Julio Glockner Lozada: un breve rector para un largo cambio

Julio Glockner Lozada: un breve rector para un largo cambio

Quién fue Julio Glockner Lozada
Historias de Vida

Julio Glockner Lozada, rector de la Universidad Autónoma de Puebla por un breve periodo de 77 días, fue impulsor y cabeza del movimiento de la reforma universitaria que, entre abril y junio de 1961, luchó por la autonomía integral de la UAP no solo frente al gobernante en turno, sino también ante los otros poderes fácticos de la sociedad civil poblana, en especial la iglesia católica y la alianza conservadora cobijada en los salones y la rectoría del Edificio Carolino que en aquel entonces albergaba a poco más de 4.000 alumnos.

 

 

La defensa del artículo 3°constitucional, que preserva el derecho a una educación laica “ajena a cualquier doctrina religiosa”, nucleó a grupos liberales e izquierdistas de la comunidad universitaria, pero también a algunos medios y personajes del estado. Y el médico francmasón Julio Glockner Lozada representaba, frente a la cerrada sociedad poblana, un ariete de cambio en el lugar que acumulaba el mayor capital simbólico: la Universidad Autónoma de Puebla.

Su compromiso con el movimiento venía de tiempo atrás; prestaba su consultorio, un enorme departamento en la calle 16 de septiembre No.1909, para que algunos estudiantes se reunieran a estudiar y discutir algunas ideas, esto mucho antes de 1961. Ahí confluían varios estudiantes que coincidían en su deseo de que la universidad avanzara como una institución laica. (Tirado Villegas, 2012)

Las simpatías comunes por la incipiente revolución cubana, anatema para la Puebla reaccionaria, se volcaron en un órgano institucional, el Comité Estudiantil Poblano, que el 1 de mayo de 1961 tomó la sede legal y moral de la Universidad Autónoma de Puebla, o el Edificio Carolino, para exigir la renuncia del rector Armando Guerra, apoyado por un grupo de choque estudiantil de feroz renombre, la Federación Universitaria Anticomunista.

Tras días de tensión y enfrentamiento, el conflicto se resolvió con un parteaguas fundacional: el nombramiento como rector de facto del doctor Julio Glockner Lozada el 9 de mayo de 1961 en una ceremonia conjunta de alumnos y profesores que consolidó el nombre de guerra de los reformadores universitarios: los Carolinos.

 

Julio Glockner Lozada en el Paraninfo

Discurso de Julio Glockner Lozada a los estudiantes carolinos en el Paraninfo del Edificio Carolino el 1 de mayo de 1961 / Imagen: AHU

 

La denominación de Carolinos  para el grupo liberal nació el 1 de mayo, cuando un grupo de estudiantes –liderados por Enrique Cabrera Barroso, Zito Vera Márquez– se reunió en el consultorio del doctor Manuel Gil Barbosa, en la calle 10 Oriente número 12, para organizar la toma del Edificio Carolino de la UAP, mientras se desarrollaba la marcha obrera de ese día. (Alfaro Galán, 2011)

 

Los Carolinos fueron un frente heterogéneo y plural, pero minoritario, cuyos contingentes nunca rebasaron los 5000 seguidores, frente a un adversario poderoso en grado extremo. En su máxima expresión, el 4 de junio de 1961, el universo conservador de Puebla llegó a reunir a una marea humana de 200.000 personas que, bajo el lema de “cristianismo sí, comunismo no”, inició un alzamiento civil para derogar la nueva ley orgánica.

El programa de transformación del movimiento de la reforma universitaria, esbozado en la primavera de 1961, se basó en el principio rector de todas las democratizaciones universitarias del siglo XX: “que los problemas vitales que afecten a la universidad poblana en el futuro, se resolverán democráticamente en asambleas en las que se consulte la opinión de profesores y alumnos” (De Sampedro Paredes, 2014, págs. 216-217)

La insurgencia carolina aceleró la espiral de hostilidades contra la autonomía de la UAP, pero no se pudo conquistar el autogobierno y el cogobierno de la universidad hasta el 22 de febrero de 1963 cuando, al fin, se reformó la Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de Puebla que instituyó el Consejo Universitario como autoridad máxima disolviendo el Consejo de Honor, un órgano de notables que nombraba, sin auscultación ninguna, las autoridades universitarias siguiendo la tradición autoritaria cuestionada en toda América Latina desde el Manifiesto de Córdoba de 1918.

Julio Glockner Lozada, el rector de la reforma universitaria, renunció a su cargo el 25 de julio de 1961 al alcanzar los objetivos de un movimiento que, pese a su victoria moral, estaba acorralado por el bloqueo del subsidio federal, la paralización administrativa y el encono del catolicismo poblano.

