Iglesia. En ese sentido, la mala administración y la falta de decisiones acertadas en los proyectos para el destino de los edificios llevó a que en el proceso de cambio que sufrieron los colegios, diversas juntas fueran nombradas para la administración de los bienes, los edificios fueron entregados para su custodia al ejército, las iglesias fueron desmanteladas o saqueadas, no solo en sus objetos sagrados, distribuidos por sucesivos prelados, sino en algunos casos también los retablos y pinturas. Las bibliotecas de los colegios jesuitas fueron trasladadas a los colegios conciliares, y en el transcurso de su expurgación muchos ejemplares debieron desaparecer irremediablemente y habría que esperar varios años para que el hospicio para pobres se hiciera realidad.

El edificio central, que construyeron los jesuitas y que albergó al Colegio del Espíritu Santo, fue sede de las primeras decisiones que la monarquía ilustrada propuso para su edificio y que respondían a las decisiones de las mentes ilustradas; después, con el establecimiento del Colegio Carolino verá cambiar de rumbo a la institución e introducir reformas para los estudios. Los colegios ex jesuitas no sólo cambiaron de nombre, también respondieron a los cambios políticos y sociales del contexto. (Herrera Feria & Torres Domínguez, 2017, págs. 101-102)

 

Personajes emblemáticos del Carolino

Imágenes: Biblioteca Histórica José María Lafragua

 

Una alianza entre eclesiásticos, funcionarios y hombres de letras (Márquez Carrillo, 2012) conformó el Real Colegio Carolino en 1790 y participó en el tránsito hasta el republicano Colegio del Estado (1825) sin perder, pese a ello, el carácter conservador y católico de la educación superior, tal y como comprobó el historiador y académico de la BUAP Jesús Márquez Carrillo:

 

Las elites letradas de Puebla –una cohorte de unos 142 letrados, en su mayoría eclesiásticos seculares formados en la misma ciudad– impulsaron entre 1750 y 1835 un proyecto educativo que, a través de la formación de nuevas identidades individuales y colectivas, buscó crear súbditos y ciudadanos leales y obedientes a la corona o a la república, dando al poder civil nuevos elementos de control social que redundaran en la centralización política y el fortalecimiento del Estado”. (Rosas Salas, 2015).

 

El Colegio del Estado: la vía lenta a la modernidad

 

Es por ello que, durante el siglo XIX, la matriz de estudios y la forma de organización del Edificio Carolino no rompió realmente con la tradición jesuita. La escasa secularización de una universidad, sustentada en míseros fondos públicos persistió por décadas de tal forma que una somera lectura de su constitución interna ente 1842 y 1867 evidencia el molde clerical de aquella institución que hacía de la pervivencia del pasado su blasón de honor.

Para vestir la beca, o ser alumno interino con derecho a cama y comida, era obligatoria la fe de bautismo y tres testigos “idóneos” que comprobaran  “su cristiana educación y buenas costumbres” (Herrera Feria & Torres Domínguez, 2017, pág. 94).

 

Colegio del Estado, ubicado en el Edificio Carolino

El Colegio del Estado a finales del siglo XIX / Imágenes: Archivo Histórico Universitario

 

Una vida de reclusión monacal, repleta de prevenciones contra “la amistad de los criados” y la compañía de “gente grosera”, pensada para garantizar “crianza, docilidad y subordinación” (pág. 95) en los alumnos del colegio, sometidos a un régimen ultramontano de corte virreinal que incluía letanías al despertar, misa de siete y rezo del rosario antes de la cena. Colegiales, o pupilos internos, o capenses, estudiantes externos, debían cumplir con los rituales so pena de expulsión.

La victoria definitiva del liberalismo frente a los conservadores, y sus aliados del II Imperio de Maximiliano, determinó un nuevo modelo de convivencia, y connivencia, entre Estado e iglesias que, para el caso poblano, le dio un aire más secular al Edificio Carolino. Acorde al nuevo reglamento de 1867, la lealtad a la iglesia se transfirió a las “instituciones republicanas” y el camino a la secularización avanzó, aunque a paso de tortuga. Aun así, en tiempos del Porfiriato, “los más notables profesores eran católicos y reaccionarios recalcitrantes que difundían, con amplitud, sus creencias y dogmas” desde “instituciones públicas, oficialmente liberales y laicas”   (Doger Corte & Hernández Enríquez, 2008, pág. 37)

 

Constituciones del Colegio Carolino (1826), antecesor del Colegio del Estado

Constituciones del Colegio Carolino (1826) / Imágenes: Biblioteca Histórica José María Lafragua

 

Pese a lo cual, el Colegio del Estado tardó décadas en recuperar su esplendor. La decadencia y el descuido fueron regla en el Edificio Carolino durante gran parte del siglo XIX. Entre recurrentes problemas de finanzas, una dudosa laicidad y una acuciante limitación de fondos, el mismo complejo sufrió las consecuencias de los múltiples usos que se dieron a una construcción de gran tamaño.

Eso explica que, por decisión del Congreso del Estado, el primer patio del Carolino se convirtiera el 20 de febrero de 1833 en cuartel de la Brigada Cívica de Artillería que, en consecuencia, trasladó al Colegio del Estado sus arsenales. La tragedia llegó, previsible y certera. Una fuerte explosión sacudió el complejo el 22 de agosto de 1833 segando la vida de muchos y arrasando con documentos internos de gran valor (Herrera Feria & Torres Domínguez, 2017). Las tropas se fueron tras el desastre, pero la reconstrucción de muros y salones destruidos por la pólvora en combustión tardó varios lustros. En 1849, dieciséis años después del desastre, la tesorería estatal todavía destinaba fondos para una obra que avanzaba a paso de tortuga.

 

Museo Universitario Casa de los Muñecos

Instrumentos del Gabinete de Física del Colegio del Estado preservados en el Museo Universitario Casa de los Muñecos / Imagen: VEDC

 

Los avances existieron pese a todo. Desde el Observatorio Galileo Galilei hasta “los estudios médico-quirúrgicos” que dieron prestigio a sus catedráticos, incluyendo el gabinete de física, hoy resguardado en el Museo Universitario Casa de los Muñecos, la revolución tecnológica del positivismo llegó, a partir de 1878, al Colegio del Estado. El Edificio Carolino se convirtió en “un polo de desarrollo científico regional” (Doger Corte & Hernández Enríquez, 2008, pág. 9) que reafirmó el carácter público, aunque minoritario, de la instrucción superior, cuyo siguiente jalón sería la constitución de la Universidad de Puebla (1937), bajo tutela estatal hasta la consecución de su plena autonomía entre 1956 y 1963.

 

La lucha por el Carolino

 

El movimiento de la reforma universitaria fue una delicada coyuntura histórica que se dirimió en el mismo Edificio Carolino. Su “objetivo de lucha” fue “institucionalizar una universidad laica y gratuita y lograr la autonomía real de la Universidad” (Tirado Villegas, 2014, pág. 181), pero en el marco de la Guerra Fría internacional y del propio catolicismo poblano, socialmente fuerte y conservador, la confrontación discursiva fue también violenta. Los choques entre fuerzas reaccionarias, liberales y socialistas se volvieron norma en su interior o en sus alrededores tras un parteaguas indiscutible: la toma del Edificio Carolino por integrantes del Comité Estudiantil Poblano el 1 de mayo de 1961

Aquel grupúsculo inicial creó una conjunción de actores sociales que conquistaron la autonomía efectiva de la Universidad de Puebla en 1963 y pusieron sobre la mesa las demandas, largamente pospuestas, de una universidad científica, laica y avanzada que rompiera con la esencia misma del Edificio Carolino desde sus inicios jesuitas: la raíz clasista y elitista de una educación pensada, exclusivamente, para las minorías.