 

Libro sobre Julio Glockner Lozada

Presentación del Carisma y trascendencia de Julio Glockner en el Edificio Carolino / Imagen: VEDC

 

Su figura fue recordada el 20 de mayo de 2019 durante la presentación del libro El espíritu carolino Puebla 1961. Carisma y trascendencia de Julio Glockner, de Miguel Gutiérrez Herrera en el Paraninfo del Edifico Carolino:

 

Julio Glockner Lozada (1909–1975) fue un personaje vital de la autonomía universitaria que “no usurpó el movimiento, sino que lo portó bajo mandato estudiantil, y lo entregó cuando el mandato se cumplió, haciendo que su propia renuncia se volviera un valor de cambio para que se cumplieran las demandas de la chamacada”. Así, es como Miguel Gutiérrez Herrera describe a quien, por 77 días, en 1961, fuera el rector de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), como parte de un movimiento universitario que dejó profundas improntas en la universidad pública, que se abrió a las corrientes críticas del pensamiento y a la formación científica y humana de sus estudiantes. La Jornada de Oriente. (Carrizosa, 2019)

 

Para comprender al personaje público, pero también a la persona íntima, recuperamos un texto publicado por su hijo, el antropólogo Julio Glockner Rossainz, que esboza un retrato sociobiográfico de un liberal que aceleró, desde su fugaz rectorado, el proceso histórico por el cual un recinto exclusivo para clases medias y altas se convirtió en una universidad pública gratuita y abierta a toda la población, así como a todas las creencias, desde una completa laicidad.

 

 

Semblanza de Julio Glockner Lozada, por Julio Glockner Rossainz

 

 

En la primera década del siglo XX Puebla era una ciudad silenciosa y apacible: las campanas de las iglesias, los carruajes y los cascos de los caballos, los motores de los primeros autos y las voces de los vendedores ambulantes eran algunos de los sonidos que podían escucharse esporádicamente en sus calles. En ella vivía, desde las últimas décadas del siglo XIX, proveniente de Argelia, Enrique Glockner Ricke, hijo de Fritz Glockner y Catarina Ricke, quien se había casado con Julia Damiani, originaria de la ciudad de México. De este matrimonio nació, en 1878, Enrique Glockner Damiani, quien fuera ingeniero metalúrgico y comerciante, casado con Clara Lozada Axotla, nacida también en la ciudad de Puebla. Segundo hijo de este matrimonio fue Julio Glockner Lozada, quien nació el 4 de junio de 1909 en la misma ciudad. Un año después la tranquilidad de la ciudad y del país entero sería trastornada por la irrupción de la revolución mexicana.

Los primeros años de su infancia los vivió Julio en Puebla, pero sus primeros estudios los realizó, entre 1916 y 1920, en la ciudad de México, en la Escuela León Guzmán. Más tarde volvió su familia a la angelópolis y terminó la primaria en la escuela Gabino Barreda en 1922. Continuó sus estudios en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca hasta 1928 y los concluyó en el Colegio del Estado de Puebla en 1930.  Un año después se inscribió en la carrera de medicina del mismo Colegio del Estado, concluyendo sus estudios en 1936. En 1937 el Colegio se transformaría en la Universidad de Puebla, institución de la que presentó su examen profesional con la tesis: Tratamiento de la esquizofrenia con el shock insulínico, recibiendo el título de Médico Cirujano y Partero en 1939.

 

Interior Edificio Carolino

El Edificio Carolino a prinicipos del siglo XX / Imagen: AHU

 

En su juventud fue muy aficionado a los deportes, principalmente el básquet bol, el box y la lucha libre. En un programa de Basket-Ball impreso en 1931, que anuncia la inauguración del campeonato regional, aparece entre los jugadores del Colegio del Estado, cuando el precio de entrada a estos eventos era de 25 centavos para los estudiantes, con la advertencia de que los juegos serían suspendidos con motivo de cualquier desorden. Tres años después aparece en un programa de Lucha Libre en la Plaza de Toros de Tlaxcala.

En estos espectáculos ganaba algún dinero para ayudarse en sus estudios. En 1935, haciendo pareja con el estudiante de jurisprudencia Manuel Frías Olvera, fue electo como secretario de la Agrupación General de Estudiantes. Ese mismo año abrió sus puertas en Puebla la primera Secundaria Pública Venustiano Carranza, que pudo compensar su carencia de profesores con el apoyo docente de algunos estudiantes del Colegio del Estado que simpatizaban con la educación socialista. Respaldando al director de la nueva secundaria, Manuel Cano González, connotado profesor de anatomía, Glockner se sumó al proyecto de impartir clases gratuitas al lado de Saturnino Téllez, Antonio Sáenz de Miera, Gabriel y Enrique Aguirre Carrasco, Manuel Popoca, Ramón Palacios y Alfonso Hermoso, entre otros. 

Al llegar Maximino Ávila Camacho a la gubernatura del estado cambió al director Manuel Cano y con él abandonaron la secundaria los profesores que lo apoyaban. A ellos se sumaron poco después Salvador Rosales, Gastón García Cantú, Héctor Labastida y otros para abrir la Secundaria Nocturna para Trabajadores, Flores Magón, inaugurada en marzo de 1938 con estudiantes universitarios como profesores que impartían clases gratuitamente. [1]

Ese mismo año comenzó a colaborar en la revista Claridad, publicada por la Universidad de Puebla y dirigida por Horacio Labastida. Con el grupo de estudiantes socialistas fundó en agosto de 1939 la revista Guía, una publicación de crítica social y universitaria en la que aparecían artículos de ciencia, filosofía, literatura y política. Entre los colaboradores destacaba Pedro Garfias, poeta andaluz recién llegado a México como refugiado de la guerra civil española, con quien tuvo una estrecha amistad. Más tarde, en 1943, sería también colaborador del boletín universitario Laboratorio de Biología, publicación trimestral de información científica. 