 

El Edificio Carolino en la década de 1960

Lugar de encuentro, celebración y conflicto: el Carolino en los sesenta / Imagen: Archivo Histórico Universitario

 

Las facciones liberales e izquierdistas que ocuparon la rectoría de la Universidad Autónoma de Puebla en la convulsa primavera de 1961, adoptaron el nombre de carolinos contra el Frente Universitario Anticomunista. Y de aquella toma surgió, a su vez, el espíritu carolino, o la defensa de la democracia y el humanismo, frente a una universidad pensada en exclusiva para las clases medias y altas. Y aunque la polarización fue, junto a la represión, una indeseable secuela del movimiento universitario, sí eliminó “la influencia de las fuerzas reaccionarias sobre la universidad” impulsando, a su vez, “la modernización de la misma” (Sotelo Mendoza, 197, pág. 161) .

La transformación de la Universidad de Puebla en un espacio abierto a toda la sociedad no fue ni fácil ni cómoda. El movimiento de fondo fue todo menos rápido, pero los grandes eventos asociados a la reforma universitaria se desarrollaron en el Edificio Carolino: ocupaciones (1961, 1966, 1971, 1976), enfrentamientos internos (el Barrocazo del 16 de febrero de 1963) o balas de francotiradores (1 de mayo de 1973) se suceden en una vorágine de acontecimientos que definen el camino hacia una nueva universidad pública, pero la turbulenta visión de aquellos años de pleitos y utopía tiende a estereotiparse en una visión de confrontación permanente que, en realidad, siempre estuvo presente en las universidades, incluso en tiempos coloniales.

 

Entrada principal del Edificio Carolino

Acceso principal del Edifico Carolino desde la Plaza de la Democracia en el primer cuadro de Puebla / Imagen: VEDC

 

Como recuerda Pérez Puente (1999), el 12 de marzo de 1671 un grupo de estudiantes tomó el edificio de la Real Universidad de México, con sus aulas y capillas, para denunciar el presunto fraude en la designación de un catedrático vitalicio de teología, protegido del virrey en turno, de nombre Mancera, asunto que se tornó en tumulto mayor tras abalanzarse los conjurados contra el palacio virreinal a base de pedradas, gritos e intentos frustrados de asalto que tuvo que reprimir un cuerpo militarizado de infantes y garroteros armados con veinte arcabuces.

El catedrático teólogo Fray Diego Velázquez de la Cadena no solo compró los votos para obtener tan preciado puesto, sino que años después como “monarca” (o provincial) de los agustinos en 1681 para lo cual utilizó la palanca universitaria que tanto indignó a los estudiantes de la época. Y fue, por cierto, el más “venal” de los padres priores. Y la batalla entre episcopalianos y jesuitas que cimbró Puebla a mediados del siglo XVIII es prueba concluyente que la placidez del orden colonial es una construcción posterior del conservadurismo mexicano jamás contrastada por la realidad de los hechos.

 

Universidad de Puebla: dos proyectos contrapuestos

 

Enfrentamientos, reclamos e injerencias cubren una larga etapa desde el mandato del primer rector reformista que tuvo oficina en la planta noble del Edificio Carolino, Horacio Labastida (1947-1951), quien esbozó un camino que otros siguieron más adelante: “Se deseaba transformar la Universidad de Puebla, que hasta esos años congregaba disciplinas profesionales y técnicas -jurídicas, médicas, químicas, ingeniería civil, farmacia, odontología, enfermería, etc.- en una universidad de altas connotaciones(Labastida, 1993, pág. 54)54 donde cupieran científicos, matemáticos y filósofos.

Una intención siempre explícita, siempre pospuesta, que venía de lejos. Y puede rastrearse hasta la figura excepcional de Ignacio Manuel Altamirano, presidente del Colegio del Estado, en búsqueda de unas metas que costaron sangre, sudor y lágrimas: “La libertad de cátedra frente al poder estatal, la autogestión universitaria y el cumplimiento cabal del Estado de ofrecer una educación superior de calidad y al alcance de las clases populares, dotando a las universidades de los recursos necesarios” (Dávila, 2003: 103).

 

 

Gimnasio del Edificio Carolino

El gimnasio del Carolino, la aportación porfirista / Imagen: VEDC

 

Al mantener su sede institucional en el Edificio Carolino, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla se convierte en legatario de proyectos educativos contrapuestos, de la formación jesuita a la Universidad Crítica, Democrática y Popular, cuya síntesis dialéctica resume Márquez Carrillo (2008): “La defensa del artículo tercero constitucional y la separación del clero en las aulas de enseñanza –defendidos por los estudiantes en 1961– han sido “aspectos clave” para la libertad de cátedra, el avance de la ciencia y la modernidad dentro de la máxima casa de estudios" (Alfaro Galán, 2011). Contra viento y marea, estos fueron los logros de los carolinos que resignificaron un complejo arquitectónico que por siglos simbolizó el poder de unos pocos.

 

Cuando el Edificio Carolino era una vecindad

 

El Edificio Carolino es un complejo dedicado, ya en sus inicios, a la formación académica, pero su planta se divide hoy entre la rectoría de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, y otras instalaciones aledañas, como la Biblioteca Histórica José María Lafragua, mientras el Templo del Espíritu Santo, conocido popularmente como la Compañía, singular obra del barroco poblano, erigida entre 1583 y 1600, pero reformado entre 1746 y 1767, pertenece hoy a la Arquidiócesis de Puebla, tras la conclusión del proceso de separación entre iglesia y Estado.

Pese a ello, el Templo del Espíritu Santo es de una excepcional relevancia en la cosmogonía carolina, pues siguiendo el trilema jesuita de enseñar, saber, creer, cumplía importantes funciones rituales. Bachilleres, licenciados y doctores acudían, junto al cuerpo de catedráticos, encabezado por el rector, a todo tipo de actos religiosos de frecuencia diaria y obligada asistencia, una costumbre que no se rompió realmente hasta la década de 1960 cuando las misas de acción de gracias, graduación o inicio de curso dejaron de ser la norma.

 

Alumnas de la UAP en la década de 1960 

El alumnado del Carolino en la década de 1960 / Imagen: Archivo Histórico Universitario

 

En todo caso, la tradición universitaria es, desde tiempos virreinales, el sentido y el destino de este conjunto arquitectónico conocido como Edificio Carolino. Un aspecto que puede pasar inadvertido tras su constante vaciado. La creación de Ciudad Universitaria en 1969, a partir de la ampliación de la matrícula, así como la creación de nuevos espacios de gestión y administración en casas y palacetes del centro histórico de Puebla, fueron desertificando el espacio carolino, reducido, en gran parte, a aspectos simbólicos y culturales, aunque, ciertamente, alberga el corazón institucional de la BUAP, las oficinas principales de rectoría, el corazón bibliohemerográfico como la Biblioteca Histórica José María Lafragua, y el corazón mediático, es decir, las cabinas de Radio BUAP.

 

Corredores del Edificio Carolino

Largos corredores, coronados por cupulinos: el sello distintivo del Carolino / Imagen: VEDC

 

Es por ello que conviene recuperar la memoria del Edificio Carolino cuando estaba sobrepoblado y representaba, en sus salones y patios, la estructura de la sociedad poblana, tal cual se describe en un imprescindible libro de recuerdos sobre la universidad en la década de 1950:

Todas las escuelas existentes en la universidad estaban concentradas en el edificio Carolino. Alrededor de 2 mil 500 alumnos formaban la Familia Universitaria para 1956. Se apreciaba un aumento considerable de matrícula, especialmente en las preparatorias, ya dos años antes (1954) se había tenido que abrir el turno vespertino.1