A finales de los años treinta, contando ya con el título profesional, comenzó a dar consulta particular y en febrero de 1940 recibió su primer nombramiento como profesor de biología para los Bachilleratos de Ciencias Sociales, Medicina, Odontología, Químico Farmacéutico e Ingeniería Química, recibiendo un sueldo de 2 pesos con 20 centavos diarios. Al año siguiente es nombrado profesor de microbiología en la carrera de químico fármaco-biólogo. Más tarde será profesor de Embriología, de Química Biológica, de Farmacología, Fisiología Patológica y Fisiología Humana en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Puebla. En la misma universidad fundó el Instituto de Biología y Medicina Experimental Dr. Enrique Beltrán, del que fue director.

 

 

En 1946 ingresó como médico al Instituto Mexicano del Seguro Social, donde prestó sus servicios por cerca de 25 años. En 1947 realizó estudios de especialización en venereología en la Universidad de Stanford, California. Practicar esta especialidad en una ciudad tradicionalista y clerical fue motivo de una alarma generalizada entre los sectores más conservadores. Pero lejos de inhibirse en el ejercicio de su práctica profesional y como hombre liberal y desprejuiciado que era, dio rienda suelta a su ingenio y buen humor bromeando invariablemente con sus pacientes, que salían del consultorio con un tratamiento y una anécdota que contar a sus amigos. Estas historias, que más de medio siglo después se siguen comentando, han creado una suerte de leyenda en el imaginario sexual de los habitantes de la ciudad.

Seguramente por las limitaciones económicas que tuvo en su juventud, como adulto fue un hombre sumamente generoso, que ayudó a infinidad de personas atendiéndolas en su consultorio, no sólo en problemas de salud física, sino económicos y emocionales. Muchas personas acudían a él para tener una consulta, un medicamento, una cantidad de dinero o un consejo.

En un amplio salón, contiguo a su consultorio, fue creciendo su biblioteca, compuesta no sólo por tratados de medicina sino por textos de filosofía, literatura y disciplinas humanísticas. Al final de su vida la biblioteca tendría alrededor de seis mil volúmenes, pues sus intereses intelectuales no se circunscribían a los temas de su profesión ni a las disciplinas que como profesor manejaba, fue siempre un hombre interesado en diversos campos del conocimiento que lo fueron convirtieron en un ávido lector.

 

Bertrand Russell

Bertrand Russell, escritor de cabecera de Glockner Lozada / Imagen: Wikipedia (CCO)

 

Como en Puebla no era sencillo conseguir libros, durante muchos años viajábamos a la ciudad de México a comprar libros. Tan frecuentes fueron estos viajes que compró un departamento en la recién creada Ciudad Tlatelolco para pasar ahí algunos fines de semana. Entre los autores que más leyó figuran Ortega y Gasset, Bertrand Russell, Aldous Huxley, Giovanni Papinni, Unamuno, Freud, Jung, Schopenhauer, José Ingenieros, Aníbal Ponce, Marx, Lenin, Kropotkin, André Gide, Raymond Aron, Karl Popper, Sartre, Merleau Ponty y Albert Camus. En la literatura prefirió a Lawrence Durrell, aun por encima de Joyce o Proust.

Le gustó mucho la literatura norteamericana y leyó con placer a Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Dos Pasos y, por supuesto, Henry Miller. De los rusos a Dostoievski, Gorki y Tolstoi, a Víctor Hugo y Stendhal, a Neruda, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Machado, León Felipe, José Revueltas y Renato Leduc, Becket y Ionnesco.   

Tuvo dos matrimonios, del primero, con Bertha Carreto, nacieron sus hijos Nuby y Napoleón, del segundo, con María Teresa Rossainz, nacieron Minerva, Julieta, Clara, Julio y Fidel. Fue un padre que no hacía sentir su autoridad sino su respaldo. Sabía escuchar y sugerir. Era respetuoso de las decisiones de los demás y pocas veces imponía su voluntad, generalmente aprobaba el camino elegido por sus hijos, cuando era claro que se trataba de una decisión libre y razonada. El comedor de la casa era grande y con mucha frecuencia había invitados, de modo que las sobremesas se prolongaban en interesantes y divertidas conversaciones.

Cuando venían de la ciudad de México Renato Leduc, Pedro Garfias, Emilia Yarza, Antonio Sáenz de Miera o Manuel Moreno Islas las comidas se convertían los fines de semana en reuniones con música y poesía que se prologaban hasta bien entrada la noche.

Fue un apasionado de la música clásica y contemporánea, gusto que compartía con el doctor Ignacio Hermoso que vivía al lado, y lo mismo escuchaba Hayden, Mozart o Beethoven, que Mahler, Stravinsky o Eric Satie. Los Beatles en un principio no le gustaron, pero a partir del Sargento Pimienta entendió de qué se trataba. Con sus alumnos y alumnas tuvo una excelente relación, fue un maestro muy querido en la universidad y en las preparatorias del Centro Escolar y el Colegio Americano.