Los tres patios del edificio servían para albergar —como si de vecindad se tratara—a los universitarios. En una vecindad típica poblana encontramos varios patios; en el primero viven las familias que poseen más recursos y pueden pagar una renta más cara por contar con puerta al balcón; en el segundo los que tienen menos recursos y ya no tienen el privilegio de estar con balcón a la calle; y los del tercero o cuarto patio, que tienen cuartos más chicos con rentas más baratas. En la vecindad se saben los chismes de las familias que viven en ella: amoríos entre vecinos, diferencias sociales entre quienes habitan esta vecindad, pero todos forman una familia. En la Universidad de Puebla el primer patio era ocupado por las "Facultades" de Leyes (Derecho), Ciencias Económico-Administrativas (Comercio) y las preparatorias, en dos turnos. El turno diurno funcionaba en la planta baja y el nocturno en los salones que quedaban desocupados de la planta alta. El segundo patio albergaba al alumnado de medicina y odontología; el tercero, ingeniería civil, ingeniería química y arquitectura. Para el año de 1956 se planteó que los estudiantes de medicina se trasladaran a los espacios vacíos del Hospital Civil (27 Poniente y 13 Sur), para que ahí tomaran sus clases aprovechando la cercanía del hospital para sus prácticas, tanto de disecciones en sus clases de anatomía como de consultas externa e interna y, además, con esto se dejaba vacante un espacio físico en el edificio Carolino para que se redistribuyeran los salones entre el resto de las escuelas o facultades.

El silencio de las piedras, la solemnidad del recuerdo o la sensación de vacío son cosas recientes. Hasta la década de 1980 se dieron clases en el Edificio Carolino. Y hoy permanece como lugar de la memoria para el conjunto de los poblanos.  

 

Edificio Carolino: esbozo de descripción

 

Mucho se ha resaltado la importancia educativa, cultural y simbólica del Carolino, pero es necesario también detallar los aspectos arquitectónicos y estilísticos que lo convierten en una obra única. Para ello, se decidió citar un reciente libro de Miguel Gutiérrez Herrera, El espíritu carolino Puebla 1961, que incluye un capítulo-retrato que reproducimos en su integridad, incluyendo en el texto citado algunos subtítulos que no aparecen en la versión original a fin de indexar las partes de este establecimiento:

 

 

 

 

El Carolino es una edificación estética, hermosa en muchos lugares y tenebrosa en algunos; para nada es solo un espacio físico, mudo y administrativo al que se ha prácticamente reducido hoy; es nuestra historia. Nunca en sus siglos de existencia fue un simple entorno, pero, sin duda, en las luchas universitarias del siglo XX fue el principal protagonista. Miles de almas, ríos de estudiantes, lo vivieron como su manantial de ideas y, en su asombro, se apropiaron del nombre.

Desde el exterior, por sus cuatro puntos cardinales parece una enorme mole pétrea, apenas aligerada por el ritmo monótono de balcones y ventanas de tres frentes de calle. Desde dentro, este conjunto está distribuido en tres grandes patios espléndidos y, entre ellos o sobre ellos, secretos rincones manieristas, alternados con variantes barrocas exuberantes. Todo acentuado por el uso de una gama de materiales: piedra bien canteada, tallas de madera, parquetería, yeserías, arte plumario y grandes pinturas. Cierto que la escultura parece haber sido desterrada del edificio, pero cuando esta aparece resalta excepcional en discretos sitios, por ejemplo, en la escalera de los leones.

Edificio contrastante es hoy el Templo de la Compañía de Jesús, uno de los más sobresalientes de la arquitectura sacra poblana; sin embargo, en el pasado fue para el Carolino toda su razón de ser. Unidos en un solo cuerpo, templo y convento, respondían a una misma idea, no diferente en la planta a los conventos franciscanos, pero sí muy distinta en su magnificencia - porque aquí el voto de pobreza se había transfigurado en intención de grandeza -, muy a pesar de guardar su aspecto de sobriedad, solemnidad o mustio recogimiento.

La ruptura de este magno plan se dio con la separación de los jesuitas - que no pudieron hablar con Dios en su último templo - y recibió la puntilla con las Leyes de Reforma, casi cien años después. ¡Pobre edificio, antes tan rico! Sirvió durante esas guerras de cuartel, se nos dice, de almacén militar o de caballeriza. Su restauración como Colegio del Estado, se afirmó durante el Porfiriato, según acusan documentos y sobrepuestas modalidades arquitectónicas neoclásicas o posrománticas. Por dentro, a los tres patios se accede por espacios oscuros.