 

 

Su participación en el movimiento de Reforma Universitaria en 1961 fue decisiva para darle un nuevo rumbo a la Universidad Autónoma de Puebla, para abrir la casa de estudios a las corrientes modernas de pensamiento y a la formación científica de los estudiantes. Sólo 77 días fue rector, un rector querido y aclamado, un rector a quien el gobierno no se atrevió a entregar el subsidio. Sólo 77 días, que fueron suficientes para que 50 años después la universidad le rinda un homenaje reconociendo en él el espíritu libertario de la Reforma Universitaria.

 

El movimiento de Reforma Universitaria de 1961: la confrontación de las ideas

 

 

Las causas de fondo de este movimiento venían de muy lejos. Por un lado, se remontaban al secular conflicto entre liberales y conservadores que se enfrentaron a lo largo del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX, tanto en vehementes discusiones de mayor o menor calidad argumentativa, como en los campos de batalla que comprendieron desde la guerra de Reforma al movimiento cristero. Al iniciar la década de los sesenta del siglo pasado la discusión entre liberales y conservadores se centraba en la defensa del carácter laico de la educación pública, que defendían los primeros, ante la insistencia de los conservadores por mantener la educación religiosa en los colegios particulares y aun públicos, como herencia evidente del virreinato.

 

Comité Estudiantil Poblano

Las demandas reformistas de los Carolinos en un volante de 1961 / Imagen; AHU

 

Este enfrentamiento, que oponía el artículo 3º constitucional al reclamo conservador de que sólo la familia, y no el Estado, puede decidir el carácter de la educación de sus hijos, se gestaba en procesos ideológicos de larga duración y albergaba en su interior nuevas modalidades conflictivas surgidas en el contexto de la guerra fría. Entre estas modalidades conflictivas destacaba la simpatía y el respaldo que los estudiantes “progresistas” sentían por la triunfante revolución cubana, que en esos días Fidel Castro vincularía al área de influencia de la URSS, contra las ideas y los intereses económicos de quienes veían en esa revolución un peligro de expansión comunista en México.

Este panorama nos presenta un fenómeno realmente interesante, en el que se enfrentan diversos grupos sociales esgrimiendo demandas de carácter político, ético, religioso, cívico, educativo y económico. Estas demandas definen perfiles ideológicos que generan identidades de grupo que perduran hasta nuestros días, identidades que se conforman tanto en el terreno emotivo como en el intelectual. 

 

Anticomunismo en Puebla

El reclamo de la sociedad conservadora en Puebla: anticomunismo desnudo / Imagen: AHU

 

El panorama ideológico de la época está conformado por diversos estratos provenientes de muy diversas tradiciones, cada una de las cuales genera, para autoafirmarse ante sus adversarios, una buena cantidad de prejuicios y convicciones que con frecuencia desembocaban en un agresivo fanatismo.  Teniendo como símbolos la cruz del catolicismo, la hoz cruzada con el martillo del comunismo y la escuadra y el compás de la masonería como emblemas contrapuestos, estos sectores se enfrentaron violentamente tanto en el discurso y las exigencias excluyentes como en los golpes y pedradas callejeras. Los emblemas operaban simbólicamente en el imaginario político de la época de manera que lo emocional predominaba sobre lo racional y la violencia se desataba porque se tenía la convicción de que la sola existencia del adversario era una amenaza para la propia existencia.

Esa operación simbólica generaba en los grupos enfrentados una visión relativamente distorsionada tanto del adversario, ya convertido en enemigo, como de sí mismo. Cada uno se pensaba como justiciero y salvador, sea por razones sociológicas, éticas o religiosas, y cada uno creía fervientemente que el enemigo era un elemento absolutamente pernicioso para la vida colectiva que debía ser eliminado, si no físicamente, sí, al menos, política y socialmente. El asunto no es nimio ni se ha borrado del pensamiento ni de los sentimientos de muchos de los protagonistas.

Ante el vacío espiritual que en la cultura occidental produjo la muerte de Dios (quien desde luego no murió de muerte natural, sino a causa del desarrollo científico-tecnológico y de la expansión del pensamiento racional) proclamada por Nietzsche, las sociedades modernas suplieron esa ausencia construyendo un conjunto de teorías que satisficieran espiritualmente a los individuos y sus comunidades. Georges Steiner lo dice de esta manera en su magnífico libro Nostalgia de lo absoluto: “La descomposición de una doctrina cristiana globalizadora había dejado en desorden, o sencillamente había dejado en blanco, las percepciones esenciales de la justicia social, el sentido de la historia humana, de las relaciones entre la mente y el cuerpo, del lugar del conocimiento en nuestra conducta moral”. 

Los sistemas de explicación total que sustituyeron al cristianismo decadente en el pensamiento moderno son: el psicoanálisis, la antropología estructural y el marxismo. Cada uno de ellos, por separado o tomando elementos de los demás, desarrollará un lenguaje propio, un idioma característico, un conjunto particular de imágenes emblemáticas, banderas, metáforas y escenarios dramáticos, en fin, cada uno generará su propio cuerpo de mitos.

La inteligencia moderna construye entonces una especie de “teología sustituta” o de “mitologías” que cumplen con la tarea de proporcionar explicaciones totalizadoras mediante sistemas teóricos cerrados sobre sí mismos, instaurando un diagnóstico clarividente del que surge todo el sistema.  Ese momento y la historia de la visión profética fundadora se conservará en una serie de textos canónicos y más tarde surgirá, desde luego, un grupo de discípulos que estarán en contacto directo con el maestro, con el genio fundador, pero pronto algunos de ellos provocarán una ruptura en forma de herejía.

 

Despacho de Leon Trotsky en su casa de Coyoacán / Imagen: Claudia Cano Mariaud (CCO)

 

Esos disidentes producirán mitologías o sub mitologías rivales, y entonces se observará algo muy importante –dice Steiner- los ortodoxos del movimiento original odiarán a esos herejes, a los que perseguirán con una enemistad mucho más encarnizada de la que descargarán contra el no creyente, porque no es laincreencia lo que temen, sino la forma herética de su propio movimiento. Pensemos simplemente en el crimen de Trotsky y los viejos bolcheviques por Stalin.

La confrontación ideológica entre católicos, comunistas y masones en el proceso de reforma universitaria es justamente un enfrentamiento entre diversas mitologías, que en el caso del cristianismo y el marxismo-leninismo contienen un discurso de salvación universal.

Veamos ahora lo que ocurrió en la ciudad de Puebla y en la universidad durante los meses de abril a julio de 1961, periodo en el que se produjo un giro muy significativo en la política educativa que orientó a la institución por el camino de la educación laica y moderna. El hecho de que el Vaticano haya reconocido la validez de la teoría de la evolución de Darwin hasta el papado de Juan Pablo II, nos debe hacer pensar no sólo en que la propia iglesia destruye el sustento de su propia mitología expuesta en el libro del Génesis, sino en las dificultades que los estudiantes de principios de los años sesenta tenían para expandir sus conocimientos, teniendo como autoridades universitarias a miembros de los sectores clericales más conservadores, que evidentemente veían en la teoría darwiniana una especulación concebida en los linderos del infierno ateísta. 

 

Marcha de apoyo a Julio Glockner Lozada en 1961

Manifestación a favor de Glockner y la reforma universitaria en 1961 / Imagen: AHU

 

Haber encausado a la UAP por el camino de la educación laica y científica y haber defendido el laicismo como principio de gobierno es uno de los méritos del movimiento de reforma universitaria. Frente a los prejuicios religiosos imperantes en la conservadora ciudad de Puebla de hace 50 años, los universitarios que defendieron el artículo 3º constitucional hicieron valer el espíritu laico indispensable para ensanchar los horizontes del conocimiento. La laicidad consiste simplemente en la independencia y libertad de pensamiento respecto a las afirmaciones o creencias avaladas por una autoridad, es decir, laico es quien piensa libremente frente a los dogmas. Un dogma es aquello que es creído o aceptado comúnmente como irrefutable y constituye el fundamente mismo del pensamiento religioso, de ahí que laico sea quien reivindica para sí el derecho de pensar diversamente sobre cualquier cuestión o problema considerado ortodoxo. 

De estos principios surge, lo que Michelangelo Bovero llama el principio práctico del pensamiento laico: la tolerancia, un principio antirepresivo. Laico –dice Bovero- es el que considera que no existe ningún “deber” –mucho menos un deber jurídico, impuesto por la ley- de pensar de un modo determinado sobre cualquier cuestión. Desde esta perspectiva, el verdadero problema para el laico es el de la posibilidad de convivencia de las creencias y de los valores. Ser laico implica plantearse este problema, no sólo respecto a la religión, sino respecto a cualquier ortodoxia, incluyendo desde luego la marxista.  La solución no puede ser hallada sino en la construcción de la democracia. “Un laico no puede no ser democrático y un democrático es necesariamente laico: si no lo es, es un falso demócrata”. [2]     Esta es la lección que nos dio la generación del 61 y que desafortunadamente muy pronto se desvirtuó, al enfrentarse ya no a los dogmas religiosos, sino a los lineamientos de un dogmático partido estalinista.

 

La confrontación en la ciudad de Puebla

 

Tomando como guía la cronología del movimiento elaborada por Jesús Márquez, uno de los autores que más conoce el tema, y de los reportajes quincenales que aparecían en la revista Política de la época, voy a referirme brevemente a los acontecimientos más relevantes del movimiento de reforma universitaria de 1961. El conflicto se inicia en el centro de la ciudad cuando un numeroso grupo de jóvenes, alrededor de doscientos cincuenta, manifiesta abiertamente su simpatía por los entonces muy carismáticos rebeldes que han descendido de la Sierra Maestra en Cuba y llegan al poder después de haber derrocado al dictador Fulgencio Batista.

 

Che Guevara y Fidel Castro: símbolos de la revolución cubana / Imagen: Wikipedia (CCO)

 

Algunos de estos jóvenes, realmente muy pocos, quizá dos o tres, habían visitado la isla, lo que fue visto con gran preocupación por los comerciantes y empresarios conservadores que se habían auto nombrado custodios de las buenas costumbres de la ciudad, organizados bajo el ostentoso nombre de Junta de Mejoramiento Moral Cívico y Material del Municipio de Puebla, que de muchas maneras pretendía suplir al Ayuntamiento y a los gobiernos estatal y federal en algunas de sus funciones y responsabilidades.