 

El primer patio del Carolino

 

El primero -del Espíritu Santo- es el más reducido y majestuoso. Una hermosa fuente lobulada, barroca o manierista, en el centro. El estilo en conjunto es predominantemente toscano. En su volumen interior veinte ventanas de cantería; cinco de ellas dan al largo pasillo de cúpulas.

 

 

 

 

Desde ahí, la vista es impresionante. Lo mismo hacia abajo por la arquería, que hacia arriba, por la majestad de la bóveda esquifada, cubierta de azulejo negro y blanco, evocativo de los jesuitas, -luz y sombra del cristianismo y del proceso civilizatorio de Occidente -. En la cúspide de las cornisas, al norte, el reloj de sol.

 

El segundo patio del Carolino

 

 
El Segundo Patio es más grande que el anterior, modernista y carente de arcadas. Al centro, una fuente de metal de diseño romántico.

 

 

 

 

Al frente sur, una rígida escultura hierática a pesar de sus detalles realistas, semejante a un muñeco grande del benefactor: Melchor de Covarrubias.

 

El tercer patio del Edificio Carolino

 

El tercero y último de ellos, es el más grande y uniforme, tiene en sus cuatro frentes tres niveles. Es el más sobrio, tiene una fuente central alta, lobulada y de paños lisos, de piedra gris, con pilastra y concha surtidora de agua. De diseño muy sencillo, hoy solo sirve de ornato, en su tiempo fue muy útil depósito de agua. La arquería baja es perfecta con su monótono misticismo.

 

 

 

Al fondo, en contra esquina de la escalera desde donde se desciende de la biblioteca o del gimnasio, estaba la cafetería Los nietos de don Melchor. El segundo nivel contiene las catacumbas[i], que pertenecían a las ingenierías civil y química. Uno de los salones esquineros tenía en su dintel un lema escrito con letras grandes: El arte no existe, el arte son ustedes. Se aligera el peso del edificio en el tercer nivel porque los claros del norte y oriente están siempre abiertos. Los pasillos llevaban al observatorio: culmen de la ciencia, sobrio, color aluminio sobre los altos (¡oh, pináculo de la ciencia, quién no extraña tu presencia!).

 

Los accesos al complejo

 

El adusto Edificio Carolino tiene tres entradas magníficas. Una hacia cada patio. El gran portón principal, hecho de madera, abierto de par en par, filtraba luz diáfana que iluminaba de rebote las bóvedas de la crujía frente a la gran escalera. Este juego claroscuro fue intencional en su diseño. A la derecha del cubículo de entrada estaba la prefectura, antigua portería, pero engalanada de tal dignidad que sus tres paredes estaban adornadas por grandes lienzos al óleo, resaltado en el frente la Natividad del Señor; a los costados: temas alusivos a la anunciación de María. De cara a la prefectura había un reloj de números góticos y, más elevada, una placa alusiva a la autonomía universitaria. La entrada central del sur, hacia el Patio de Odontología es la más evidentemente moderna.

 

Templo de la Compañía en el Edificio Carolino

Las torres del Templo de la Compañía, bañadas en la luz del atardecer / Imagen: VEDC

 

En tanto, la entrada principal al patio tercero está concebida, como toda su fachada, en un diseño austero: neoclásico tardío. Entre el Segundo Patio y el tercero se interpone un gran pasillo semioscuro, que comunica a la Biblioteca Lafragua, donde también se desplanta una formidable escalera de piedra gris que alcanza el amplio vestíbulo del piso superior, de cara al Salón Barroco. El cubículo de ascenso se ilumina por amplias ventanas al Segundo Patio. Tan pronto se terminaba de subir y de frente, la gran pintura: Santa Pulcheria, de tres o cuatro metros de base, que remataba en un arco de medio punto, lo que insinuaba que pudo pertenecer a algún ábside de otro templo o, quizá, al viejo templo jesuita de la esquina.