El contingente de estudiantes con una sensibilidad e ideas liberales, matizadas de socialismo y nacionalismo revolucionario, recorrieron las calles del centro de la ciudad para mostrar su solidaridad con el pueblo de Cuba, que había sido agredido por el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, al intentar invadir la isla mediante un desembarco en Bahía de Cochinos. En medio del entusiasmo y dispuestos a manifestar su inconformidad en otros asuntos, se dirigieron al Sol de Puebla, un periódico en ese entonces al servicio de la oligarquía y el clero local, para protestar por el manejo parcial de la información que difundía. Previendo que el edificio corría peligro lo acordonó la policía y los universitarios no pudieron acercarse.

La ciudad vivía aquellos días de abril de 1961 un clima de irritación y malestar en la población debido al alza de las tarifas telefónicas y de algunos productos de consumo popular, mientras los salarios permanecían sin aumentos significativos. De acuerdo a las estadísticas oficiales, Puebla era en aquella época el estado en que más había aumentado el costo de la vida desde 1930. Tenía también un grave problema de desempleo en todos los niveles, incluyendo el de las profesiones liberales. En el campo se había frenado el reparto agrario desde hacía dos décadas y el pistolerismo sindical en Atlixco y las crisis periódicas de la industria textil completaban un panorama muy delicado de inconformidad social.

 

Fábrica en Metepec durante el Porfiriato

Factoría de la Compañía Industrial de Atlixoc en Metepec / Imagen: Editorial Restauro (CCO)

 

 

Evidentemente el programa de reformas sociales planteado por la revolución cubana, que comprendía temas fundamentales como educación, vivienda y salud, resultaba muy atractivo entre los sectores desfavorecidos e informados de lo que ocurría en la isla. En cambio, la burguesía industrial y comercial local veía con gran preocupación el incremento de la simpatía por las ideas socialistas que habían tenido ya un periodo álgido durante el gobierno de Lázaro Cárdenas. Con el paso de las semanas y los meses esta polaridad se acentuó y alcanzó momentos de gran tensión y violencia cuando se combinó con asuntos educativos y religiosos.

El 13 de junio el arzobispo primado de México, Miguel Darío Miranda, advirtió en un mensaje al “pueblo católico” (término que la iglesia manejaba como sinónimo de “pueblo mexicano”) del “grave peligro que constituye para nuestra patria el avance del comunismo en nuestra nación”. Las declaraciones del máximo representante de la iglesia resonaron por todo el país y, en el contexto de la guerra fría, fueron consideradas como una declaración de guerra no a una propuesta de reformas sociales y económicas, sino a una doctrina perversa que negaba la existencia de Dios. El estigma del ateísmo proclamado por la alta jerarquía católica se multiplicó en los púlpitos y conversaciones parroquiales de pueblos y ciudades.

 

Federación Universitaria Anticomunista

Militantes de la FUA frente al ayuntamiento de Puebla en 1961 / Imagen: AHU

 

En Puebla, una avioneta sobrevolaba la ciudad lanzando decenas de miles de volantes con la leyenda: “Cristianismo sí Comunismo no”. Se trataba de construir un enemigo imaginario para destruir tramposamente a un enemigo real. Se dijo que esa avioneta pertenecía al dueño de la papelería más grande de Puebla, donde se adquirían los libros de texto año con año. El dueño era el dirigente de la Cámara de Comercio de Puebla y se oponía a la introducción del libro de texto gratuito por obvias razones.

El fenómeno religioso como fenómeno espiritual es extremadamente complejo y el jacobinismo ateo que niega la existencia de dios no es sino una banalidad. No lo es en tanto que cuestiona y se enfrenta a los intereses de una iglesia hipócrita que hace mucho abandonó el espíritu cristiano para obtener beneficios personales y de grupo aliada a los sectores más poderosos de la sociedad, pero lo es cuando niega frívolamente la existencia de dios, que como decía Baudelaire, es el único ser que no necesita existir para reinar. Desde Carl Jung ha quedado claro que dios es un fenómeno psicológico con toda la complejidad espiritual que implica, y no el opio de los pueblos, como desatinadamente afirmó Carlos Marx. 

El arzobispo de Puebla Octaviano Márquez y Toríz, tan aficionado al dinero que la gente lo llamaba “don Centaviano”, publicó una Carta Pastoral sobre el Comunismo en la que decía que el sistema filosófico y político del marxismo destruye la dignidad humana, el orden espiritual y moral, la libertad y toda convivencia civilizada.[3]  El texto terminaba con un llamamiento:

 

El obispo de Puebla en una alocución anticomunista el 4 de junio de 1961 / Imagen: AHU

 

“¡Católicos de Puebla! ¡Hombres libres y ciudadanos honrados! ¿Vamos a claudicar vergonzosamente de las conquistas de la civilización cristiana, para caer en las redes maléficas del comunismo? Quién de vosotros se atrevería a mirar impávido que nuestra patria cayera en poder del extranjero, que en nuestros edificios públicos en vez de ondear la gloriosa enseña tricolor miráramos una bandera extranjera y que hombres exóticos, invasores, se adueñaran de nuestro territorio, de nuestras instituciones, de nuestro gobierno y de todo lo que es nuestro amado México? Estamos sintiendo ya los ataques del enemigo. Ideas disolventes contra la fe, la autoridad, las tradiciones mexicanas, la Patria misma”.[4]