Este vestíbulo desemboca hacia el Salón Barroco o Melchor de Covarrubias. En contraste a este juego de espacios con rupturas oscuras premeditadas en la planta baja, está la interconexión total del piso superior, completamente original y luminoso, cubierto con noventa cúpulas. Vale decir que la claridad de la comunicación de los espacios altos conforma una unidad de arquitectura monacal, difícil de encontrar en América.

 

La escalera de los leones, rumbo a la rectoría

 

Escalera de los Leones, en la entrada principal del Carolino.

La majestuosa escalera de los leones / Imagen: VEDC
 

A la Rectoría se asciende directamente por la escalera de los leones. Le precedía una pequeña sala de espera o recepción, con una ventana excéntrica de gran luminosidad. En tiempos de guerra, la recepción de Rectoría se convertía en radio parlante, llamada Radio Universidad o Radio Universidad Informa. Los discursos a la calle eran también pronunciados ahí mismo. El del arzobispo de Cuernavaca, Méndez Arceo, hizo más notable aquel sitio con su célebre proclama de 1970 (antes de empezar su discurso, dijo para que nunca lo olvidáramos: "prefiero utilizar este modesto balcón de palestra, que el magno Salón Barroco, reflejo de las extravagancias jesuíticas"). El espacio abierto hacia la calle da a la Plaza de la Democracia - en alusión a Francisco I. Madero que incursionó en el mismo sitio -, donde se encuentra una placa en su memoria en el actual Hotel Colonial.

 

La Rectoría está cubierta con una nave de aristas. Al frente y al lado izquierdo tenía sendas pinturas de buena factura virreinal. Por entonces, conservaba una solemnidad impresionante: su piso de parquet y de alfombra roja en el largo pasillo; las ventanas protegidas con parasoles de seda y consolas de terciopelo verde o rojo provocaban un halo semioscuro. Es de hacer notar que durante el movimiento ninguna pintura, ni joya alguna se perdió o fue maltratada, a pesar de que se trataba de íconos religiosos.

 

El Paraninfo, corazón académico de la BUAP

 

El Salón Paraninfo era, por cierto, una muy larga crujía cubierta con bóveda alta de cañón corrido. Al frente de la puerta está la Palestra de Santo Tomás, eminencia doctoral de la Iglesia; en los muros altos sendas pinturas de notables jesuitas y benefactores: Melchor de Covarrubias, en primer término. Desde su inicio el salón fue destinado a debates doctorales.

 

Sillería del Paraninfo
Detalles de la silleria del Paraninfo, denominada la cátedra, con el escudo de Puebla en primer plano / Imagen: VEDC

 

En tiempos de El Colegio del Estado y de universidad pública se ocupaba para concursos de oratoria o para visitas de gran significación, por ejemplo, la del licenciado Gustavo Díaz Ordaz, candidato del PRI a la Presidencia de la República, televisado a nivel nacional (contra la protesta silenciosa de algunos estudiantes carolinos quienes, a su paso, le dimos la espalda). Era el gran sitio de encuentro donde los universitarios presentaban su examen profesional. Aquella dignidad se ha mantenido, a pesar de que el salón ha sido dividido a la mitad.

 

La exuberancia jesuita del Salón Barroco

 

El Salón Barroco del Carolino.

El Salón Barroco, orgullo de la BUAP / Imagen: VEDC

 

El Salón Barroco, por su parte, era el orgullo de identidad de todos los estudiantes, porque ahí se celebraban conciertos con orquesta de cámara, de piano y guitarra, lecturas literarias, exposiciones de pintura y conferencias magistrales. Tertulias culturales daban vida al recinto.

 

Salón Barroco del Carolino

 

Junto a él, cubierto por cupulines, el Salón de Banderas. Saliendo, a la derecha, la casa del prefecto. Desde ahí, se bajaba al Teatro Universitario.

 

La imprescindible Biblioteca Lafragua

 

Interior de la Biblioteca Lafragua

Los incunables de la Biblioteca Lafragua / Imagen: VEDC

 

 

La sala histórica de consulta de la Biblioteca Lafragua está encuadrada bajo el Salón Barroco, manteniendo sus mismas dimensiones. Grande e imponente, su acceso principal norte, de suma austeridad, lucía una especie de nártex de preciosa talla en madera. Su nombre inmortaliza esta noble acción cultural de su benefactor. Desde dentro del edificio, en la crujía oscura entre el segundo y tercer patio, tiene una pequeña entrada interior -una porciúncula se podría decir-cuya penumbra les permitía divertirse a los alumnos comunes que se vengaban de los listos o estudiosos, gritando:

 

Interior de la Biblioteca Lafragua / Imagen: VEDC

 

- ¡Benito! Tu novia está borracha en La Bella Elena[ii].
- ¡Nicandro!
[iii], ¡eres un farsante!

Aun cuando, por lo general, la descarga de adrenalina era contra todos, un asiduo vocero, como reloj, pasaba todas las mañanas a las once y media, o si no podía, entonces, a las seis de la tarde y con su voz ronca, de fumador fanático, gritaba:

- ¡Es inútil! ¡Huevones!

Fue Lafragua, durante muchos años, la Biblioteca Central, se cerraba a las diez de la noche. Tejedita, Jesús Silva Andraca y Eutiquio Bermúdez eran sus celosos guardianes, los dos últimos no sólo prestaban los libros, sino que recomendaban lecturas. Silva Andraca enseñaba historia de México; Eutiquio, química. En sus temas, decían los alumnos, eran insuperables. La biblioteca conformaba, con la Palafoxiana, la imagen de educación y cultura de Puebla. La Biblioteca Benjamín Franklin, ubicada en el costado oriente del edificio del hospicio, financiada por la embajada estadounidense, era grande, amplia, iluminada y daba excelente servicio. Otra joya era la Biblioteca del Instituto de Estudios Históricos de Puebla debido a su patrimonio bibliográfico y microfilms, era privada y brindaba una muy buena atención a sus usuarios: enseñoreaba la filantropía de sus fundadores por la cultura.

 

Edificio Carolino; recapitulación y cierre

 

Desde su edificación, el Carolino formó parte de la memoria de la ciudad. El estar a una cuadra del Zócalo y de los poderes civil y eclesiástico era verdadero orgullo para pensadores como Francisco Xavier Alegre, reseñador de la grandeza del Colegio del Espíritu Santo (lo que México tiene en tres colegios, Puebla lo tiene en uno, escribió en su historia de la Compañía de Jesús). Esta centralidad privilegiada dentro de la ciudad, a mediados del siglo XX, empezó a crear calamidades urbanas y políticas. Los autobuses de los años cuarenta cruzaban humeantes por el frente, el sur y el oriente de la universidad. El crucero entre la Maximino y la 4 Sur, era una amenaza vial. Las líneas camioneras de San Antonio-La Junta, los rojo-plata que iban a Santa María, pasaban por detrás. Las otras, Aviación Panteón, Margaritas, Los Remedios y los rojo-rojos que también iban hasta Santa María, a dos calles.

 

Reunión del Consejo Universitario en el Carolino

El Consejo Universitario reunido en el Salón Barroco del Edifico Carolino / Imagen: VEDC

 

En consecuencia, cualquier problema social resonaba inmediatamente dentro del Carolino y a la inversa. Ubicado a una calle del Palacio de Gobierno, cualquier protesta era directa y la respuesta también. Así, desde tiempos de Madero, la universidad, a veces fuerte, a veces débil, fue caja de resonancia del reclamo social a favor de una educación superior laica, libertaria, basada en la ciencia, la técnica y el humanismo.

 

 


[i] En el caso del Carolino0, el término de catacumbas no alude a algún tipo de corredor o túnel subterráneo, sino a un entrepiso de reducidas dimensiones.

[ii] Pulquería que se encontraba situada en la 5 oriente y plazuela de los sapos, frecuentada por los estudiantes y lugar para novatadas.

[iii] Clamor referido al abogado Nicandro Juárez Torres, profesor y funcionario de la UAP en la década de 1970.

 

 

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