 

Al interior de la universidad se había conformado un grupo denominado Frente Universitario Anticomunista como brazo estudiantil del sector empresarial y el clero. La casa de estudios operaba bajo los dictámenes de un Consejo de Honor integrado en su mayoría, si no es que, en su totalidad, por Caballeros de Colón. De manera que el hecho de que estudiantes universitarios se manifestaran a favor de la revolución cubana y en defensa del artículo 3º constitucional exigiendo una educación laica provocó de inmediato enfrentamientos a golpes entre ambos sectores estudiantiles. En la prensa local se culpan unos a otros de ser los incitadores a la violencia, teniendo los del FUA al Sol de Puebla como su aliado y los que entonces comenzaron a llamarse Carolinos al periódico La Opinión.

Después de dos o tres escandalosas golpizas entre estudiantes de escuelas particulares y carolinos, que mantienen a la ciudad bajo una estricta vigilancia policiaca, los carolinos deciden dirigirse al colegio que era considerado como el centro de operaciones del FUA, el Colegio Benavente, el 24 de abril. Ahí se encuentran con que está resguardado por el comandante de la zona militar, el general Ramón Rodríguez Familiar, ex gobernador de Querétaro y masón. Se dice que el comandante simpatizaba con los estudiantes carolinos, que habló con quienes encabezaban la manifestación armada con palos y piedras y que les prohibió ingresar al colegio, pero en cambio les permitió apedrearlo durante cinco minutos, que fueron suficientes para no dejar un vidrio entero.

 

Colegio Benavente en Puebla

Los colegios particulares de Puebla tomaron partido contra la reforma universitaria / Imagen: AHU

 

La respuesta a esta agresión es inmediata y al día siguiente, en las oficinas de la Junta de Mejoramiento (JMMCMMP) se formó el Comité Coordinador de la Iniciativa Privada, integrado por los representantes de las cámaras de comercio, textil, industria de la transformación, el Centro Patronal de Puebla y representantes de barrios y colonias como Xonaca, El Alto, La Luz y Analco. El CCIP levantó una denuncia en el Ministerio Público exigiendo garantías al gobierno federal, suspendió las clases en todos los colegios particulares, exigió al rector de la UAP, licenciado Armando Guerra, la expulsión de los responsables, amenazó con cerrar el comercio y ocho fábricas como protesta y pidió la intervención del ejército para patrullar las calles.

En los días y semanas siguientes FUAS y Carolinos recibieron adhesiones, los primeros de la JMMCMMP, del CCIP, de la Confederación Nacional de Estudiantes, de Acción Católica Nacional y de la Unión Nacional Sinarquista; los segundos de Instituto Normal de Estado, del Instituto Mexicano Madero, de la Normal Superior, de estudiantes del Politécnico, la UNAM y de las secundarias Venustiano Carranza y Flores Magón.  

 

Edificio Carolino Historia

 

Pocos días después, el 1 de mayo, un grupo de estudiantes, aprovechando ser conocidos del vigilante del Edificio Carolino, tocan la puerta de la universidad, entran con cualquier pretexto, se posesionan del edificio, declaran una huelga, piden respeto al artículo 3º constitucional, la renuncia del licenciado Armando Guerra como rector, la expulsión de algunos profesores y de los dirigentes del FUA. Palo dado ni Dios lo quita: con esta ingeniosa y pacífica acción se inicia el fin de la derecha conservadora en la casa de estudios y se inaugura una nueva etapa.

Con el edificio central en manos de los que a partir de entonces se conocen como Carolinos, se desencadena una serie de presiones, negociaciones y decisiones titubeantes entre el gobierno estatal y federal con la burguesía local y el clero, quienes veían con profunda preocupación que la universidad se les iba de las manos. Los estudiantes consiguieron que el gobierno los reconociera como interlocutores, lograron el desconocimiento del licenciado Guerra como rector, nombraron al licenciado Jorge Ávila Parra, magistrado del Tribunal Superior de Justicia, como nuevo rector, responsabilidad que no quiso asumir sin el reconocimiento del gobierno.  Entonces los estudiantes nombran al doctor Julio Glockner Lozada, quien será reconocido desde ese momento como rector de la Reforma Universitaria. Esta reforma implicaba sustancialmente cuatro aspectos, que el discurso del rector Julio Glockner, pronunciado el 15 de mayo de 1961 expresa con toda claridad:

 

  • El pleno reconocimiento de la educación laica y la libertad de cátedra, que sustentada en el artículo 3º constitucional excluía el discurso religioso de la educación; 
  • Concebir la educación no como un privilegio sino como un derecho al alcance de cualquiera, sin importar su condición de clase;
  • Abrir la educación a todas las corrientes de pensamiento y
  • Vincular el conocimiento y la investigación científica a las necesidades y requerimientos de la sociedad.

 

El Consejo Coordinador de la Iniciativa Privada y el arzobispo de Puebla obviamente no se cruzaron de brazos y convocaron a una multitudinaria manifestación para el 4 de junio. La fotografía panorámica que publicó el Sol de Puebla es impresionante, sin duda ha sido la manifestación más grande que ha tenido la ciudad en toda su historia. Ni siquiera la manifestación para pedir la renuncia de Mario Marín, más de cuarenta años después, fue de tal magnitud. La demostración de fuerza fue impresionante, una fuerza obtenida, como bien dijo Alfonso Yáñez, mediante la manipulación de la fe de un pueblo creyente y obediente.[5] 

La desproporción es asombrosa, mientras el clero y los empresarios lograron reunir quizá a 100 mil personas, las manifestaciones de los Carolinos apenas y rebasaban los 5 mil participantes. Pero los procesos históricos no se deciden desbordando el atrio de una institución caduca, que poco tiene que decir en el mundo moderno y cuyas aspiraciones de poder, si bien se han fortalecido con los gobiernos panistas, están destinadas, una vez más, al fracaso, sobre todo porque carecen de autenticidad al haber desvirtuado los principios éticos que sustentan su doctrina.

 

Tiempo Universitario en línea

Reflexiones de la BUAP sobre su historia: portada de Gaceta Universitaria / Imagen: captura de pantalla

 

El gobierno estatal, presionado por el CCIP y el clero, reprime una manifestación que demanda el reconocimiento oficial del doctor Glockner, pues si había desconocido al rector Guerra repudiado por los estudiantes, se negaba a entregar el subsidio al nuevo rector. Crece la tensión en las calles patrulladas por el ejército y por primera y única vez en la historia de la ciudad se declara un estado de sitio.

El 22 de mayo el rector “de facto” declara que si el gobierno estatal y federal no reconoce la nueva situación de la universidad y a sus autoridades “los universitarios recurrirán al apoyo del pueblo en contra del gobierno”. En el mismo sentido intervienen, durante la asamblea celebrada en el edificio Carolino los estudiantes Erasmo Pérez Córdoba, Manuel Muñoz Tagle y Enrique Cabrera, quien poco después será injustamente encarcelado al aplicar contra él, Arturo Guzmán y ZitoVera el tristemente célebre artículo 145 bis, que califica la protesta social como delito de disolución social.

Este fue el artículo del que se valió el gobierno criminal de Gustavo Díaz Ordaz para reprimir, encarcelar y masacrar a los estudiantes durante el movimiento estudiantil de 1968. Más tarde Enrique Cabrera y Joel Arriaga serían asesinados, quedando hasta la fecha impunes los autores materiales e intelectuales de sus homicidios. Mientras tanto el movimiento de reforma universitaria recibe adhesiones de de organizaciones estudiantiles, sindicales y políticas de un buen número de estados de la república, además de las organizaciones que tienen un carácter nacional. 

 

Joel Arriaga, mártir de la UAP

Joel Arriaga (último por la derecha, segunda fila) en la prisión de Lecumberri / Imagen: Argelia Arriaga

 

Se promulga una nueva Ley Orgánica de la universidad que acrecienta la irritación de los conservadores, que día a día van perdiendo espacio y credibilidad en la universidad, pero que logran presionar a las autoridades del estado para que se negocie otra Ley Orgánica menos radical y tendiente a conciliar el insostenible clima de tensión. Mientras tanto, hacia finales de mayo y seguramente pensando que la toma del Edificio Carolino fue una emulación en miniatura del asalto al cuartel Moncada, el FUA, el CCIP y el clero poblano publican un desplegado firmado por una organización fantasma con la finalidad de hacer creer a la población que el movimiento de reforma universitaria pretendía en realidad implantar el comunismo en México, comenzando por la universidad de Puebla.

El texto se tituló “Ayer Cuba hoy Puebla”. Con una redacción carente de inteligencia y de sentido común llegan a decir cosas realmente divertidas, como que los fuertes de Loreto y Guadalupe se convertirán en la Sierra Maestra desde donde se lanzará la ofensiva comunista que conquistará al país.

Después de varias negociaciones de las que ya se han ocupado los estudiosos del tema y que no sería prudente reseñar aquí, el rector electo por el movimiento de reforma universitaria, en un afán por estabilizar las actividades en la casa de estudios y que se reanudaran las clases, aceptó retirarse del cargo y reconocer al licenciado Arturo Fernández Aguirre como nuevo presidente del Consejo de Gobierno de la UAP, quien tomó posesión el 25 de julio de 1961, una vez que era ya irreversible el nuevo rumbo de la universidad.

 

 

[1] Márquez Carrillo Jesús, Estudiantes socialistas y universidad, 1935-1940, Tiempo Universitario, Gaceta histórica de la BUAP, Año 12, núm. 15, septiembre 2009.

[2] Michelangelo Bovero, “Cómo se laico”, Nexos, Nº 282, junio-2001.

[3] Manuel Díaz Cid, Autonomía Universitaria. Génesis de la UPAEP, s/f.

[4] Jesús Márquez, cronología del movimiento estudiantil poblano: abril-octubre de 1961. 

[5] Yáñez Alfonso, La manipulación de la fe. Fúas contra carolinos en la universidad poblana, Premio de Periodismo Froylán C. Manjarrez, UAP, México, 1996.